Aquél italiano tenía estilo. Un traje de
tela fina y buen corte, zapatos lustrados, buenos modales, lentes oscuros,
contrastaba terriblemente con aquellos dos muchachos vestidos con vaqueros
rasgados, camperas de baseball y zapatillas de marca. La ascendencia oriental
de los jóvenes contrastaba con la europea del hombre. Ellos reían a carcajadas,
escupían, molestaban a los camareros. El
hombre mantenía una calma poco común y esperaba a que los chicos volvieran a
estar atentos a sus palabras para proseguir con su diálogo. Quiénes los podían
observar, pensaban que era una asociación extrañísima, paradójica y
contradictoria, jamás podrían imaginar qué los podría haber convocado allí.
A través
de sus lentes oscuros, el italiano miraba al par de irreverentes que tenía
enfrente, tomando su café negro. Cuando se tranquilizaron un poco, volvió a
decirles lo que quería.
-Quiero que ustedes me ayuden a vencer a los
pequeños jefes que no ayudan a que el negocio crezca.
Chuen lo
miraba con su único ojo. Lin se acariciaba el corte que lucía en un costado de
su rostro. El italiano pensaba que, tal vez, se había equivocado al elegirlos,
sin embargo Lin era el heredero del grupo mafioso comandado por su hermano Kan,
quien cada día se hacía más poderoso, aún respetando ciertos códigos mafiosos.
A él no le importaban esos códigos. Sólo le importaba que esos dos idiotas le
allanaran el camino hacia su meta, que era acabar con los pequeños jefes que
comandaban los distritos chinos y apropiarse de todo, para así formar parte de
la Hermandad y poder disfrutar del poder que esa posición le brindaba.
Estaba
harto de vivir fingiendo algo que no sentía, si bien esa vida lo había acercado
a un poder del que jamás habría imaginado tener. Pero quería más, quería poder
pasear por el Mediterráneo en yate, tomar champán y disfrutar de las cosas
modernas que el mundo brindaba a quienes
podían pagar por esos lujos y comodidades. Quería tener a las mujeres
que se le ocurriera y no tener el miedo de que algún paparazzi lo fotografíe y
exponerse a perder su posición dentro de la organización, que se vería obligada
a expulsarlo, lo cual significaba que luego, algún soldado de la orden, lo
mataría en un supuesto robo al azar.
Quería
salir de las sombras y comprar todos los trajes finos que quisiera. Quería
adueñarse del mundo y que todos los que ahora le daban órdenes, se inclinasen
ante él. Pero debía ser muy discreto. Y esos dos imbéciles harían el trabajo
sucio por él.
El pacto
fue sellado con un apretón de manos y con un paquete envuelto en un papel de
color marrón que el italiano les dio a los dos jóvenes chinos que se reían
entre ellos.
-Si cumplen con lo que les pido, tendrán mucho de
esto, como nunca hubieran imaginado tener.
El hombre
dejó unos billetes en la mesa y se levantó. Salió del bar y subió a un coche
negro que lo esperaba afuera. El chofer bajó, dio la vuelta, abrió la puerta y
él subió a la parte de atrás, encendiendo un puro mientras esperaba a que el
conductor volviera a su lugar. Una vez con el motor encendido, el chofer preguntó:
-Monseñor Borrelli, ¿A dónde nos dirigimos?
-Ahora al hotel, luego iremos al aeropuerto y
volveremos a Italia, debemos volver a nuestra aburrida vida cotidiana, Giorgio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario