domingo, 28 de julio de 2019

Capítulo 45


    Natasha ignoraba el motivo de su reunión con Borrelli. La había llamado él mismo, pidiéndole que lo visitara en el palacio de descanso. Así era conocido el caserón en donde había perdido su libertad, hacía tantos años. Allí se reunía el consejo de la Hermandad cada vez que debían tomar una decisión sobre el rumbo de los negocios.

    Aún escuchaba las palabras de Wong, proponiéndole asociarse. Y dudaba. Pensaba que podría ser una trampa, un engaño para hacerle perder su lugar en la Hermandad y así destruirla. La diferencia es que ella ahora sabía cómo se movían todos los miembros, que no podía confiar en nadie y que cada paso, cada palabra, cada gesto podía ponerla en peligro.

     Al llegar al caserón, su chofer la acompañó. Le había dado esa orden estricta, de que no la dejase sola en ningún momento, podía confiar en él, ya que había sido un hombre incondicional al servicio de Germán cuando aún Roberto vivía.

      Giuseppe Borrelli la recibió con la sonrisa falsa de costumbre, extendiendo sus manos hacia ella en señal de saludo. Natasha esbozó un gesto lo suficientemente suave como para disimular el asco que el obispo le provocaba. El tono de su voz removía sus entrañas y le provocaba escalofríos. La había escuchado esa noche, cuando su tío Roberto la entregó a la Hermandad como prueba de su fidelidad y para subir peldaños. Le repugnaba tan solo rozar la piel del hombre, pensando que él había sido uno de los que la había violado en esa cueva secreta.

 -Mi querida, que alegría verla en nuestra casa.

     Natasha hizo un pequeño gesto con la cabeza y apenas rozó los labios sobre la piedra roja del anillo que le ofrecía el hombre, señal de su posición dentro de la iglesia.

-Monseñor, gracias por la invitación, me sorprendió.

-Espero que gratamente.

     Ella sonrió sin decir nada. Borrelli le indicó un sillón para que  se sienten, mientras miraba intrigado al hombre que la acompañaba. Natasha notó el gesto del cura.

-He recibido algunas amenazas, Gino es de absoluta confianza y tiene la función de cuidarme.

-Mi estimada señora, ¿qué peligro correría usted aquí?

     Entró al saloncito el ama de llaves cargando una bandeja con dos trazas de porcelana y una tetera haciendo juego. No podía evitar pensar en qué contendría ese té.

-Le agradecería si pudiese traerme agua mineral embotellada francesa, por favor.

     La mujer miró al obispo y éste le hizo un gesto asintiendo. Ella se retiró y regresó con lo que la joven había solicitado y los dejó solos.

-¿A qué debo este encuentro?- preguntó Natasha.

-Veo que va directo al punto.

-Soy una mujer ocupada y supongo que usted también tiene su agenda completa.

-Sí, así es. Directa e inteligente. Vayamos al grano. Usted sabrá que sus negocios han caído desde que tomó el mando en reemplazo de su esposo.

     Hizo un silencio para observar los gestos de la joven, pero se mantenía inmutable.

-Su jerarquía dentro de la Hermandad, señora La Villa, está en riesgo. No sólo su jerarquía, su permanencia. Puede perder todo lo que don Roberto y don Germán hicieron durante tantos años.

     La mujer seguía mirando como si no le dijera nada importante. Quería dominarla, hacerla temblar, que le rogara, que llorara, que suplicara piedad, necesitaba que tuviera alguna expresión para encontrarle el punto débil y así manipularla.

-Sí, todo eso lo sé, pero también sé que muchas operaciones se perdieron por delaciones que van más allá de la falta de experiencia que ustedes dicen que tengo. Cargamentos que fueron decomisados por denuncias sorpresivas, cuando nadie estaba investigando. Millones perdidos por alguien que, evidentemente, busca perjudicarme directamente a mí, para quedarse con mi territorio.
  
     Borrelli se sorprendió. Natasha sabía más de lo que él creía y no se dejaba engañar fácilmente. Debía buscar la manera de romper la barrera que ella levantaba y ganarse su confianza.

-¿Sospecha usted de alguien en particular?

  Ella lo miró con sus grandes ojos oscuros.

-De todos.

-¿De todos?  Pero a quienes se refiere con “todos”?

-Monseñor, sé perfectamente que la Hermandad es un espacio en el que nunca hubo una mujer como miembro jerárquico, me doy cuenta de la incomodidad que mi presencia les provoca y, además, sé que el resto de los miembros están hambrientos como lobos por aumentar sus dosis de poder. Porque el poder es una droga que no se combate con ningún tratamiento, una vez que lo tienen, no pueden dejarlo, les llega tan profundamente que sólo aceptan la muerte como única alternativa ante la ausencia del poder que lograron tener. Los seduce, los envuelve y siempre van a querer más, nunca va alcanzarles ni aunque pudieran dominar a todo el planeta. Siempre van a querer más.

