domingo, 28 de julio de 2019

Capítulo 48


   Los medios del mundo entero no daban abasto con la  noticia. Todas las redacciones querían ser las primeras en tener la mayor cantidad de información sobre lo acontecido en el Vaticano. Los periodistas especializados en hechos internacionales se frotaban las manos con satisfacción, pensando en las horas de pantalla que tendrían para explayar sus conocimientos, además de tener el viaje a Italia pago por varias semanas.

  El Papa había muerto. Si bien era un hombre mayor, todos se asombraban con su vitalidad, y la noticia de su fallecimiento los había tomado por sorpresa. Porque sus exequias no serían el único acontecimiento importante. Ahora había que elegir un sucesor entre todos los cardenales y las especulaciones comenzaban a correr, como si fuera una carrera de caballos. Sí, en algunos ámbitos clandestinos se apostaban fuertes sumas de dinero al nombre de alguno de los miembros del círculo cardenalicio que tuviera más posibilidades de hacerse del tono de San Pedro. También corrían como agua las especulaciones sobre qué nombre podría llevar.

  Su Santidad había sido encontrado por una de las monjas que lo servían en el pequeño parque en donde habitualmente tomaba su desayuno. Tras servirlo, se retiraban para que el hombre tuviera su momento de reflexión y oración, mientras se deleitaba con una mantequilla casera que le enviaban unos feligreses de un poblado cercano, untada generosamente en el pan recién hecho por las hermanas que estaban a su servicio.

  El hombre simplemente tenía la cabeza inclinada sobre su pecho, como si estuviera meditando, con los ojos cerrados, casi se diría con un gesto lleno de paz. Nadie, excepto su ayuda de cámara, había estado con él. Nadie, salvo las monjas, había ingresado al pequeño jardín privado. Los médicos que lo revisaron determinaron que un infarto natural terminó con su vida y fue la versión oficial que se vendió al mundo entero, para no dar crédito a las miles de versiones que circulaban sobre las confabulaciones interinas. Debían mostrarse compungidos por la pérdida, aunque muchos ya comenzaban a tejer relaciones políticas con los candidatos más potables para el cargo. No se podía dejar pasar ni un minuto, porque todos querían ocupar un puesto más cercano al poder del que ya tenían, con el futuro pontífice. A rey muerto, rey puesto.

El cónclave estaría programado para el día siguiente al funeral, una vez que hubieran llegado todos los cardenales desde los rincones más alejados del planeta. En las sombras, un nombre comenzó a surgir con fuerza como el candidato impensado, ya que estaba más ligado a la parte contable del Estado Vaticano que a los aspectos religiosos. Un nombre cercano al Papa anterior, pero que nadie había tomado en cuenta.

Tras dos fumatas negras, el mundo entero vio salir de la chimenea un humo blanco esperanzador. Un hombre había sido elegido. Todos los canales pasaban en continuado la imagen del balcón por donde aparecería el nuevo líder mundial.

Natacha miraba desde un sillón, sin prestar mucha atención, la enorme pantalla del televisor. Poco le importaba el nombre de quien sucediera al anterior Papa. Ahora debería esperar a que llamaran a todos los jefes a una nueva reunión, negociar el poder que cada uno tenía. Ella sabía que tenía ventajas sobre los otros. El vaso de jugo que tenía en sus manos cayó al piso. Se levantó del sillón como un resorte. Buscó el control remoto del televisor sin dejar de mirarlo, y subió el volumen.

“Habemus Papam”, dijo la voz del cardenal protodiácono, dando lugar a un silueta blanca. “Pietro Secondo”, resonó ante la Plaza de San Pedro que rebalsaba de gente de todos los países. Un murmullo derivó en un griterío ensordecedor. Giusseppe Borrelli había sido el nuevo elegido para guiar al mundo católico y tratar con todos los líderes del mundo.

Capítulo 47


   Una crisis podría comenzar en la Hermandad ahora que Natasha tenía tanto poder. La muerte de Wong y la toma de posiciones sobre su territorio por parte de la mujer deberían ser aceptadas sí o sí, ya que ella había exhibido pruebas de las amenazas recibidas por Wong para que le entregase su territorio. Por primera vez una mujer tenía tanto poder y, sobre todo, podría decidir sobre otros miembros dentro de la organización.

