Volvió cargado de fotos de los paisajes de esa
región de Calabria que había visitado. Hablaba maravillas de las costumbres, de
la forma de vida tranquila, de los museos y construcciones antiguas que
resistían el paso del tiempo y que habían sobrevivido a guerras e invasiones.
Osvaldo y
su familia lo recibieron con una cena. Tenían una casa humilde, un cascarón de
lo que, alguna vez, sería una casa, pero contaba con dos pequeñas habitaciones
habitables, que eran los cuartos de las niñas y el matrimonial. A la casa le
faltaban pisos, terminaciones, tenía cables colgando detrás de los artefactos
eléctricos. Un largo living comedor solo con revoques y el contrapiso mal
pintado, dejaban ver las huellas de patines, ruedas de muebles y roces de
distintos aparatos.
Su sobrino
tenía pretensiones de ser un gran comerciante, pero aún le faltaba mucho para
llegar a serlo. Trabajaba duro, sin embargo malgastaba muchísimo dinero en
nimiedades. Le gustaba la buena vida, la ropa de marca y los viajes. Le
compraba a sus hijas cuanta chuchería existiera, sin razonar que la atención en
ese juguete les duraba menos de un día y luego quedaba tirado en algún rincón,
acumulándose con otros artículos que pedían para no usarlos más que un par de
veces.
Roberto
había ayudado a este sobrino en particular. Le hacía recordar a él mismo cuando
era joven, cuando quería comerse al mundo de un bocado y pudo descubrir la forma,
si bien tuvo que aprender a esperar. Hubiera querido ser como los jefes
mafiosos de las películas, rodeados de lujos, mujeres y todo lo que el dinero
pudiera comprar.
Pero
comprendió que para sobrevivir en ese mundo debía cambiar su forma de pensar.
Que ostentar era peligroso y lo hacía blanco fácil de otros narcotraficantes y
de fiscales o jueces que no se dejaban corromper. Que la mejor manera de
sobrevivir era volverse alguien común, disimulando su progreso con un negocio
honesto.
Se adaptó
pronto y fue creciendo rápidamente, sin que nadie sospechase nada. Osvaldo
acudió a él cuando estuvo a punto de perder su casa y le ofreció el dinero
necesario para salvarla. Eso convertía a su sobrino en casi un esclavo suyo.
Debía esperar el momento justo para convencerlo de participar de sus
actividades, pero sospechaba que no le costaría mucho trabajo. Osvaldo era
ambicioso y tenía sed de poder, sobre todo de dinero.
Mientras
preparaban la mesa, Roberto mostraba las fotografías a las hijas de Osvaldo. Eran tres chicas bonitas, dos adolescentes y
una aún pequeña, de unos 9 o 10 años, a la que sentaba en sus rodillas cada vez
que la tenía cerca. La correteaba por el parque, le hacía cosquillas, la niña
reía a carcajadas y lo abrazaba fuerte. Roberto sentía algo extraño cada vez
que la tenía cerca. No podía explicar qué era, un imán que lo atraía a esa
pequeña, a la cual hubiera querido tener siempre para sí.
Tras comer
y charlar, Osvaldo y Clide propusieron tomar un café, mientras las niñas iban a jugar. A Roberto se le pasó la tarde en
forma rápida, amena y le divertía ver a su sobrino, siempre tan cerrado,
charlando y riendo como si nunca hubiera tenido problemas. Comenzaba a caer la
noche y decidió irse.
-Sobrino, gracias por la bienvenida, la comida estaba
riquísima y vos, Clide, hacés un postre de frutillas digno de un rey, la verdad
es que pasé un día espectacular.
-Don Roberto, usted es muy gentil, nosotros le vamos
a estar eternamente agradecidos por todo lo que hizo. Jamás podremos retribuirle
la ayuda que nos dio para que no perdamos esta casa.
Clide se
acercó para abrazarlo. Era una mujer dulce y tranquila, en apariencia, sumisa a
su marido, colaboradora en todo lo que podía, esperando que alguna vez él lo
reconociera.
-No hay nada que agradecer, querida, he vivido
situaciones difíciles y sé el esfuerzo que han hecho para tener esta propiedad…
Roberto no
pudo terminar de hablar. Osvaldo lo interrumpió.
-Hice, tío, el esfuerzo que hice, porque me mato
trabajando desde la madrugada hasta bien entrada la noche, sacando cuentas,
recorriendo puestos, buscando quintas en donde tener mejor precio. Tengo rota
la espalda de cargar cajones, callos en las manos y todo mi sacrificio es para
darles a ellas una buena vida. Y, por lo que veo, no se dan cuenta de eso.
Osvaldo siempre
daba la nota. Roberto percibió la tensión en la mujer de su sobrino, quien bajó
la cabeza y se alejó hacia la cocina.
-¿Dónde están las chicas? Quiero darles un beso
antes de irme.
-Las más grandes en el patio con los perros y
Juliana creo que se acostó.
Clide,
desde la puerta de la cocina, agregó:
-La chiquita se levantó muy temprano para ayudarme a
preparar las ensaladas y los detalles
para que todo estuviera listo cuando usted llegara, estaba muy cansada, pero
pase al cuarto, ella debe estar despierta.
Roberto
sonrió y caminó hacia la habitación de la niña. Abrió la puerta y estaba en
penumbras. Distinguía el cuerpito recostado sobre la cama. Notó que ante el
ruido, la niña se movió. Estaba despierta y fingía dormir. Caminó hacia la cama
y comenzó a hacerle cosquillas.
-Ah, estas despierta pero no querés que tus papis se
enteren, eh.
Ella reía.
Se retorcía entre sus manos. De pronto sintió la piel del vientre de la
pequeña, su suavidad le provocó un fuego que no quemaba. Siguió jugando, riendo
con ella, acercando su rostro al de la niña, haciéndole cosquillas con la nariz
en la mejilla, en el cuello, en la oreja. Lo embriagó la fragancia que ella
tenía, su perfume a inocencia.
Sus manos
se deslizaron un poco más hacia arriba y percibió que sus pechos habían
comenzado a desarrollarse. Eran pequeños, cabían en sus manos y se vio buscando
los pezones hasta sentirlos erectos. Juliana reía, pero su risa había
transmutado. Ahora era una risa nerviosa, inquieta, sintió que el miedo se mezclaba
con el placer que había disfrutado hasta hacía un instante.
Quitó sus
manos de la niña. Le dio un beso en la frente y se fue de la habitación. Ella
se había quedado quieta, en la cama, en la misma posición que tenía cuando
llegó. Nada había pasado. Se despidió de Osvaldo con un abrazo, le hizo un
saludo a Clide con la cabeza y salió de la casa con una sensación extraña,
mezcla de euforia y poder. No comprendía que había ocurrido en esa habitación.
Tampoco le importaba mucho encontrarle una explicación. Sólo sabía que le
gustaba y que vería hasta donde podría llegar.
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