Sentada en
su terraza favorita con vista al Mar Mediterráneo, Natasha tomaba un jugo de
naranjas. Aún llevaba puesto su vestido negro y se había dejado la amplia
capelina del mismo color, porque el sol del mediodía italiano era muy fuerte.
Jugaba con la pajilla, mientras miraba fijamente hacia ese hermoso mar azul.
Buscó algo
en el bolsillo de su elegante chaqueta y antes de abrir la mano para mirarlo,
respiró profundamente. Era un anillo, con una esfinge de un santo y una frase en latín. No era elegante, ni fino y
se notaba que era bastante antiguo, si
bien lucía algunas pequeñas piedras preciosas en parte de su diseño, era algo
grande para sus dedos finos. Debería adaptarlo.
Se colocó
el anillo lentamente, mirando cómo se deslizaba sobre su piel blanca. Había logrado
llegar a donde quería. Uno de sus enemigos había muerto y muy pronto pagarían
las personas que le habían hecho tanto daño. Hubo algunos daños colaterales,
personas que estorbaban en el camino que había decidido seguir.
Ese anillo
representaba algo más que su lugar en la hermandad, representaba el triunfo
sobre su propio destino. Ella había logrado lo que muy pocas personas dentro de
la organización. Se había ganado el lugar de Maestra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario