domingo, 28 de julio de 2019

Capítulo 44


     Los padres de Giuseppe habían muerto cuando  era un niño pequeño. Un tío lo llevó a un internado y allí vivió gran parte de su infancia y adolescencia. El tío Gianni lo visitaba una o dos veces al año, era sacerdote y atendía una pequeña parroquia en un pueblo bastante alejado. Sus navidades transcurrieron entre las paredes frías y  oscuras del colegio, rodeado de curas y ritos cristianos que él repetía maquinalmente.

       Su tío lo había recomendado para que estudiara el seminario, si bien era un alumno mediocre, que no se destacaba mucho,  el afecto que muchos de sus maestros sentían por él hizo que lo ayudaran a pasar todos los exámenes. En alguna de las cartas que el tío Gianni le enviaba, además de recitarle salmos enteros, le recomendaba tomar los hábitos como forma de asegurarse una vida decente. Que se alejara de las tentaciones a las que los jóvenes eran sometidos, que estudiase y considerase la gran oportunidad que Dios le había dado al ponerlo en manos de un buen tío como él y que hubiera podido hacer sus estudios en ese colegio, al que no todos los jóvenes podían asistir.

    Al joven Giusseppe le atraía una chica que había visto en el pueblo. Tenía una mirada profunda, protegida por unas largas pestañas que eran puñales en su corazón. Su largo cabello rubio caía sobre sus hombros y sus curvas despertaban los primeros instintos del adolescente. Ella lo miraba pasar cuando iban al sanatorio a rezarles a los enfermos graves que estaban internados.

     Soñaba con tenerla entre sus brazos, con sentir su aroma, con que su voz y su mirada sean exclusivamente para él. Miraba como bailaban los pliegues de su falda cuando caminaba, cuando sus piernas quedaban dibujadas por alguna brisa fuerte y podía distinguir sus formas bajo la ropa. Por las noches, en sus sueños, la joven lo torturaba llamándolo, excitándolo, haciéndose perseguir. Giusseppe la corría, la llamaba por ese nombre que jamás había conocido, se internaba en un bosque oscuro y profundo, pero ella desaparecía.

    Despertaba de esos sueños agitado, transpirado y lleno de dudas. Sabía que esa mujer era la tentación a su poca vocación seminarista, que era un escollo para lograr terminar de estudiar y conseguir una parroquia tranquila en donde ejercer su práctica y poder tener una vida más o menos cómoda.

     Sin embargo, se planteaba qué era una vida más cómoda cada vez que llegaba el obispo, con un auto nuevo y al cual se le rendía pleitesía cuál si fuera el mismo Dios. ¿Quería ser un simple cura de pueblo, o quería llegar más alto? Sus dudas lo carcomían por dentro, como la imagen de la mujer que por las noches lo llenaba de deseo.

    Hasta que una tarde salió al pueblo sin la vestimenta del seminario. Había conseguido una chaqueta y le había pedido prestada unas ropas comunes al jardinero del convento, a cambio de unas monedas que había logrado ahorrar de lo que su tío le mandaba para algunas necesidades. Quería conocer por sí mismo, y sin la intimidación que provocaba el hábito, cómo era la vida fuera de las paredes de la escuela en donde creció.

     Entró a un bar, en donde había algunos hombres con los que se puso a conversar. Dijo ser un forastero, que buscaba un trabajo y que no conocía a nadie. Alguien le sugirió ir al monasterio a pedir algún empleo temporal, que siempre había algo qué hacer. ¡Justo del lugar de donde venía! Otro hombre se le acercó. Lo invitó a tomar un trago. Giusseppe aceptó. El hombre se sentó a su lado.

-En ese monasterio viven sin conocer la vida. Todo el tiempo encerrados, rezando, huyendo del destino de un hombre común. ¿Cómo pueden juzgar a los demás si ellos no saben lo que es vivir con los problemas que enfrentamos afuera?

     El joven no sabía si el hombre estaba ebrio, pero dejó que hablara. De repente sintió una enorme curiosidad por saber cómo eran vistos desde afuera los sacerdotes.

