Los
padres de Giuseppe habían muerto cuando
era un niño pequeño. Un tío lo llevó a un internado y allí vivió gran
parte de su infancia y adolescencia. El tío Gianni lo visitaba una o dos veces
al año, era sacerdote y atendía una pequeña parroquia en un pueblo bastante
alejado. Sus navidades transcurrieron entre las paredes frías y oscuras del colegio, rodeado de curas y ritos
cristianos que él repetía maquinalmente.
Su tío lo había recomendado para que
estudiara el seminario, si bien era un alumno mediocre, que no se destacaba
mucho, el afecto que muchos de sus
maestros sentían por él hizo que lo ayudaran a pasar todos los exámenes. En
alguna de las cartas que el tío Gianni le enviaba, además de recitarle salmos
enteros, le recomendaba tomar los hábitos como forma de asegurarse una vida
decente. Que se alejara de las tentaciones a las que los jóvenes eran
sometidos, que estudiase y considerase la gran oportunidad que Dios le había
dado al ponerlo en manos de un buen tío como él y que hubiera podido hacer sus
estudios en ese colegio, al que no todos los jóvenes podían asistir.
Al joven Giusseppe le atraía una chica que
había visto en el pueblo. Tenía una mirada profunda, protegida por unas largas
pestañas que eran puñales en su corazón. Su largo cabello rubio caía sobre sus
hombros y sus curvas despertaban los primeros instintos del adolescente. Ella
lo miraba pasar cuando iban al sanatorio a rezarles a los enfermos graves que
estaban internados.
Soñaba
con tenerla entre sus brazos, con sentir su aroma, con que su voz y su mirada
sean exclusivamente para él. Miraba como bailaban los pliegues de su falda
cuando caminaba, cuando sus piernas quedaban dibujadas por alguna brisa fuerte
y podía distinguir sus formas bajo la ropa. Por las noches, en sus sueños, la
joven lo torturaba llamándolo, excitándolo, haciéndose perseguir. Giusseppe la
corría, la llamaba por ese nombre que jamás había conocido, se internaba en un
bosque oscuro y profundo, pero ella desaparecía.
Despertaba de esos sueños agitado, transpirado
y lleno de dudas. Sabía que esa mujer era la tentación a su poca vocación
seminarista, que era un escollo para lograr terminar de estudiar y conseguir
una parroquia tranquila en donde ejercer su práctica y poder tener una vida más
o menos cómoda.
Sin embargo, se planteaba qué era una vida más
cómoda cada vez que llegaba el obispo, con un auto nuevo y al cual se le rendía
pleitesía cuál si fuera el mismo Dios. ¿Quería ser un simple cura de pueblo, o
quería llegar más alto? Sus dudas lo carcomían por dentro, como la imagen de la
mujer que por las noches lo llenaba de deseo.
Hasta que una tarde salió al pueblo sin la
vestimenta del seminario. Había conseguido una chaqueta y le había pedido
prestada unas ropas comunes al jardinero del convento, a cambio de unas monedas
que había logrado ahorrar de lo que su tío le mandaba para algunas necesidades.
Quería conocer por sí mismo, y sin la intimidación que provocaba el hábito,
cómo era la vida fuera de las paredes de la escuela en donde creció.
Entró
a un bar, en donde había algunos hombres con los que se puso a conversar. Dijo
ser un forastero, que buscaba un trabajo y que no conocía a nadie. Alguien le
sugirió ir al monasterio a pedir algún empleo temporal, que siempre había algo
qué hacer. ¡Justo del lugar de donde venía! Otro hombre se le acercó. Lo invitó
a tomar un trago. Giusseppe aceptó. El hombre se sentó a su lado.
-En ese monasterio viven sin conocer la vida. Todo
el tiempo encerrados, rezando, huyendo del destino de un hombre común. ¿Cómo
pueden juzgar a los demás si ellos no saben lo que es vivir con los problemas
que enfrentamos afuera?
El
joven no sabía si el hombre estaba ebrio, pero dejó que hablara. De repente
sintió una enorme curiosidad por saber cómo eran vistos desde afuera los
sacerdotes.