    Los sacerdotes buscaban cómo impedirlo. Leían los antiguos acuerdos, las bases con las que la Hermandad se formó, para evitar que ella dominara la orden. Sin embargo, no encontraban nada con qué rebatir ese golpe que había recibido. Natasha Rotzkin, de ahora en más, sería la mayor accionista y debería ser tratada casi como una reina por todos, incluyendo a las más altas autoridades de la Iglesia, que deberían casi rendirle cuentas de todas sus actividades. Nunca un miembro de la Hermandad había logrado ese status.

   Borrelli no sabía cómo informar la situación al Santo Padre. No podía ocultarlo mucho tiempo y sabía que corría riesgos ya que ahora Natasha podría revelar que había sufrido sabotajes de su parte para obligarla a salir de la Hermandad. Ella tenía en su poder información valiosísima sobre las actividades no declaradas del sacerdote, sobre todo sus intervenciones para obtener un territorio para sí mismo, cosa que tenía vedada por su posición.

    Ellos, los sacerdotes, dirigían todas las operaciones desde las sombras, sin exponerse, ya que para eso estaban los jefes, que hasta ese entonces, tenían sus territorios divididos.  Cuando uno de los jefes moría, habitualmente el  puesto lo mantenía el hijo mayor del miembro de la Hermandad. En sus orígenes, no se permitía que uno de los miembros se apoderase del territorio de otro, era una forma que había descubierto la Iglesia para mantener bajo control a los jefes. Sin embargo, con el tiempo, esa premisa fue dejada de lado, reescrita y aceptada, ya que algunos jefes no dejaban herederos que los sucedieran y se hacía dificultoso encontrar a alguien que ocupase el lugar vacío con inteligencia y discreción.

   De esa forma, los territorios cambiaban de manos a medida que los miembros de la Hermandad se traicionaban o debían pagar cuentas entre ellos. Sin embargo, jamás se habían encontrado con la situación actual, que modificaba todas las estructuras de la organización y ponía a la cabeza de la misma a una mujer, con la que ninguno estaba dispuesto a confrontar. Habían descubierto que Natasha Rotzkin podría ser muy peligrosa, que estaba bien protegida y que no dudaría en sacarse de encima a los clérigos, si hiciera falta.

Capítulo 46


     Muerta. La chica que Boris Rajenvko había comprado estaba muerta. Nadie podía explicar de qué forma había fallecido. Rajenvko la había vendido cuando encontró a otra prostituta más joven y se había aburrido de la chica.  Era una práctica normal entre esos hombres que frecuentaban ese submundo y nunca nadie se preocupaba por saber cuál  había sido el destino de esas mujeres.

     ¿Quién la había comprado? Rajenvko no lo recordaba. El exceso de alcohol y marihuana le afectaban seriamente. Pero si no hubiera tenido esos excesos, igualmente era muy  probable que no supiera nada de la chica. Sin embargo, tampoco nadie sabía del pasado de Natasha Rotzkin,  su lugar de nacimiento era un pueblo casi inexistente, en donde sólo quedaban ancianos que esperaban la muerte. El pequeño centro sanitario había sufrido un incendio y se habían perdido las actas de nacimiento archivadas. Esa mujer era un misterio que él quería resolver.

     La había invitado a cenar a su casa. Tal vez, en un ambiente extraño, ella se intimidara un poco y pudiera quebrar su resistencia. Tenía que ponerla contra las cuerdas para conocer sus secretos. Quizás, cuando le convidara a beber champagne, podría usar alguno de sus trucos para hacerla hablar.


   Sin embargo, la belleza de Natasha ejercía un poder sobre él que no podía explicar. Quería odiarla, pero la deseaba. Dudaba si esa mujer aceptaría asociarse con él, pero sobre todo dudaba que quisiera aceptarlo como hombre. Quería su territorio, y la quería a ella. Por eso, quizás, aún no había decidido matarla. Por eso, y porque si lo hacía, la Hermandad lo mataría a él.

    Ella llegó envuelta en una gran capa negra. Estaba deslumbrante. Cuando se quitó la capa, reveló un vestido rojo, ceñido al cuerpo, escotado en la espalda casi hasta llegar su cintura. Extendió su mano al señor Wong y él la besó con toda su pasión contenida.

-Buenas noches, señora La Villa, está usted muy bella esta noche.
-Buenas noches, señor  Wong, es usted muy amable.

