miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 10



     Los vecinos se despertaron por el ruido de algunas pequeñas explosiones que provocaba el fuego. La luz de las llamas, en medio de la noche, iluminaban todas las casas que estaban en la vereda de enfrente. Todos llamaron a la policía, a los bomberos, asustados y preocupados  por lo que pudiera haber ocurrido en la casa de la familia La Villa. Una familia que había sufrido varias desgracias: el dueño se había accidentado gravemente mientras cazaba, quedando cuadrapléjico y afásico; la esposa había desaparecido misteriosamente durante un viaje y jamás regresó; habían asesinado al hermano del propietario de esa vivienda en un intento de robo; la hija más pequeña había intentado suicidarse en un choque y de la hija mediana no se tenían noticias desde que decidió viajar a Italia, invitada por un tío, a estudiar y perfeccionarse artísticamente.

      Parecía que tras tantas tragedias había comenzado a llegar la calma. Sin embargo, esa noche el fuego consumió esa casa y todo lo que había dentro. Juliana, la hija más joven, lloraba arrodillada en la vereda, mientras los bomberos intentaban apagar el fuego. Una ambulancia había llegado en medio de todo el alboroto. La policía había intentado ponerla a resguardo, pero ella luchaba con una fuerza descomunal para quedarse ahí. Hubo que sedarla para poder llevarla hasta el vehículo y trasladarla a un hospital.

     Beatriz, la hija mayor, veía cómo el trabajo y el esfuerzo de sus padres se desmoronaban ante la furia de las llamas. Casi toda su vida habían vivido ahí. Allí lloraron muertes, rieron nacimientos, recibieron años y despidieron amores. Todos los recuerdos de sus padres, de sus vidas, habían quedado sepultados bajo los escombros y fueron reducidos a cenizas por la voracidad del fuego. Desde la vereda de enfrente y mientras los vecinos la abrazaban y trataban de consolarla, sentía que nuevamente el infierno se desataba ante ella, como hacía tantos años había ocurrido tras la muerte de su tío Fabio. La sirena de la ambulancia que se llevaba a Juliana se mezclaba con palabras de apoyo, con preguntas sobre qué había ocurrido, con las voces de los policías que le pedían sus datos, con las preguntas de los periodistas que intentaban saber qué había ocurrido. Dentro de su cabeza solo había un remolino. No reaccionaba, no comprendía nada, solo quería dormir.

     Juliana había decidido vivir ahí con su pareja. Después de que el tío Roberto se fuera a Italia y tras la partida de Florencia, una mañana, mientras desayunaban juntas, Beatriz le preguntó por qué siempre se había opuesto tanto al viaje de su hermana. No comprendía que fueran celos, si bien ellas nunca se habían llevado muy bien. Esa mañana escuchó sobre  los abusos y manoseos a los que el tío había sometido a su hermana menor. De las amenazas. De la manipulación hacia su padre, culpando a Fabio de esas asquerosidades. Conoció la charla que habían tenido Osvaldo y Juliana esa tarde, un par de días antes de que sufriera el accidente que lo dejaría postrado de por vida. Supo que su  padre se había dedicado a traficar drogas para su tío, que lo había sabido envolver en mentiras y fraudes, aprovechando su soberbia, alimentando su ego. De la responsabilidad que Roberto tenía en la muerte de Fabio.

     Beatriz recordó aquél día, desayunando con su hermana, llorando juntas, preguntándole por qué no le había contado, por qué no le había confiado todo eso en su momento. Ella hubiera querido protegerla, cuidarla, enfrentarse al tío, desenmascararlo ante todos.

-Roberto me decía que nadie me iba a creer, que yo era una putita, que me iban a tratar de loca. Yo me había encerrado tanto, que todos decían que me comportaba raro. Cuando choqué, había escuchado que él se ufanaba con alguien por teléfono que había hecho desaparecer al tío Fabio. Trastabillé y me escuchó. Me quiso manosear y me dijo que si decía algo, además de encerrarme por loca, él se iba a encargar de que toda la familia terminara igual. Tuve miedo, Bea.

      Cada palabra que se dijeron aquélla tarde volvió a su mente. No comprendía qué había ocurrido. Juliana aún no despertaba del sedante que le habían dado y los peritos decían que el incendio había sido  intencional. Manuel, el novio de Juliana, estaba de viaje por trabajo, así que la posibilidad de una discusión entre ellos quedaba descartada. Habían hablado por teléfono por la mañana, temprano, y Juliana estaba bien. Había dicho que tenía que hacer un trámite, que más tarde le contaría bien qué era.  Parecía algo nerviosa, pero Beatriz lo adjudicó al hecho de que  a su hermana no le gustaba hacer trámites, ir a bancos, firmar papeles y lo evitaba en la medida de lo posible.

     Caminó por la habitación y sobre la mesita de noche encontró unos papeles arrugados envueltos en un sobre de plástico. La enfermera entró en ese momento.

-Buenas tardes, vengo a controlar que el suero esté bien y cómo evoluciona su fiebre.

-Haga tranquila. ¿Sabe quien dejó esto acá?

     La enfermera miró y observó el sobre en las manos de Beatriz.

-Su hermana traía eso en las manos. Costó mucho sacárselo, hicimos todo lo posible para que no se rompiera, porque la policía nos pidió guardarlos para saber qué decían y si tenían algún vínculo con el incidente.

     Mientras la mujer atendía a Juliana, Beatriz se sentó en el silloncito, cercano a la ventana. Hojeó las páginas y reconoció la letra de su padre. El corazón le latía cada vez más fuerte,  su papá nunca había sido un hombre muy comunicativo y esas hojas guardaban secretos muy dolorosos. Comenzó a leer cada palabra escrita y sintió que cada una de ellas le clavaba una daga en el alma.

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