     Natasha decía estas palabras con una calma que impresionaba a Borrelli, que se había sentido profundamente tocado por ellas, él, tan seguro siempre, se empezó a desestabilizar ante esa mujer.

-Pero usted, tiene el poder ¿no me va a decir que no la seduce?

-¿Y qué es el poder? ¿Estar aquí, sabiendo que más de veinte personas harían lo que fuera por obtener lo que me pertenece? El poder son personas como usted, que ante una mujer como yo no sabe qué decir, porque usted también quiere apoderarse de mi territorio y ocupar mi sitio dentro de la Hermandad.  Explíquemelo, Monseñor, porque usted también es un adicto al poder.

     Borrelli se levantó seriamente incómodo y molesto.

-¿Cómo se atreve a hablarme así?

      Natasha se levantó y murmuró:

-Porque yo no tengo el poder, porque mi posición está en permanente peligro, porque estoy expuesta a la mirada de todos los que forman parte de esta organización y cada paso que doy está controlado y calculado al milímetro, porque sé que todos están esperando que me caiga para amontonarse como buitres a repartirse lo que encuentren. Y sé que las denuncias que se hicieron, salieron de esta misma organización para perjudicarme deliberadamente, Monseñor. De hecho-abrió un maletín que llevaba y sacó unos papeles- salieron de su teléfono, Monseñor.

      Borrelli empalideció. Natasha tenía las pruebas de que él había realizado las llamadas para que las fuerzas de seguridad supieran cuándo y dónde se harían los operativos de transporte de drogas y armas que expondrían a la mujer frente a la Hermandad, y así poder eliminarla de la cúpula principal.

-¿Y ahora qué va a decirme, Monseñor? ¿Va a proponerme, usted también, hacerse cargo de mi territorio, ofreciéndome custodia y una cuantiosa pensión vitalicia? ¿Usted también va a decirme que me vaya a tomar unas largas vacaciones, que gaste mi dinero en salones de belleza y centros comerciales, porque bajo mi mando las ganancias decayeron? Y le advierto, señor Borrelli, que si me ocurre algo, esta información llegará a todos los miembros de la Hermandad y usted…usted perderá todo el poder que acumuló hasta hoy. De hecho, por lo que tengo entendido, su posición no le permite tomar territorios y dirigirlos, al contrario, podría perder más que el poder, podría perder la vida, ya que conoce demasiados secretos de esta organización y el líder máximo podría ordenar su muerte sin ningún miramiento hacia los servicios que prestó durante su vida. ¿Vale la pena perder los privilegios obtenidos sólo para controlar un territorio y volverse un traficante más, Monseñor?

      Borrelli sintió que las fuerzas se le habían ido y tuvo que sentarse, mientras miraba sin comprender los papeles que tenía en sus manos. Se sentía acorralado por una mujer, a la que había subestimado, sin comprender cómo había tenido acceso a esa información. La escuchaba hablar y sabía que había perdido todo control sobre la situación. El Santo Padre podría dar la orden de matarlo en ese mismo momento si, por casualidad, alguien estuviera escuchando esa conversación y sus proyectos y ambiciones llegasen a su conocimiento. ¿Hasta dónde habría llegado Natasha? ¿Qué más había averiguado esa mujer sobre él? De repente intentó desviar el tema hacia algo que ella había dicho:

-¿Quién le ofreció hacerse cargo de su territorio?

     Natasha sonrió irónicamente.

-Borrelli, usted cree que soy tonta, solo porque soy mujer, el problema no es ése, es que usted también quiere quedarse con mi negocio. Lo que parece que no comprende, Monseñor, es que todos ustedes están tratando con delincuentes, con personas que no tienen códigos, que no les importa respetar una escala jerárquica ni un orden establecido. Son mercenarios que buscan ser los únicos líderes, apropiarse de la mayor parte posible del botín y eliminar a los competidores, al precio que sea. Ustedes sólo están protegidos por la investidura  y la ignorancia de quienes están a cargo de su seguridad, pero no están exentos de que alguien, en una taza, les ponga algún líquido y mueran, como decirlo, naturalmente, porque ya sabemos que en todas partes hay gente dispuesta a corromperse a cambio de dinero e impunidad.
  
     Borrelli la miró nervioso y preocupado.

-¿Qué es lo que busca? ¿Cuál es su precio?

-A su debido momento lo sabrá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Capítulo 48

   Los medios del mundo entero no daban abasto con la   noticia. Todas las redacciones querían ser las primeras en tener la mayor canti...