   Caminaron hacia el salón comedor, ella sólo consumió agua embotellada, no quería beber otra cosa. Comieron charlando como si no los uniera el crimen ni un plan para destruir a la Hermandad, como si estuvieran en un restaurante y ellos fueran una pareja que se estuviera conociendo.

   Natasha lo miraba con un brillo extraño en los ojos, lo miraba fijamente, una mirada que a Wong le producía un cosquilleo en su interior que no podía explicar. Se sentía perdidamente enamorado de esa mujer que de repente ocupaba todo el espacio y opacaba todo lo que hubiera a su alrededor.

    No se atrevía a mencionarle nada referido a los territorios en cuestión, ni a Borrelli, ni siquiera a indagar sobre el pasado de ella que tanta curiosidad le provocaba. Por primera vez en su vida estaba perdido ante un sentimiento que no comprendía. ¡Habían pasado tantas mujeres por sus prostíbulos! ¡Las había usado como marionetas, las había lastimado, hecho mendigar y hasta matarlas!

    Wong mandó salir a toda su gente. No quería a nadie a su alrededor en ese momento. Sólo estar con esa mujer que no sabía qué le había hecho, pero estaba rendido ante sus encantos. Ahora sabía que no podría matarla. Sabía que iba a enfrentar a todos por tal de tenerla para él y convertirla en su reina.

   Subieron a la habitación de Wong y allí él quiso besarla. Ella, con un gesto coqueto, lo rechazó delicadamente, como provocándolo a jugar. Wong comprendía ese juego, le gustaba, lo excitaba aún más. Natasha  lo tomó de la mano y caminaron hacia la enorme cama. Se le acercó como para besarlo, pero suavemente lo hizo recostar. El perfume de esa mujer lo embriagaba. Quiso abrazarla, pero ella lo silenció poniendo un dedo sobre su boca y sonriendo con picardía. ¡Que hermosa que era!

   De pronto Wong sintió un escozor en el pecho, algo parecido a un pinchazo, justo en el corazón. Miró hacía el lugar que le había molestado y vio una jeringa incrustada en su cuerpo. Natasha se puso de pie, lo miró con asco y le escupió sobre el rostro.
-¿Querías saber quién era, cerdo? 

   Wong recordó. Hubo una sola mujer de las que ellos traficaban, que se había atrevido a escupirlo. La joven argentina que le habían vendido a Boris Rajenvko y que decían que había muerto. Sus sospechas se habían confirmado, pero ahora, cuando estaba muriendo, no tenía sentido saberlo.

    Escuchó cuando ella habló por teléfono.

-Ya está hecho, tomen todos los negocios y señálenlos como parte de mi territorio. La Hermandad ahora sabrá de qué soy capaz.

   Esa misma noche, en China, los prostíbulos  y casinos de Wong fueron acribillados por los hombres a las órdenes de Natasha, y se apropiaron de las toneladas de drogas escondidas en los galpones que se encontraban en un campo, en las afueras de las ciudades más concurridas.

   Natasha dejó el cuerpo inerte de Wong sobre la cama, al salir del cuarto, encontró a todos los empleados formados en un salón, encañonados por sus guardias personales.

-A partir de hoy yo soy su jefa. Están a mis órdenes. Ustedes ya saben cómo funciona esto. Y si alguno tiene algún inconveniente con esta decisión, pueden hablarlo con cualquiera de mis custodios, que ellos no tendrán problemas en resolver el asunto. ¿Quedó claro?

Capítulo 45


    Natasha ignoraba el motivo de su reunión con Borrelli. La había llamado él mismo, pidiéndole que lo visitara en el palacio de descanso. Así era conocido el caserón en donde había perdido su libertad, hacía tantos años. Allí se reunía el consejo de la Hermandad cada vez que debían tomar una decisión sobre el rumbo de los negocios.

    Aún escuchaba las palabras de Wong, proponiéndole asociarse. Y dudaba. Pensaba que podría ser una trampa, un engaño para hacerle perder su lugar en la Hermandad y así destruirla. La diferencia es que ella ahora sabía cómo se movían todos los miembros, que no podía confiar en nadie y que cada paso, cada palabra, cada gesto podía ponerla en peligro.

