Roberto visitaba el pequeño pueblo italiano, en donde
había nacido, por
primera vez desde que sus padres habían decidido partir hacia otro país,
buscando nuevos horizontes, con su hermano Feliciano, su hermana Sebastiana y
el pequeño Roberto que contaba con unos pocos meses de vida. Extraña
circunstancia, que sus negocios lo trajeran a esas tierras que lo habían visto
nacer.
Le había
costado mucho esfuerzo llegar hasta allí,
había llegado a creer que jamás podría hacerlo, pero había tenido
suerte. O, mejor dicho, había sabido hacer las cosas para alcanzar sus metas. Detrás
de una vida honesta, Roberto ocultaba su vínculo con el mundo del crimen.
Drogas, trata de personas, contrabando, juego, armas… todo lo que fuera para
beneficio propio era bienvenido y no sentía culpas cuando debía deshacerse de
alguien que se interpusiera en su camino. La vida era una selva y él había
decidido ser su rey.
Aquél
viaje no tenía fines familiares, como había contado en su casa y a sus
parientes, si bien haría las visitas protocolares para tomar las fotografías
con los ancianos sobrevivientes de la familia. Tenía que estar todo
perfectamente calculado para no despertar sospechas.
Recorrió
la pequeña villa por donde sus padres habían caminado cuando eran niños. Luego
de saludar a una tía lejana, se dirigió a la iglesia que oficiaba como centro
geográfico del lugar. Allí se encontraría con quien sería su lazo en Europa
para extender sus negocios.
En la
calle, el sol del mediodía hacía sentir su fuerza. Dentro del templo, un aire
fresco, cargado de olor a incienso, provocaba la extraña sensación de salir del
infierno y, precisamente, ingresar al paraíso. Buscó el agua bendita, se
persignó y se acomodó en el séptimo banco contando desde el altar, del lado de
la pared, hacia la izquierda de la nave central, tal como le habían indicado.
Miró a su
alrededor. Pensó que se había equivocado de hora y consultó su reloj. Era la
hora y el día en que lo habían convocado. Parecía ser la única persona que se
encontraba en ese lugar. El silencio lo
ponía nervioso. Una voz con acento italiano le habló en un castellano bastante
aceptable.
-Roberto, me gusta la gente puntual.
Hizo el
gesto de levantarse, pero la voz se lo impidió.
-No se levante, no es necesario. No vale la pena que
arriesgue su vida para demostrar amabilidad.
A Roberto
le incomodaba un poco esa situación. Le gustaba ver el rostro y los ojos de la
persona con quien hablaba, de esta forma se sentía en inferioridad de
condiciones. No estar frente a frente lo dejaba en desventaja.
-Aproveche a apreciar los vitrales de esta capilla.
Es una iglesia muy antigua, dedicada al culto de San Basilio, el patrono del
pueblo…pero supongo que eso usted lo sabía.
Roberto
asintió con la cabeza, no comprendía por qué le daba una clase de historia de
ese pueblucho de mala muerte, pero debía escuchar y esperar para lograr lo que
quería.
-San Basilio fue un sabio, uno de los primeros
padres de la iglesia, un hombre culto que dedicó su vida al estudio de Dios,
vino de una familia rica, pero piadosa y en donde hubo muchos santos. Era un
santo ortodoxo, griego, pero nosotros lo adoptamos como propio. Un hombre de fe,
proveniente de Capadocia trajo su culto hace cientos de años. Este pueblo se
construyó alrededor de esta iglesia. Debería llevar su nombre, sin embargo era
muy peligroso decir, en aquéllos días que aquí se le rendía culto.
Roberto
tosió, fastidiado por la demora que este tema provocaba a la charla que
realmente le interesaba. El hombre
siguió hablando.
-Me imagino que a usted debe importarle muy poco la
historia de mi pueblo…
-No, al contrario, siga…
-No hace falta que mienta. Usted está interesado en
hacer negocios y usar esta puerta de ingreso a Europa para ellos. Como verá,
puedo ir al grano y, si quiero, puedo estar aquí horas hablando de nuestro
Santo.
La
situación era así: Roberto estaba en las manos de ese hombre al que no podía
ver de frente, que gastaba el tiempo hablando de la nada misma y al que,
además, debía soportar porque era la llave al gran mercado europeo. A pesar del
fresco aire que había dentro de la iglesia, transpiraba.
Una risa
sonó detrás de él.
