miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 1


  Roberto  visitaba el pequeño pueblo italiano, en donde había nacido,  por primera vez desde que sus padres habían decidido partir hacia otro país, buscando nuevos horizontes, con su hermano Feliciano, su hermana Sebastiana y el pequeño Roberto que contaba con unos pocos meses de vida. Extraña circunstancia, que sus negocios lo trajeran a esas tierras que lo habían visto nacer.

    Le había costado mucho esfuerzo llegar hasta allí,  había llegado a creer que jamás podría hacerlo, pero había tenido suerte. O, mejor dicho, había sabido hacer las cosas para alcanzar sus metas. Detrás de una vida honesta, Roberto ocultaba su vínculo con el mundo del crimen. Drogas, trata de personas, contrabando, juego, armas… todo lo que fuera para beneficio propio era bienvenido y no sentía culpas cuando debía deshacerse de alguien que se interpusiera en su camino. La vida era una selva y él había decidido ser su rey.

    Aquél viaje no tenía fines familiares, como había contado en su casa y a sus parientes, si bien haría las visitas protocolares para tomar las fotografías con los ancianos sobrevivientes de la familia. Tenía que estar todo perfectamente calculado para no despertar sospechas.

    Recorrió la pequeña villa por donde sus padres habían caminado cuando eran niños. Luego de saludar a una tía lejana, se dirigió a la iglesia que oficiaba como centro geográfico del lugar. Allí se encontraría con quien sería su lazo en Europa para extender sus negocios.

    En la calle, el sol del mediodía hacía sentir su fuerza. Dentro del templo, un aire fresco, cargado de olor a incienso, provocaba la extraña sensación de salir del infierno y, precisamente, ingresar al paraíso. Buscó el agua bendita, se persignó y se acomodó en el séptimo banco contando desde el altar, del lado de la pared, hacia la izquierda de la nave central,  tal como le habían indicado.

    Miró a su alrededor. Pensó que se había equivocado de hora y consultó su reloj. Era la hora y el día en que lo habían convocado. Parecía ser la única persona que se encontraba  en ese lugar. El silencio lo ponía nervioso. Una voz con acento italiano le habló en un castellano bastante aceptable.
-Roberto, me gusta la gente puntual.

     Hizo el gesto de levantarse, pero la voz se lo impidió.

-No se levante, no es necesario. No vale la pena que arriesgue su vida para demostrar amabilidad.

    A Roberto le incomodaba un poco esa situación. Le gustaba ver el rostro y los ojos de la persona con quien hablaba, de esta forma se sentía en inferioridad de condiciones. No estar frente a frente lo dejaba en desventaja.

-Aproveche a apreciar los vitrales de esta capilla. Es una iglesia muy antigua, dedicada al culto de San Basilio, el patrono del pueblo…pero supongo que eso usted lo sabía.

    Roberto asintió con la cabeza, no comprendía por qué le daba una clase de historia de ese pueblucho de mala muerte, pero debía escuchar y esperar para lograr lo que quería.

-San Basilio fue un sabio, uno de los primeros padres de la iglesia, un hombre culto que dedicó su vida al estudio de Dios, vino de una familia rica, pero piadosa y en donde hubo muchos santos. Era un santo ortodoxo, griego, pero nosotros lo adoptamos como propio. Un hombre de fe, proveniente de Capadocia trajo su culto hace cientos de años. Este pueblo se construyó alrededor de esta iglesia. Debería llevar su nombre, sin embargo era muy peligroso decir, en aquéllos días que aquí se le rendía culto.

    Roberto tosió, fastidiado por la demora que este tema provocaba a la charla que realmente le interesaba.  El hombre siguió hablando.

-Me imagino que a usted debe importarle muy poco la historia de mi pueblo…

-No, al contrario, siga…

-No hace falta que mienta. Usted está interesado en hacer negocios y usar esta puerta de ingreso a Europa para ellos. Como verá, puedo ir al grano y, si quiero, puedo estar aquí horas hablando de nuestro Santo.

    La situación era así: Roberto estaba en las manos de ese hombre al que no podía ver de frente, que gastaba el tiempo hablando de la nada misma y al que, además, debía soportar porque era la llave al gran mercado europeo. A pesar del fresco aire que había dentro de la iglesia, transpiraba.

    Una risa sonó detrás de él.

