Muerta. La chica que Boris Rajenvko había
comprado estaba muerta. Nadie podía explicar de qué forma había fallecido.
Rajenvko la había vendido cuando encontró a otra prostituta más joven y se
había aburrido de la chica. Era una
práctica normal entre esos hombres que frecuentaban ese submundo y nunca nadie
se preocupaba por saber cuál había sido
el destino de esas mujeres.
¿Quién la
había comprado? Rajenvko no lo recordaba. El exceso de alcohol y marihuana le
afectaban seriamente. Pero si no hubiera tenido esos excesos, igualmente era muy probable que no supiera nada de la chica. Sin
embargo, tampoco nadie sabía del pasado de Natasha Rotzkin, su lugar de nacimiento era un pueblo casi
inexistente, en donde sólo quedaban ancianos que esperaban la muerte. El
pequeño centro sanitario había sufrido un incendio y se habían perdido las
actas de nacimiento archivadas. Esa mujer era un misterio que él quería
resolver.
La había
invitado a cenar a su casa. Tal vez, en un ambiente extraño, ella se intimidara
un poco y pudiera quebrar su resistencia. Tenía que ponerla contra las cuerdas
para conocer sus secretos. Quizás, cuando le convidara a beber champagne,
podría usar alguno de sus trucos para hacerla hablar.
Sin
embargo, la belleza de Natasha ejercía un poder sobre él que no podía explicar.
Quería odiarla, pero la deseaba. Dudaba si esa mujer aceptaría asociarse con
él, pero sobre todo dudaba que quisiera aceptarlo como hombre. Quería su
territorio, y la quería a ella. Por eso, quizás, aún no había decidido matarla.
Por eso, y porque si lo hacía, la Hermandad lo mataría a él.
Ella llegó
envuelta en una gran capa negra. Estaba deslumbrante. Cuando se quitó la capa,
reveló un vestido rojo, ceñido al cuerpo, escotado en la espalda casi hasta
llegar su cintura. Extendió su mano al señor Wong y él la besó con toda su
pasión contenida.
-Buenas noches, señora La Villa, está usted muy
bella esta noche.
-Buenas noches, señor Wong, es usted muy amable.
Caminaron
hacia el salón comedor, ella sólo consumió agua embotellada, no quería beber
otra cosa. Comieron charlando como si no los uniera el crimen ni un plan para
destruir a la Hermandad, como si estuvieran en un restaurante y ellos fueran
una pareja que se estuviera conociendo.
Natasha lo
miraba con un brillo extraño en los ojos, lo miraba fijamente, una mirada que a
Wong le producía un cosquilleo en su interior que no podía explicar. Se sentía
perdidamente enamorado de esa mujer que de repente ocupaba todo el espacio y
opacaba todo lo que hubiera a su alrededor.
No se
atrevía a mencionarle nada referido a los territorios en cuestión, ni a
Borrelli, ni siquiera a indagar sobre el pasado de ella que tanta curiosidad le
provocaba. Por primera vez en su vida estaba perdido ante un sentimiento que no
comprendía. ¡Habían pasado tantas mujeres por sus prostíbulos! ¡Las había usado
como marionetas, las había lastimado, hecho mendigar y hasta matarlas!
Wong mandó
salir a toda su gente. No quería a nadie a su alrededor en ese momento. Sólo
estar con esa mujer que no sabía qué le había hecho, pero estaba rendido ante
sus encantos. Ahora sabía que no podría matarla. Sabía que iba a enfrentar a
todos por tal de tenerla para él y convertirla en su reina.
Subieron a
la habitación de Wong y allí él quiso besarla. Ella, con un gesto coqueto, lo
rechazó delicadamente, como provocándolo a jugar. Wong comprendía ese juego, le
gustaba, lo excitaba aún más. Natasha lo
tomó de la mano y caminaron hacia la enorme cama. Se le acercó como para
besarlo, pero suavemente lo hizo recostar. El perfume de esa mujer lo
embriagaba. Quiso abrazarla, pero ella lo silenció poniendo un dedo sobre su
boca y sonriendo con picardía. ¡Que hermosa que era!
De pronto
Wong sintió un escozor en el pecho, algo parecido a un pinchazo, justo en el
corazón. Miró hacía el lugar que le había molestado y vio una jeringa
incrustada en su cuerpo. Natasha se puso de pie, lo miró con asco y le escupió
sobre el rostro.
-¿Querías saber quién era, cerdo?
Wong
recordó. Hubo una sola mujer de las que ellos traficaban, que se había atrevido
a escupirlo. La joven argentina que le habían vendido a Boris Rajenvko y que
decían que había muerto. Sus sospechas se habían confirmado, pero ahora, cuando
estaba muriendo, no tenía sentido saberlo.
Escuchó
cuando ella habló por teléfono.
-Ya está hecho, tomen todos los negocios y
señálenlos como parte de mi territorio. La Hermandad ahora sabrá de qué soy
capaz.
Esa misma
noche, en China, los prostíbulos y
casinos de Wong fueron acribillados por los hombres a las órdenes de Natasha, y
se apropiaron de las toneladas de drogas escondidas en los galpones que se
encontraban en un campo, en las afueras de las ciudades más concurridas.
Natasha
dejó el cuerpo inerte de Wong sobre la cama, al salir del cuarto, encontró a
todos los empleados formados en un salón, encañonados por sus guardias
personales.
-A partir de hoy yo soy su jefa. Están a mis
órdenes. Ustedes ya saben cómo funciona esto. Y si alguno tiene algún
inconveniente con esta decisión, pueden hablarlo con cualquiera de mis
custodios, que ellos no tendrán problemas en resolver el asunto. ¿Quedó claro?
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