-Hablan de pecado, y ellos no se exponen nunca al mismo, se creen dioses impartiendo perdones y castigos, porque se creen puros de todo riesgo, juzgan a todo aquél que no cumple con sus reglas, pero ellos jamás estuvieron en el lugar de los hombres. No trabajan, no labran la tierra, no tienen que pelear por tener algo en esta vida. No saben lo que es ver morir a un hijo, a la mujer que se ama, ignoran lo que es luchar toda su vida para construir un hogar y que de repente un gobierno, una guerra o un terremoto lo destruya en un abrir y cerrar de ojos. Ellos tienen la vida asegurada y piensan que tienen el poder de decir a los demás qué es lo que tienen que hacer.

-¿Será que usted no cree en Dios?- se atrevió a preguntar Giusseppe.

-¿En Dios? Hijo, por supuesto que creo en Dios, pero no creo en esos tipos que viven de los demás, que se asocian a gobiernos para tener ventajas y que solo saben hablar sin haber vivido absolutamente nada.

-¿Y usted cree que deberían acercarse al pecado?

-¿Qué es el pecado, hijo? ¿Equivocarse, cometer errores, defenderse, vivir?

    Giusseppe bebió del trago que el hombre le había invitado. Sentía que había algo más que quería saber, por qué estaba tan enojado con la Iglesia, pero tenía miedo de preguntar.

-Me recuerdas mucho a mi hijo, muchacho. Eres joven y fuerte, pareces un joven sano. Vive. No permitas que nadie te diga lo que tienes que hacer, ni cómo debes sentirte, la vida está en tus manos, puedes hacer lo que  quieras con ella.

   Giusseppe salió del bar. Caminó pensando en que tal vez su tío estaba equivocado. En que afuera estaba la verdad y que todos esos años había vivido encerrado, desconociendo cuál era el verdadero significado de la vida.

     De repente la vio. Su corazón se detuvo contemplando sus curvas, su pelo revuelto por un viento suave. Caminó hacia ella, que estaba sentada en la fuente, sola. Alguien le alcanzó un cántaro, se levantó y se fue caminando hacia una de las salidas del pueblo. Giusseppe decidió seguirla. Quería ver dónde vivía, quien era, si podía, si se atrevía, hablar algunas palabras con esa mujer que noche a noche le perturbaba los sueños.

     La siguió un largo trayecto, hasta que ella ingresó en una zona boscosa. Giusseppe corrió para no perderla de vista. La muchacha escuchó que alguien la seguía y comenzó a correr, temiendo que se tratase de un ladrón.

-No temas. No corras, por favor!

     La chica no hizo caso a sus palabras. Tiró el cántaro y se metió en medio de arboledas, tratando de huir de su perseguidor. Giusseppe apuró el paso, quería alcanzarla, explicarle qué sentía, preguntarle por qué lo torturaba por las noches en sus sueños. Corrió hasta alcanzarla, la tomó de un brazo para detenerla y ella cayó sobre la tierra. Giusseppe rodó sobre ella. Le llamó la atención la belleza que transmitía aún con esa expresión de pánico. Luchaba para quitárselo de encima. Él no comprendía por qué ella era tan agresiva, sólo quería admirarla, sentirla. Lo embriagaba el aroma de esa mujer, el miedo que tenía en sus ojos lo excitaba.

     No pudo contener el impulso de oler su cabello. Ella gritaba y decidió taparle la boca con una mano. No quería que nadie interrumpiera ese mágico momento que tanto había soñado. Era tan bella que no podía dominar sus impulsos. La chica intentó morderlo. Por un instante él perdió el control. Ella trató de salir de debajo del cuerpo de aquel hombre que la había perseguido, pero no lo logró. Giusseppe la dominó y la abofeteó.

-No te vas a ir como en mis sueños. No vas a desaparecer y dejarme con el alma perturbada. Esta vez  yo soy el que decide.