-Roberto, no se ponga nervioso, eso no es bueno en
nuestro negocio. Usted es un hombre que ha sabido hacer las cosas, ha sido
discreto, ha montado una estructura para disimular a qué se dedica realmente y
tiene ambición de crecer. A nosotros nos interesa la mercancía que puede
proveernos, pero sobre todo nos interesa que usted comprenda que no va a ser el
gran jefe de una organización, sino
solamente una pieza más dentro del negocio y que, a la primera equivocación,
desaparecerá, no solo de la organización, sino de la faz de la tierra.
En su país
adoptivo, Roberto había llegado a ser un reconocido jefe criminal. Dentro de la
ciudad en donde tenía instalada su empresa, había llegado a tener una gran
influencia con personal corrupto de las
instituciones policiales y con algunos fiscales dispuestos a mirar hacia
otro lado a cambio de algunos billetes. Pero él aspiraba a más. No se
conformaba con esa dosis de poder. Quería dominar el mundo.
Este
hombre al que no le conocía el rostro parecía saberlo todo sobre él. Sentía que
estaba pasándolo por una máquina de rayos X y él no podía ocultarle
absolutamente nada. Y quería darse vuelta para verlo y comprobar si, frente a
frente, era tan altanero y superior como le estaba demostrando. Pero la voz,
nuevamente, le hizo comprender que nada podía hacer.
-Ni se le ocurra girar la cabeza, y mucho menos
levantarse. Usted y yo no estamos solos en este lugar, y al menor intento de
desobediencia, la conversación terminará y para usted no será solamente la
conversación.
Roberto se
secó el sudor que le corría por la frente con un pañuelo. Hacía muchos años que
no se sentía tan impotente ante alguien. Era un sentimiento que aborrecía, que
lo ponía en una situación de debilidad
ante el otro. Pero debía esperar, ser paciente, demostrar respeto y, sobre
todo, sumisión.
-Cuando yo me haya ido, usted podrá levantarse de su
asiento. Irá hasta la estatua de San Basilio y buscará detrás de la imagen un
pequeño envoltorio. Allí encontrará un anillo, que deberá usar siempre, para
ser identificado por nuestros hombres cuando lo necesitemos. Aquí en Italia, en
Argentina o en cualquier lugar del mundo.
-¿Pero cómo será la forma de operar? ¿Cuándo
comenzaremos? ¿El reparto de las ganancias...?
-Roberto, somos hombres de negocios además de
criminales, tenga en cuenta que esto es como un juego de ajedrez y aquí usted
no es más que un pequeño peón, que al primer mal movimiento es eliminado.
Debemos proteger al rey, y para llegar a ser rey primero debe tener paciencia y
demostrarnos su lealtad. Es un largo camino, Roberto, ¿está usted dispuesto a
recorrerlo?
Roberto
sabía que si contestaba que no, jamás saldría vivo de esa iglesia. Había
llegado a un punto de no retorno y la única manera de continuar era aceptar el
reto e incorporarse como un miembro más de esa hermandad.
-Sí, estoy dispuesto a recorrerlo.
-¡Muy bien! Ha tomado usted la decisión acertada. No
se preocupe por los detalles, cuando los embarques comiencen a llegar y nosotros
hayamos hecho la distribución, usted recibirá un aviso de cómo se realizarán
los pagos. A medida que suba posiciones dentro de la Hermandad, recibirá
acciones, que sumarán dinero para usted. Deberá esforzarse. Y una vez que
regrese a la Argentina, se le informará el número de una cuenta bancaria que no
podrá ser utilizada para otra transacción más que para recibir nuestros pagos o
realizar depósitos de nuestras operaciones. Y jamás deberá nombrar ese banco a
nadie fuera de la orden, por ningún motivo. Nunca se quite el anillo de la
hermandad y le informaremos cuando necesitemos algún favor o servicio extra.
Deberá buscar una iglesia pequeña, que no llame la atención, para instalar una
estatua del santo. Ese sitio será un lugar de encuentro, como lo es esta
pequeña parroquia.
Roberto no
llegaba a comprender del todo la relación de la iglesia con una banda de
criminales dedicados al narcotráfico, a la venta de armas o a la prostitución.
Pero acataría cada orden que le dieran, con tal de acercarse lo más posible a
quien este hombre llamaba “padre”. En realidad, lucharía para convertirse él en
ese “padre”. Sin embargo, Roberto
ignoraba hasta donde llegaban las raíces profundas de la Hermandad y que jamás
llegaría a ser el máximo líder de esa organización.
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