miércoles, 24 de julio de 2019

Prólogo.


    Sentada en su terraza favorita con vista al Mar Mediterráneo, Natasha tomaba un jugo de naranjas. Aún llevaba puesto su vestido negro y se había dejado la amplia capelina del mismo color, porque el sol del mediodía italiano era muy fuerte. Jugaba con la pajilla, mientras miraba fijamente hacia ese hermoso mar azul.

    Buscó algo en el bolsillo de su elegante chaqueta y antes de abrir la mano para mirarlo, respiró profundamente. Era un anillo, con una esfinge de un santo y  una frase en latín. No era elegante, ni fino y se notaba que era bastante antiguo,  si bien lucía algunas pequeñas piedras preciosas en parte de su diseño, era algo grande para sus dedos finos. Debería adaptarlo.

    Se colocó el anillo lentamente, mirando cómo se deslizaba sobre su piel blanca. Había logrado llegar a donde quería. Uno de sus enemigos había muerto y muy pronto pagarían las personas que le habían hecho tanto daño. Hubo algunos daños colaterales, personas que estorbaban en el camino que había decidido seguir.

    Ese anillo representaba algo más que su lugar en la hermandad, representaba el triunfo sobre su propio destino. Ella había logrado lo que muy pocas personas dentro de la organización. Se había ganado el lugar de Maestra.

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