-Hablan de pecado, y ellos no se exponen nunca al
mismo, se creen dioses impartiendo perdones y castigos, porque se creen puros
de todo riesgo, juzgan a todo aquél que no cumple con sus reglas, pero ellos
jamás estuvieron en el lugar de los hombres. No trabajan, no labran la tierra,
no tienen que pelear por tener algo en esta vida. No saben lo que es ver morir
a un hijo, a la mujer que se ama, ignoran lo que es luchar toda su vida para
construir un hogar y que de repente un gobierno, una guerra o un terremoto lo
destruya en un abrir y cerrar de ojos. Ellos tienen la vida asegurada y piensan
que tienen el poder de decir a los demás qué es lo que tienen que hacer.
-¿Será que usted no cree en Dios?- se atrevió a
preguntar Giusseppe.
-¿En Dios? Hijo, por supuesto que creo en Dios, pero
no creo en esos tipos que viven de los demás, que se asocian a gobiernos para
tener ventajas y que solo saben hablar sin haber vivido absolutamente nada.
-¿Y usted cree que deberían acercarse al pecado?
-¿Qué es el pecado, hijo? ¿Equivocarse, cometer
errores, defenderse, vivir?
Giusseppe bebió del trago que el hombre le había invitado. Sentía que
había algo más que quería saber, por qué estaba tan enojado con la Iglesia,
pero tenía miedo de preguntar.
-Me recuerdas mucho a mi hijo, muchacho. Eres joven
y fuerte, pareces un joven sano. Vive. No permitas que nadie te diga lo que
tienes que hacer, ni cómo debes sentirte, la vida está en tus manos, puedes
hacer lo que quieras con ella.
Giusseppe
salió del bar. Caminó pensando en que tal vez su tío estaba equivocado. En que
afuera estaba la verdad y que todos esos años había vivido encerrado,
desconociendo cuál era el verdadero significado de la vida.
De
repente la vio. Su corazón se detuvo contemplando sus curvas, su pelo revuelto
por un viento suave. Caminó hacia ella, que estaba sentada en la fuente, sola.
Alguien le alcanzó un cántaro, se levantó y se fue caminando hacia una de las
salidas del pueblo. Giusseppe decidió seguirla. Quería ver dónde vivía, quien
era, si podía, si se atrevía, hablar algunas palabras con esa mujer que noche a
noche le perturbaba los sueños.
La
siguió un largo trayecto, hasta que ella ingresó en una zona boscosa. Giusseppe
corrió para no perderla de vista. La muchacha escuchó que alguien la seguía y
comenzó a correr, temiendo que se tratase de un ladrón.
-No temas. No corras, por favor!
La chica no hizo caso a sus palabras. Tiró
el cántaro y se metió en medio de arboledas, tratando de huir de su
perseguidor. Giusseppe apuró el paso, quería alcanzarla, explicarle qué sentía,
preguntarle por qué lo torturaba por las noches en sus sueños. Corrió hasta
alcanzarla, la tomó de un brazo para detenerla y ella cayó sobre la tierra.
Giusseppe rodó sobre ella. Le llamó la atención la belleza que transmitía aún
con esa expresión de pánico. Luchaba para quitárselo de encima. Él no
comprendía por qué ella era tan agresiva, sólo quería admirarla, sentirla. Lo
embriagaba el aroma de esa mujer, el miedo que tenía en sus ojos lo excitaba.
No
pudo contener el impulso de oler su cabello. Ella gritaba y decidió taparle la
boca con una mano. No quería que nadie interrumpiera ese mágico momento que
tanto había soñado. Era tan bella que no podía dominar sus impulsos. La chica
intentó morderlo. Por un instante él perdió el control. Ella trató de salir de
debajo del cuerpo de aquel hombre que la había perseguido, pero no lo logró.
Giusseppe la dominó y la abofeteó.
-No te vas a ir como en mis sueños. No vas a
desaparecer y dejarme con el alma perturbada. Esta vez yo soy el que decide.
La besó, lastimando la boca de esa mujer que
tantas noches se había burlado de él. Ella luchaba como un animal entre las
fauces de una fiera. Giusseppe volvió a abofetearla, dejándola
semiinconsciente. Le quitó la blusa y pudo ver la blancura de la piel, sus
pechos, su vientre. De repente se sintió
poderoso frente a la fragilidad e indefensión de su víctima. Entre susurros
ella pedía que no la lastimara, que no le hiciera daño. Algo que no pudo
controlar lo poseyó y terminó de quitar los vestidos de aquella joven. Sentía
un profundo placer al escucharla gritar de dolor, suplicándole que la dejara,
que la estaba lastimando.
Despertó con la sensación de estar en una
pesadilla. A su lado estaba el cuerpo desnudo de aquella mujer que había
violado, con moretones de golpes, mordeduras y ensangrentada. Se levantó con la
misma sensación que si hubiera bebido. Un murmullo salió de la boca de la
joven, que parecía delirar. Se acercó lo más que pudo para descifrar qué decía.
-Seminarista-
Era apenas audible, pero Giusseppe se dio
cuenta de que ella sabía quién era él. Si alguien del convento se enteraba de
lo ocurrido, su vida se terminaría. Los curas lo echarían, su tío lo
despreciaría. Había arruinado su vida para siempre. La chica seguía murmurando palabras
inconexas, pero que daban a entender a quien la escuchase que sabía en dónde
encontrar a su agresor. En un gesto maquinal, sus manos tomaron el cuello de la
joven, que se sacudía en débiles espasmos hasta dejar de respirar. Buscó a su
alrededor algo, miró hasta que encontró una rama gruesa. Le dio un golpe con
toda su fuerza y continuó hasta desfigurarle el rostro. Se fue, sin saber qué
hacer ni a dónde ir.
Maquinalmente caminó hasta las afueras del
bosque, se quitó la ropa manchada con sangre y fue hasta el monasterio. Entró
por una puerta pequeña que había en la parte de atrás, que era por donde
entraban y salían los proveedores de la cocina y por donde otros compañeros
salían cuando lograban burlar la vigilancia de sus maestros.
Se escondió en su cuarto. No había advertido
que uno de los monjes lo había visto y, discretamente, lo siguió. Entró a la
habitación de Giusseppe. Notaba que el chico estaba nervioso, asustado, tenía
el olor de quien había cometido un crimen, pero no estaba arrepentido.
-¿De dónde vienes?
-Señor, yo…
-¿Quisiste saber qué se siente ser un hombre normal?
El
joven asintió con la cabeza. Se sentó a su lado. Le palmeó la espalda.
-Yo también
fui joven, y también quise saber qué pasaba afuera de las paredes de este
convento.
Giusseppe
lo miró sorprendido.
-Todos aquí hemos caído ante la tentación, hijo, es
la única forma de poder comprender mejor al hombre común y mostrarle el camino
hacia la salvación.
-Padre, yo…
-No importa qué hayas hecho, Dios te perdona.
-Abusé de una mujer y la maté. Sabía quién era.
El sacerdote lo miró. Se levantó, alzó su
mano e hizo la señal de la cruz.
-Yo te perdono en el nombre de Dios. Mañana irás a
la capilla, rezarás diez padrenuestros y reflexionarás sobre las ventajas de
pertenecer a la gran familia religiosa. Luego de eso, vendrás a mi despacho,
escribiré a tu tío que te enviaremos al templo de San Basilio, en Cessaniti.
Necesitamos alejarte de toda sospecha sobre lo ocurrido a esa mujer. ¿Te vio
alguien?
-No, nadie, estuve en el bar pero dije que era un
forastero que buscaba trabajo. Nadie me conocía.
-Muy bien. Eres inteligente y sé que no tienes
vocación religiosa, pero eres ambicioso, y aprenderás que lo mejor que puede
ocurrirte es pertenecer a la Hermandad, allí serás útil. Hombres como tú son
los que necesitamos, que se atrevan a asumir su humanidad y a volver al camino
del Señor.
Esa noche supo que había conocido el poder
de pecar y redimirse. Esa noche comprendió la finalidad de su misión y que
desde su lugar podría lograr mucho más de lo que pensaba, que debía buscar un
lugar mucho más importante dentro de la congregación que ser simplemente un
cura de una parroquia perdida en medio de la nada. Esa noche supo que quería
ser poderoso.
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