Natasha
ignoraba el motivo de su reunión con Borrelli. La había llamado él mismo,
pidiéndole que lo visitara en el palacio de descanso. Así era conocido el
caserón en donde había perdido su libertad, hacía tantos años. Allí se reunía
el consejo de la Hermandad cada vez que debían tomar una decisión sobre el
rumbo de los negocios.
Aún
escuchaba las palabras de Wong, proponiéndole asociarse. Y dudaba. Pensaba que
podría ser una trampa, un engaño para hacerle perder su lugar en la Hermandad y
así destruirla. La diferencia es que ella ahora sabía cómo se movían todos los
miembros, que no podía confiar en nadie y que cada paso, cada palabra, cada
gesto podía ponerla en peligro.
Al
llegar al caserón, su chofer la acompañó. Le había dado esa orden estricta, de
que no la dejase sola en ningún momento, podía confiar en él, ya que había sido
un hombre incondicional al servicio de Germán cuando aún Roberto vivía.
Giuseppe Borrelli la recibió con la sonrisa
falsa de costumbre, extendiendo sus manos hacia ella en señal de saludo.
Natasha esbozó un gesto lo suficientemente suave como para disimular el asco
que el obispo le provocaba. El tono de su voz removía sus entrañas y le
provocaba escalofríos. La había escuchado esa noche, cuando su tío Roberto la entregó
a la Hermandad como prueba de su fidelidad y para subir peldaños. Le repugnaba
tan solo rozar la piel del hombre, pensando que él había sido uno de los que la
había violado en esa cueva secreta.
-Mi querida,
que alegría verla en nuestra casa.
Natasha hizo un pequeño gesto con la cabeza y
apenas rozó los labios sobre la piedra roja del anillo que le ofrecía el
hombre, señal de su posición dentro de la iglesia.
-Monseñor, gracias por la invitación, me sorprendió.
-Espero que gratamente.
Ella
sonrió sin decir nada. Borrelli le indicó un sillón para que se sienten, mientras miraba intrigado al
hombre que la acompañaba. Natasha notó el gesto del cura.
-He recibido algunas amenazas, Gino es de absoluta
confianza y tiene la función de cuidarme.
-Mi estimada señora, ¿qué peligro correría usted
aquí?
Entró
al saloncito el ama de llaves cargando una bandeja con dos trazas de porcelana
y una tetera haciendo juego. No podía evitar pensar en qué contendría ese té.
-Le agradecería si pudiese traerme agua mineral
embotellada francesa, por favor.
La
mujer miró al obispo y éste le hizo un gesto asintiendo. Ella se retiró y
regresó con lo que la joven había solicitado y los dejó solos.
-¿A qué debo este encuentro?- preguntó Natasha.
-Veo que va directo al punto.
-Soy una mujer ocupada y supongo que usted también
tiene su agenda completa.
-Sí, así es. Directa e inteligente. Vayamos al
grano. Usted sabrá que sus negocios han caído desde que tomó el mando en
reemplazo de su esposo.
Hizo un silencio para observar los gestos de
la joven, pero se mantenía inmutable.
-Su jerarquía dentro de la Hermandad, señora La
Villa, está en riesgo. No sólo su jerarquía, su permanencia. Puede perder todo
lo que don Roberto y don Germán hicieron durante tantos años.
La
mujer seguía mirando como si no le dijera nada importante. Quería dominarla,
hacerla temblar, que le rogara, que llorara, que suplicara piedad, necesitaba
que tuviera alguna expresión para encontrarle el punto débil y así manipularla.
-Sí, todo eso lo sé, pero también sé que muchas
operaciones se perdieron por delaciones que van más allá de la falta de
experiencia que ustedes dicen que tengo. Cargamentos que fueron decomisados por
denuncias sorpresivas, cuando nadie estaba investigando. Millones perdidos por
alguien que, evidentemente, busca perjudicarme directamente a mí, para quedarse
con mi territorio.
Borrelli se sorprendió. Natasha sabía más de
lo que él creía y no se dejaba engañar fácilmente. Debía buscar la manera de
romper la barrera que ella levantaba y ganarse su confianza.
-¿Sospecha usted de alguien en particular?
Ella lo miró
con sus grandes ojos oscuros.
-De todos.
-¿De todos?
Pero a quienes se refiere con “todos”?
-Monseñor, sé perfectamente que la Hermandad es un
espacio en el que nunca hubo una mujer como miembro jerárquico, me doy cuenta
de la incomodidad que mi presencia les provoca y, además, sé que el resto de
los miembros están hambrientos como lobos por aumentar sus dosis de poder.
Porque el poder es una droga que no se combate con ningún tratamiento, una vez
que lo tienen, no pueden dejarlo, les llega tan profundamente que sólo aceptan
la muerte como única alternativa ante la ausencia del poder que lograron tener.
