Los
vecinos se despertaron por el ruido de algunas pequeñas explosiones que
provocaba el fuego. La luz de las llamas, en medio de la noche, iluminaban todas
las casas que estaban en la vereda de enfrente. Todos llamaron a la policía, a
los bomberos, asustados y preocupados
por lo que pudiera haber ocurrido en la casa de la familia La Villa. Una
familia que había sufrido varias desgracias: el dueño se había accidentado
gravemente mientras cazaba, quedando cuadrapléjico y afásico; la esposa había
desaparecido misteriosamente durante un viaje y jamás regresó; habían asesinado
al hermano del propietario de esa vivienda en un intento de robo; la hija más
pequeña había intentado suicidarse en un choque y de la hija mediana no se
tenían noticias desde que decidió viajar a Italia, invitada por un tío, a
estudiar y perfeccionarse artísticamente.
Parecía
que tras tantas tragedias había comenzado a llegar la calma. Sin embargo, esa
noche el fuego consumió esa casa y todo lo que había dentro. Juliana, la hija
más joven, lloraba arrodillada en la vereda, mientras los bomberos intentaban
apagar el fuego. Una ambulancia había llegado en medio de todo el alboroto. La
policía había intentado ponerla a resguardo, pero ella luchaba con una fuerza
descomunal para quedarse ahí. Hubo que sedarla para poder llevarla hasta el
vehículo y trasladarla a un hospital.
Beatriz,
la hija mayor, veía cómo el trabajo y el esfuerzo de sus padres se desmoronaban
ante la furia de las llamas. Casi toda su vida habían vivido ahí. Allí lloraron
muertes, rieron nacimientos, recibieron años y despidieron amores. Todos los
recuerdos de sus padres, de sus vidas, habían quedado sepultados bajo los
escombros y fueron reducidos a cenizas por la voracidad del fuego. Desde la
vereda de enfrente y mientras los vecinos la abrazaban y trataban de
consolarla, sentía que nuevamente el infierno se desataba ante ella, como hacía
tantos años había ocurrido tras la muerte de su tío Fabio. La sirena de la
ambulancia que se llevaba a Juliana se mezclaba con palabras de apoyo, con
preguntas sobre qué había ocurrido, con las voces de los policías que le pedían
sus datos, con las preguntas de los periodistas que intentaban saber qué había
ocurrido. Dentro de su cabeza solo había un remolino. No reaccionaba, no
comprendía nada, solo quería dormir.
Juliana
había decidido vivir ahí con su pareja. Después de que el tío Roberto se fuera
a Italia y tras la partida de Florencia, una mañana, mientras desayunaban
juntas, Beatriz le preguntó por qué siempre se había opuesto tanto al viaje de
su hermana. No comprendía que fueran celos, si bien ellas nunca se habían
llevado muy bien. Esa mañana escuchó sobre los abusos y manoseos a los que el tío había
sometido a su hermana menor. De las amenazas. De la manipulación hacia su
padre, culpando a Fabio de esas asquerosidades. Conoció la charla que habían
tenido Osvaldo y Juliana esa tarde, un par de días antes de que sufriera el
accidente que lo dejaría postrado de por vida. Supo que su padre se había dedicado a traficar drogas
para su tío, que lo había sabido envolver en mentiras y fraudes, aprovechando
su soberbia, alimentando su ego. De la responsabilidad que Roberto tenía en la
muerte de Fabio.
Beatriz
recordó aquél día, desayunando con su hermana, llorando juntas, preguntándole
por qué no le había contado, por qué no le había confiado todo eso en su
momento. Ella hubiera querido protegerla, cuidarla, enfrentarse al tío,
desenmascararlo ante todos.
-Roberto me decía que nadie me iba a creer, que yo
era una putita, que me iban a tratar de loca. Yo me había encerrado tanto, que
todos decían que me comportaba raro. Cuando choqué, había escuchado que él se
ufanaba con alguien por teléfono que había hecho desaparecer al tío Fabio.
Trastabillé y me escuchó. Me quiso manosear y me dijo que si decía algo, además
de encerrarme por loca, él se iba a encargar de que toda la familia terminara
igual. Tuve miedo, Bea.
Cada palabra que se dijeron aquélla tarde
volvió a su mente. No comprendía qué había ocurrido. Juliana aún no despertaba
del sedante que le habían dado y los peritos decían que el incendio había
sido intencional. Manuel, el novio de
Juliana, estaba de viaje por trabajo, así que la posibilidad de una discusión
entre ellos quedaba descartada. Habían hablado por teléfono por la mañana,
temprano, y Juliana estaba bien. Había dicho que tenía que hacer un trámite,
que más tarde le contaría bien qué era. Parecía algo nerviosa, pero Beatriz lo
adjudicó al hecho de que a su hermana no
le gustaba hacer trámites, ir a bancos, firmar papeles y lo evitaba en la
medida de lo posible.
Caminó
por la habitación y sobre la mesita de noche encontró unos papeles arrugados
envueltos en un sobre de plástico. La enfermera entró en ese momento.
-Buenas tardes, vengo a controlar que el suero esté
bien y cómo evoluciona su fiebre.
-Haga tranquila. ¿Sabe quien dejó esto acá?
La enfermera
miró y observó el sobre en las manos de Beatriz.
-Su hermana traía eso en las manos. Costó mucho
sacárselo, hicimos todo lo posible para que no se rompiera, porque la policía
nos pidió guardarlos para saber qué decían y si tenían algún vínculo con el
incidente.
Mientras
la mujer atendía a Juliana, Beatriz se sentó en el silloncito, cercano a la
ventana. Hojeó las páginas y reconoció la letra de su padre. El corazón le
latía cada vez más fuerte, su papá nunca
había sido un hombre muy comunicativo y esas hojas guardaban secretos muy
dolorosos. Comenzó a leer cada palabra escrita y sintió que cada una de ellas
le clavaba una daga en el alma.
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