domingo, 28 de julio de 2019

Capítulo 46


     Muerta. La chica que Boris Rajenvko había comprado estaba muerta. Nadie podía explicar de qué forma había fallecido. Rajenvko la había vendido cuando encontró a otra prostituta más joven y se había aburrido de la chica.  Era una práctica normal entre esos hombres que frecuentaban ese submundo y nunca nadie se preocupaba por saber cuál  había sido el destino de esas mujeres.

     ¿Quién la había comprado? Rajenvko no lo recordaba. El exceso de alcohol y marihuana le afectaban seriamente. Pero si no hubiera tenido esos excesos, igualmente era muy  probable que no supiera nada de la chica. Sin embargo, tampoco nadie sabía del pasado de Natasha Rotzkin,  su lugar de nacimiento era un pueblo casi inexistente, en donde sólo quedaban ancianos que esperaban la muerte. El pequeño centro sanitario había sufrido un incendio y se habían perdido las actas de nacimiento archivadas. Esa mujer era un misterio que él quería resolver.

     La había invitado a cenar a su casa. Tal vez, en un ambiente extraño, ella se intimidara un poco y pudiera quebrar su resistencia. Tenía que ponerla contra las cuerdas para conocer sus secretos. Quizás, cuando le convidara a beber champagne, podría usar alguno de sus trucos para hacerla hablar.


   Sin embargo, la belleza de Natasha ejercía un poder sobre él que no podía explicar. Quería odiarla, pero la deseaba. Dudaba si esa mujer aceptaría asociarse con él, pero sobre todo dudaba que quisiera aceptarlo como hombre. Quería su territorio, y la quería a ella. Por eso, quizás, aún no había decidido matarla. Por eso, y porque si lo hacía, la Hermandad lo mataría a él.

    Ella llegó envuelta en una gran capa negra. Estaba deslumbrante. Cuando se quitó la capa, reveló un vestido rojo, ceñido al cuerpo, escotado en la espalda casi hasta llegar su cintura. Extendió su mano al señor Wong y él la besó con toda su pasión contenida.

-Buenas noches, señora La Villa, está usted muy bella esta noche.
-Buenas noches, señor  Wong, es usted muy amable.

   Caminaron hacia el salón comedor, ella sólo consumió agua embotellada, no quería beber otra cosa. Comieron charlando como si no los uniera el crimen ni un plan para destruir a la Hermandad, como si estuvieran en un restaurante y ellos fueran una pareja que se estuviera conociendo.

   Natasha lo miraba con un brillo extraño en los ojos, lo miraba fijamente, una mirada que a Wong le producía un cosquilleo en su interior que no podía explicar. Se sentía perdidamente enamorado de esa mujer que de repente ocupaba todo el espacio y opacaba todo lo que hubiera a su alrededor.

    No se atrevía a mencionarle nada referido a los territorios en cuestión, ni a Borrelli, ni siquiera a indagar sobre el pasado de ella que tanta curiosidad le provocaba. Por primera vez en su vida estaba perdido ante un sentimiento que no comprendía. ¡Habían pasado tantas mujeres por sus prostíbulos! ¡Las había usado como marionetas, las había lastimado, hecho mendigar y hasta matarlas!

    Wong mandó salir a toda su gente. No quería a nadie a su alrededor en ese momento. Sólo estar con esa mujer que no sabía qué le había hecho, pero estaba rendido ante sus encantos. Ahora sabía que no podría matarla. Sabía que iba a enfrentar a todos por tal de tenerla para él y convertirla en su reina.

   Subieron a la habitación de Wong y allí él quiso besarla. Ella, con un gesto coqueto, lo rechazó delicadamente, como provocándolo a jugar. Wong comprendía ese juego, le gustaba, lo excitaba aún más. Natasha  lo tomó de la mano y caminaron hacia la enorme cama. Se le acercó como para besarlo, pero suavemente lo hizo recostar. El perfume de esa mujer lo embriagaba. Quiso abrazarla, pero ella lo silenció poniendo un dedo sobre su boca y sonriendo con picardía. ¡Que hermosa que era!

   De pronto Wong sintió un escozor en el pecho, algo parecido a un pinchazo, justo en el corazón. Miró hacía el lugar que le había molestado y vio una jeringa incrustada en su cuerpo. Natasha se puso de pie, lo miró con asco y le escupió sobre el rostro.
-¿Querías saber quién era, cerdo? 

   Wong recordó. Hubo una sola mujer de las que ellos traficaban, que se había atrevido a escupirlo. La joven argentina que le habían vendido a Boris Rajenvko y que decían que había muerto. Sus sospechas se habían confirmado, pero ahora, cuando estaba muriendo, no tenía sentido saberlo.

    Escuchó cuando ella habló por teléfono.

-Ya está hecho, tomen todos los negocios y señálenlos como parte de mi territorio. La Hermandad ahora sabrá de qué soy capaz.

   Esa misma noche, en China, los prostíbulos  y casinos de Wong fueron acribillados por los hombres a las órdenes de Natasha, y se apropiaron de las toneladas de drogas escondidas en los galpones que se encontraban en un campo, en las afueras de las ciudades más concurridas.

   Natasha dejó el cuerpo inerte de Wong sobre la cama, al salir del cuarto, encontró a todos los empleados formados en un salón, encañonados por sus guardias personales.

-A partir de hoy yo soy su jefa. Están a mis órdenes. Ustedes ya saben cómo funciona esto. Y si alguno tiene algún inconveniente con esta decisión, pueden hablarlo con cualquiera de mis custodios, que ellos no tendrán problemas en resolver el asunto. ¿Quedó claro?

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