     Al llegar al caserón, su chofer la acompañó. Le había dado esa orden estricta, de que no la dejase sola en ningún momento, podía confiar en él, ya que había sido un hombre incondicional al servicio de Germán cuando aún Roberto vivía.

      Giuseppe Borrelli la recibió con la sonrisa falsa de costumbre, extendiendo sus manos hacia ella en señal de saludo. Natasha esbozó un gesto lo suficientemente suave como para disimular el asco que el obispo le provocaba. El tono de su voz removía sus entrañas y le provocaba escalofríos. La había escuchado esa noche, cuando su tío Roberto la entregó a la Hermandad como prueba de su fidelidad y para subir peldaños. Le repugnaba tan solo rozar la piel del hombre, pensando que él había sido uno de los que la había violado en esa cueva secreta.

 -Mi querida, que alegría verla en nuestra casa.

     Natasha hizo un pequeño gesto con la cabeza y apenas rozó los labios sobre la piedra roja del anillo que le ofrecía el hombre, señal de su posición dentro de la iglesia.

-Monseñor, gracias por la invitación, me sorprendió.

-Espero que gratamente.

     Ella sonrió sin decir nada. Borrelli le indicó un sillón para que  se sienten, mientras miraba intrigado al hombre que la acompañaba. Natasha notó el gesto del cura.

-He recibido algunas amenazas, Gino es de absoluta confianza y tiene la función de cuidarme.

-Mi estimada señora, ¿qué peligro correría usted aquí?

     Entró al saloncito el ama de llaves cargando una bandeja con dos trazas de porcelana y una tetera haciendo juego. No podía evitar pensar en qué contendría ese té.

-Le agradecería si pudiese traerme agua mineral embotellada francesa, por favor.

     La mujer miró al obispo y éste le hizo un gesto asintiendo. Ella se retiró y regresó con lo que la joven había solicitado y los dejó solos.

-¿A qué debo este encuentro?- preguntó Natasha.

-Veo que va directo al punto.

-Soy una mujer ocupada y supongo que usted también tiene su agenda completa.

-Sí, así es. Directa e inteligente. Vayamos al grano. Usted sabrá que sus negocios han caído desde que tomó el mando en reemplazo de su esposo.

     Hizo un silencio para observar los gestos de la joven, pero se mantenía inmutable.

-Su jerarquía dentro de la Hermandad, señora La Villa, está en riesgo. No sólo su jerarquía, su permanencia. Puede perder todo lo que don Roberto y don Germán hicieron durante tantos años.

     La mujer seguía mirando como si no le dijera nada importante. Quería dominarla, hacerla temblar, que le rogara, que llorara, que suplicara piedad, necesitaba que tuviera alguna expresión para encontrarle el punto débil y así manipularla.

-Sí, todo eso lo sé, pero también sé que muchas operaciones se perdieron por delaciones que van más allá de la falta de experiencia que ustedes dicen que tengo. Cargamentos que fueron decomisados por denuncias sorpresivas, cuando nadie estaba investigando. Millones perdidos por alguien que, evidentemente, busca perjudicarme directamente a mí, para quedarse con mi territorio.
  
     Borrelli se sorprendió. Natasha sabía más de lo que él creía y no se dejaba engañar fácilmente. Debía buscar la manera de romper la barrera que ella levantaba y ganarse su confianza.

-¿Sospecha usted de alguien en particular?

  Ella lo miró con sus grandes ojos oscuros.

-De todos.

-¿De todos?  Pero a quienes se refiere con “todos”?

-Monseñor, sé perfectamente que la Hermandad es un espacio en el que nunca hubo una mujer como miembro jerárquico, me doy cuenta de la incomodidad que mi presencia les provoca y, además, sé que el resto de los miembros están hambrientos como lobos por aumentar sus dosis de poder. Porque el poder es una droga que no se combate con ningún tratamiento, una vez que lo tienen, no pueden dejarlo, les llega tan profundamente que sólo aceptan la muerte como única alternativa ante la ausencia del poder que lograron tener. Los seduce, los envuelve y siempre van a querer más, nunca va alcanzarles ni aunque pudieran dominar a todo el planeta. Siempre van a querer más.

     Natasha decía estas palabras con una calma que impresionaba a Borrelli, que se había sentido profundamente tocado por ellas, él, tan seguro siempre, se empezó a desestabilizar ante esa mujer.