Los seduce, los envuelve y siempre van a querer más, nunca va alcanzarles ni
aunque pudieran dominar a todo el planeta. Siempre van a querer más.
Natasha decía estas palabras con una calma
que impresionaba a Borrelli, que se había sentido profundamente tocado por
ellas, él, tan seguro siempre, se empezó a desestabilizar ante esa mujer.
-Pero usted, tiene el poder ¿no me va a decir que no
la seduce?
-¿Y qué es el poder? ¿Estar aquí, sabiendo que más
de veinte personas harían lo que fuera por obtener lo que me pertenece? El
poder son personas como usted, que ante una mujer como yo no sabe qué decir,
porque usted también quiere apoderarse de mi territorio y ocupar mi sitio
dentro de la Hermandad. Explíquemelo,
Monseñor, porque usted también es un adicto al poder.
Borrelli se levantó seriamente incómodo y
molesto.
-¿Cómo se atreve a hablarme así?
Natasha se levantó y murmuró:
-Porque yo no tengo el poder, porque mi posición
está en permanente peligro, porque estoy expuesta a la mirada de todos los que
forman parte de esta organización y cada paso que doy está controlado y
calculado al milímetro, porque sé que todos están esperando que me caiga para
amontonarse como buitres a repartirse lo que encuentren. Y sé que las denuncias
que se hicieron, salieron de esta misma organización para perjudicarme
deliberadamente, Monseñor. De hecho-abrió un maletín que llevaba y sacó unos
papeles- salieron de su teléfono, Monseñor.
Borrelli empalideció. Natasha tenía las
pruebas de que él había realizado las llamadas para que las fuerzas de
seguridad supieran cuándo y dónde se harían los operativos de transporte de
drogas y armas que expondrían a la mujer frente a la Hermandad, y así poder
eliminarla de la cúpula principal.
-¿Y ahora qué va a decirme, Monseñor? ¿Va a
proponerme, usted también, hacerse cargo de mi territorio, ofreciéndome
custodia y una cuantiosa pensión vitalicia? ¿Usted también va a decirme que me
vaya a tomar unas largas vacaciones, que gaste mi dinero en salones de belleza
y centros comerciales, porque bajo mi mando las ganancias decayeron? Y le
advierto, señor Borrelli, que si me ocurre algo, esta información llegará a
todos los miembros de la Hermandad y usted…usted perderá todo el poder que
acumuló hasta hoy. De hecho, por lo que tengo entendido, su posición no le
permite tomar territorios y dirigirlos, al contrario, podría perder más que el
poder, podría perder la vida, ya que conoce demasiados secretos de esta
organización y el líder máximo podría ordenar su muerte sin ningún miramiento
hacia los servicios que prestó durante su vida. ¿Vale la pena perder los
privilegios obtenidos sólo para controlar un territorio y volverse un
traficante más, Monseñor?
Borrelli sintió que las fuerzas se le habían
ido y tuvo que sentarse, mientras miraba sin comprender los papeles que tenía
en sus manos. Se sentía acorralado por una mujer, a la que había subestimado,
sin comprender cómo había tenido acceso a esa información. La escuchaba hablar
y sabía que había perdido todo control sobre la situación. El Santo Padre
podría dar la orden de matarlo en ese mismo momento si, por casualidad, alguien
estuviera escuchando esa conversación y sus proyectos y ambiciones llegasen a
su conocimiento. ¿Hasta dónde habría llegado Natasha? ¿Qué más había averiguado
esa mujer sobre él? De repente intentó desviar el tema hacia algo que ella
había dicho:
-¿Quién le ofreció hacerse cargo de su territorio?
Natasha sonrió irónicamente.
-Borrelli, usted cree que soy tonta, solo porque soy
mujer, el problema no es ése, es que usted también quiere quedarse con mi
negocio. Lo que parece que no comprende, Monseñor, es que todos ustedes están
tratando con delincuentes, con personas que no tienen códigos, que no les
importa respetar una escala jerárquica ni un orden establecido. Son mercenarios
que buscan ser los únicos líderes, apropiarse de la mayor parte posible del
botín y eliminar a los competidores, al precio que sea. Ustedes sólo están
protegidos por la investidura y la
ignorancia de quienes están a cargo de su seguridad, pero no están exentos de
que alguien, en una taza, les ponga algún líquido y mueran, como decirlo,
naturalmente, porque ya sabemos que en todas partes hay gente dispuesta a
corromperse a cambio de dinero e impunidad.
Borrelli la miró nervioso y preocupado.
-¿Qué es lo que busca? ¿Cuál es su precio?
-A su debido momento lo sabrá.