Los medios
del mundo entero no daban abasto con la
noticia. Todas las redacciones querían ser las primeras en tener la
mayor cantidad de información sobre lo acontecido en el Vaticano. Los
periodistas especializados en hechos internacionales se frotaban las manos con
satisfacción, pensando en las horas de pantalla que tendrían para explayar sus
conocimientos, además de tener el viaje a Italia pago por varias semanas.
El Papa
había muerto. Si bien era un hombre mayor, todos se asombraban con su vitalidad,
y la noticia de su fallecimiento los había tomado por sorpresa. Porque sus
exequias no serían el único acontecimiento importante. Ahora había que elegir
un sucesor entre todos los cardenales y las especulaciones comenzaban a correr,
como si fuera una carrera de caballos. Sí, en algunos ámbitos clandestinos se
apostaban fuertes sumas de dinero al nombre de alguno de los miembros del
círculo cardenalicio que tuviera más posibilidades de hacerse del tono de San
Pedro. También corrían como agua las especulaciones sobre qué nombre podría
llevar.
Su Santidad
había sido encontrado por una de las monjas que lo servían en el pequeño parque
en donde habitualmente tomaba su desayuno. Tras servirlo, se retiraban para que
el hombre tuviera su momento de reflexión y oración, mientras se deleitaba con
una mantequilla casera que le enviaban unos feligreses de un poblado cercano,
untada generosamente en el pan recién hecho por las hermanas que estaban a su
servicio.
El hombre
simplemente tenía la cabeza inclinada sobre su pecho, como si estuviera
meditando, con los ojos cerrados, casi se diría con un gesto lleno de paz.
Nadie, excepto su ayuda de cámara, había estado con él. Nadie, salvo las
monjas, había ingresado al pequeño jardín privado. Los médicos que lo revisaron
determinaron que un infarto natural terminó con su vida y fue la versión
oficial que se vendió al mundo entero, para no dar crédito a las miles de
versiones que circulaban sobre las confabulaciones interinas. Debían mostrarse
compungidos por la pérdida, aunque muchos ya comenzaban a tejer relaciones
políticas con los candidatos más potables para el cargo. No se podía dejar
pasar ni un minuto, porque todos querían ocupar un puesto más cercano al poder
del que ya tenían, con el futuro pontífice. A rey muerto, rey puesto.
El cónclave estaría programado para el día siguiente
al funeral, una vez que hubieran llegado todos los cardenales desde los
rincones más alejados del planeta. En las sombras, un nombre comenzó a surgir
con fuerza como el candidato impensado, ya que estaba más ligado a la parte
contable del Estado Vaticano que a los aspectos religiosos. Un nombre cercano
al Papa anterior, pero que nadie había tomado en cuenta.
Tras dos fumatas negras, el mundo entero vio salir
de la chimenea un humo blanco esperanzador. Un hombre había sido elegido. Todos
los canales pasaban en continuado la imagen del balcón por donde aparecería el
nuevo líder mundial.
Natacha miraba desde un sillón, sin prestar mucha
atención, la enorme pantalla del televisor. Poco le importaba el nombre de
quien sucediera al anterior Papa. Ahora debería esperar a que llamaran a todos
los jefes a una nueva reunión, negociar el poder que cada uno tenía. Ella sabía
que tenía ventajas sobre los otros. El vaso de jugo que tenía en sus manos cayó
al piso. Se levantó del sillón como un resorte. Buscó el control remoto del
televisor sin dejar de mirarlo, y subió el volumen.
“Habemus Papam”, dijo la voz del cardenal
protodiácono, dando lugar a un silueta blanca. “Pietro Secondo”, resonó ante la
Plaza de San Pedro que rebalsaba de gente de todos los países. Un murmullo
derivó en un griterío ensordecedor. Giusseppe Borrelli había sido el nuevo
elegido para guiar al mundo católico y tratar con todos los líderes del mundo.
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