     La besó, lastimando la boca de esa mujer que tantas noches se había burlado de él. Ella luchaba como un animal entre las fauces de una fiera. Giusseppe volvió a abofetearla, dejándola semiinconsciente. Le quitó la blusa y pudo ver la blancura de la piel, sus pechos, su vientre. De  repente se sintió poderoso frente a la fragilidad e indefensión de su víctima. Entre susurros ella pedía que no la lastimara, que no le hiciera daño. Algo que no pudo controlar lo poseyó y terminó de quitar los vestidos de aquella joven. Sentía un profundo placer al escucharla gritar de dolor, suplicándole que la dejara, que la estaba lastimando.

     Despertó con la sensación de estar en una pesadilla. A su lado estaba el cuerpo desnudo de aquella mujer que había violado, con moretones de golpes, mordeduras y ensangrentada. Se levantó con la misma sensación que si hubiera bebido. Un murmullo salió de la boca de la joven, que parecía delirar. Se acercó lo más que pudo para descifrar qué decía.

-Seminarista-

      Era apenas audible, pero Giusseppe se dio cuenta de que ella sabía quién era él. Si alguien del convento se enteraba de lo ocurrido, su vida se terminaría. Los curas lo echarían, su tío lo despreciaría. Había arruinado su vida para siempre. La chica seguía murmurando palabras inconexas, pero que daban a entender a quien la escuchase que sabía en dónde encontrar a su agresor. En un gesto maquinal, sus manos tomaron el cuello de la joven, que se sacudía en débiles espasmos hasta dejar de respirar. Buscó a su alrededor algo, miró hasta que encontró una rama gruesa. Le dio un golpe con toda su fuerza y continuó hasta desfigurarle el rostro. Se fue, sin saber qué hacer ni a dónde ir.

     Maquinalmente caminó hasta las afueras del bosque, se quitó la ropa manchada con sangre y fue hasta el monasterio. Entró por una puerta pequeña que había en la parte de atrás, que era por donde entraban y salían los proveedores de la cocina y por donde otros compañeros salían cuando lograban burlar la vigilancia de sus maestros.

     Se escondió en su cuarto. No había advertido que uno de los monjes lo había visto y, discretamente, lo siguió. Entró a la habitación de Giusseppe. Notaba que el chico estaba nervioso, asustado, tenía el olor de quien había cometido un crimen, pero no estaba arrepentido.

-¿De dónde vienes?

-Señor, yo…

-¿Quisiste saber qué se siente ser un hombre normal?

     El joven asintió con la cabeza. Se sentó a su lado. Le palmeó la espalda.

-Yo  también fui joven, y también quise saber qué pasaba afuera de las paredes de este convento.

   Giusseppe lo miró sorprendido.

-Todos aquí hemos caído ante la tentación, hijo, es la única forma de poder comprender mejor al hombre común y mostrarle el camino hacia la salvación.

-Padre, yo…

-No importa qué hayas hecho, Dios te perdona.

-Abusé de una mujer y la maté. Sabía quién era.

     El sacerdote lo miró. Se levantó, alzó su mano e hizo la señal de la cruz.

-Yo te perdono en el nombre de Dios. Mañana irás a la capilla, rezarás diez padrenuestros y reflexionarás sobre las ventajas de pertenecer a la gran familia religiosa. Luego de eso, vendrás a mi despacho, escribiré a tu tío que te enviaremos al templo de San Basilio, en Cessaniti. Necesitamos alejarte de toda sospecha sobre lo ocurrido a esa mujer. ¿Te vio alguien?

-No, nadie, estuve en el bar pero dije que era un forastero que buscaba trabajo. Nadie me conocía.

-Muy bien. Eres inteligente y sé que no tienes vocación religiosa, pero eres ambicioso, y aprenderás que lo mejor que puede ocurrirte es pertenecer a la Hermandad, allí serás útil. Hombres como tú son los que necesitamos, que se atrevan a asumir su humanidad y a volver al camino del Señor.


     Esa noche supo que había conocido el poder de pecar y redimirse. Esa noche comprendió la finalidad de su misión y que desde su lugar podría lograr mucho más de lo que pensaba, que debía buscar un lugar mucho más importante dentro de la congregación que ser simplemente un cura de una parroquia perdida en medio de la nada. Esa noche supo que quería ser poderoso. 

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