-Roberto, no se ponga nervioso, eso no es bueno en nuestro negocio. Usted es un hombre que ha sabido hacer las cosas, ha sido discreto, ha montado una estructura para disimular a qué se dedica realmente y tiene ambición de crecer. A nosotros nos interesa la mercancía que puede proveernos, pero sobre todo nos interesa que usted comprenda que no va a ser el gran jefe de una organización, sino  solamente una pieza más dentro del negocio y que, a la primera equivocación, desaparecerá, no solo de la organización, sino de la faz de la tierra.

    En su país adoptivo, Roberto había llegado a ser un reconocido jefe criminal. Dentro de la ciudad en donde tenía instalada su empresa, había llegado a tener una gran influencia con personal corrupto de las  instituciones policiales y con algunos fiscales dispuestos a mirar hacia otro lado a cambio de algunos billetes. Pero él aspiraba a más. No se conformaba con esa dosis de poder. Quería dominar el mundo.

    Este hombre al que no le conocía el rostro parecía saberlo todo sobre él. Sentía que estaba pasándolo por una máquina de rayos X y él no podía ocultarle absolutamente nada. Y quería darse vuelta para verlo y comprobar si, frente a frente, era tan altanero y superior como le estaba demostrando. Pero la voz, nuevamente, le hizo comprender que nada podía hacer.

-Ni se le ocurra girar la cabeza, y mucho menos levantarse. Usted y yo no estamos solos en este lugar, y al menor intento de desobediencia, la conversación terminará y para usted no será solamente la conversación.

    Roberto se secó el sudor que le corría por la frente con un pañuelo. Hacía muchos años que no se sentía tan impotente ante alguien. Era un sentimiento que aborrecía, que lo ponía en una situación de  debilidad ante el otro. Pero debía esperar, ser paciente, demostrar respeto y, sobre todo, sumisión.

-Cuando yo me haya ido, usted podrá levantarse de su asiento. Irá hasta la estatua de San Basilio y buscará detrás de la imagen un pequeño envoltorio. Allí encontrará un anillo, que deberá usar siempre, para ser identificado por nuestros hombres cuando lo necesitemos. Aquí en Italia, en Argentina o en cualquier lugar del mundo.

-¿Pero cómo será la forma de operar? ¿Cuándo comenzaremos? ¿El reparto de las ganancias...?

-Roberto, somos hombres de negocios además de criminales, tenga en cuenta que esto es como un juego de ajedrez y aquí usted no es más que un pequeño peón, que al primer mal movimiento es eliminado. Debemos proteger al rey, y para llegar a ser rey primero debe tener paciencia y demostrarnos su lealtad. Es un largo camino, Roberto, ¿está usted dispuesto a recorrerlo?

    Roberto sabía que si contestaba que no, jamás saldría vivo de esa iglesia. Había llegado a un punto de no retorno y la única manera de continuar era aceptar el reto e incorporarse como un miembro más de esa hermandad.

-Sí, estoy dispuesto a recorrerlo.

-¡Muy bien! Ha tomado usted la decisión acertada. No se preocupe por los detalles, cuando los embarques comiencen a llegar y nosotros hayamos hecho la distribución, usted recibirá un aviso de cómo se realizarán los pagos. A medida que suba posiciones dentro de la Hermandad, recibirá acciones, que sumarán dinero para usted. Deberá esforzarse. Y una vez que regrese a la Argentina, se le informará el número de una cuenta bancaria que no podrá ser utilizada para otra transacción más que para recibir nuestros pagos o realizar depósitos de nuestras operaciones. Y jamás deberá nombrar ese banco a nadie fuera de la orden, por ningún motivo. Nunca se quite el anillo de la hermandad y le informaremos cuando necesitemos algún favor o servicio extra. Deberá buscar una iglesia pequeña, que no llame la atención, para instalar una estatua del santo. Ese sitio será un lugar de encuentro, como lo es esta pequeña parroquia.

    Roberto no llegaba a comprender del todo la relación de la iglesia con una banda de criminales dedicados al narcotráfico, a la venta de armas o a la prostitución. Pero acataría cada orden que le dieran, con tal de acercarse lo más posible a quien este hombre llamaba “padre”. En realidad, lucharía para convertirse él en ese “padre”.  Sin embargo, Roberto ignoraba hasta donde llegaban las raíces profundas de la Hermandad y que jamás llegaría a ser el máximo líder de esa organización.

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