-Pero usted, tiene el poder ¿no me va a decir que no la seduce?

-¿Y qué es el poder? ¿Estar aquí, sabiendo que más de veinte personas harían lo que fuera por obtener lo que me pertenece? El poder son personas como usted, que ante una mujer como yo no sabe qué decir, porque usted también quiere apoderarse de mi territorio y ocupar mi sitio dentro de la Hermandad.  Explíquemelo, Monseñor, porque usted también es un adicto al poder.

     Borrelli se levantó seriamente incómodo y molesto.

-¿Cómo se atreve a hablarme así?

      Natasha se levantó y murmuró:

-Porque yo no tengo el poder, porque mi posición está en permanente peligro, porque estoy expuesta a la mirada de todos los que forman parte de esta organización y cada paso que doy está controlado y calculado al milímetro, porque sé que todos están esperando que me caiga para amontonarse como buitres a repartirse lo que encuentren. Y sé que las denuncias que se hicieron, salieron de esta misma organización para perjudicarme deliberadamente, Monseñor. De hecho-abrió un maletín que llevaba y sacó unos papeles- salieron de su teléfono, Monseñor.

      Borrelli empalideció. Natasha tenía las pruebas de que él había realizado las llamadas para que las fuerzas de seguridad supieran cuándo y dónde se harían los operativos de transporte de drogas y armas que expondrían a la mujer frente a la Hermandad, y así poder eliminarla de la cúpula principal.

-¿Y ahora qué va a decirme, Monseñor? ¿Va a proponerme, usted también, hacerse cargo de mi territorio, ofreciéndome custodia y una cuantiosa pensión vitalicia? ¿Usted también va a decirme que me vaya a tomar unas largas vacaciones, que gaste mi dinero en salones de belleza y centros comerciales, porque bajo mi mando las ganancias decayeron? Y le advierto, señor Borrelli, que si me ocurre algo, esta información llegará a todos los miembros de la Hermandad y usted…usted perderá todo el poder que acumuló hasta hoy. De hecho, por lo que tengo entendido, su posición no le permite tomar territorios y dirigirlos, al contrario, podría perder más que el poder, podría perder la vida, ya que conoce demasiados secretos de esta organización y el líder máximo podría ordenar su muerte sin ningún miramiento hacia los servicios que prestó durante su vida. ¿Vale la pena perder los privilegios obtenidos sólo para controlar un territorio y volverse un traficante más, Monseñor?

      Borrelli sintió que las fuerzas se le habían ido y tuvo que sentarse, mientras miraba sin comprender los papeles que tenía en sus manos. Se sentía acorralado por una mujer, a la que había subestimado, sin comprender cómo había tenido acceso a esa información. La escuchaba hablar y sabía que había perdido todo control sobre la situación. El Santo Padre podría dar la orden de matarlo en ese mismo momento si, por casualidad, alguien estuviera escuchando esa conversación y sus proyectos y ambiciones llegasen a su conocimiento. ¿Hasta dónde habría llegado Natasha? ¿Qué más había averiguado esa mujer sobre él? De repente intentó desviar el tema hacia algo que ella había dicho:

-¿Quién le ofreció hacerse cargo de su territorio?

     Natasha sonrió irónicamente.

-Borrelli, usted cree que soy tonta, solo porque soy mujer, el problema no es ése, es que usted también quiere quedarse con mi negocio. Lo que parece que no comprende, Monseñor, es que todos ustedes están tratando con delincuentes, con personas que no tienen códigos, que no les importa respetar una escala jerárquica ni un orden establecido. Son mercenarios que buscan ser los únicos líderes, apropiarse de la mayor parte posible del botín y eliminar a los competidores, al precio que sea. Ustedes sólo están protegidos por la investidura  y la ignorancia de quienes están a cargo de su seguridad, pero no están exentos de que alguien, en una taza, les ponga algún líquido y mueran, como decirlo, naturalmente, porque ya sabemos que en todas partes hay gente dispuesta a corromperse a cambio de dinero e impunidad.
  
     Borrelli la miró nervioso y preocupado.

-¿Qué es lo que busca? ¿Cuál es su precio?

-A su debido momento lo sabrá.

Capítulo 48

   Los medios del mundo entero no daban abasto con la   noticia. Todas las redacciones querían ser las primeras en tener la mayor canti...