miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 12



    Juliana había despertado y vio que su hermana lloraba mientras leía esa carta que no iba dirigida a ellas.

-¿Sentiste lo mismo que yo?

    Beatriz levantó la cabeza y fue a abrazar a Juliana. Lloraron juntas.

-¿Cómo encontraste esto?

-Me llegó una carta, en realidad estaba a nombre de la familia y la abrí. Era una mujer que decía que papá le había enviado un mensaje hace muchos años, antes del accidente, que le había enviado una llave, una clave y la dirección de un banco en donde papá le indicaba que en una caja de seguridad había algo para ella. Y que ella nunca fue a ver de qué se trataba, que no le correspondía, que no quería nada de parte de papá. También decía que con la noticia del accidente de papá no se atrevió a ir a buscar nada, que no quería verse involucrada en nada que tuviera que ver con nuestra familia y guardó todo esperando el momento apropiado para hacernos llegar esto. Que pasó el tiempo y olvidó el mensaje de papá. Y revisando cosas y haciendo orden, lo encontró. Le pareció oportuno  mandarnos esto y que nosotras, sus hijas, accediéramos a lo que fuera que hubiera en ese banco y en la caja. El trámite que tenía que hacer…era esto. No quise decirte nada, quise ver de qué se trataba primero. Me encontré con ese sobre de plástico, con esa carta y te juro que lo odié como nunca en mi vida.
 
     Beatriz intentaba comprender toda la información que estaba recibiendo. No terminaba de convencerse de que su padre había sido el responsable de las muertes de Fabio, de Clide y del mismo Kevin. No se imaginaba a su padre como un narcotraficante y tampoco toda esa  historia de la que hablaba con esa misteriosa mujer.

-Papá mató a mamá- susurró Beatriz.

-Y al tío Fabio. Y al pibe que mató al tío, también. Y después nos quería dar lecciones de moral y buenas costumbres, ¡hipócrita!

-¿Sabés quién es esa mujer que nos mandó esto?

-No, ni idea, creo que una amiga que papá tenía y lo ayudaba cuando el pibe ese se había fugado. Pero hay otra cosa.

-¿Qué?

-En la caja de seguridad había un recibo de un banco de afuera, una cuenta a nombre de papá, en Italia. Averigüé por internet. Hay mucha plata. Demasiada.

     Beatriz no podía creer lo que su hermana le estaba contando.

-Papá, por lo que dice ahí, colaboraba con la basura de Roberto en las drogas. A nosotras nos decía que no tenía un mango y lloraba por todo. ¡Hijo de puta! ¡Basura! ¡Asesino! Nos mintió descaradamente con que mamá se había ido a no sé dónde, a evangelizar en medio de la nada… y la había matado él.

-¿La mujer que te mandó el mensaje, quién es, cómo se llama?

-El sobre fue entregado mano a mano. No tenía nombre, solo estaba dirigido a “Familia La Villa”. Lo encontré en el buzón cuando volví de comprar unas cosas. Solo decía que ella jamás abrió la caja, que ignoraba lo que hubiera y que no le correspondía a ella ir al banco,  por más que tuviera la clave y la llave para acceder libremente a todo.

-¿Y cómo podemos asegurarnos de que nunca fue al banco, ni que abrió la caja?

-Pregunté a la persona que me atendió. Me dijo que la cuenta de papá es una cuenta rara, muy particular, que no se la dan a cualquier persona y que son servicios reservados, que se registran todas las actividades, visitas, ingresos, hay que firmar un libro, poner tu documento, requisitos por donde se te ocurran. Desde el accidente de papá, bueno, ahora sabemos que fue un intento de suicidio, nunca fue nadie a ver, ni tocaron nada. De hecho, casi no me dejan entrar a mí.

    Beatriz se sorprendió.

-¿Por qué no te querían dejar entrar?

    Juliana tomó las manos de su hermana. La miró profundamente a los ojos. Buscaba las palabras para decirle a su hermana toda la información.

-Porque papá había autorizado solamente a esa mujer a acceder a la cuenta, a la caja y a la plata. Ni vos, ni yo, ni Florencia, ni los tíos, nadie más que ella podía ingresar y disponer de todo con total libertad y sin rendir cuentas a nadie.

-¿Entonces? ¿Cómo fue que pasaste?

-Pedí hablar con el director del sector, me presenté. El tipo sabía quién era yo. Le mostré la carta que recibimos, la llave. Le dije que no entendía nada, que no sabía de qué se trataba. Me pidió que esperara y salió a otra oficina. Lo vi hablando por teléfono. Cuando vino me dijo que sí, que estaba bien, que había hablado con “la señora” y que tenía permitido el acceso a todo sin ninguna restricción. Que lo disculpara, pero ellos en ese sector del banco trabajaban con órdenes muy estrictas, que papá había dejado bien en claro que solo ella estaba autorizada a decidir qué se hacía con ese material.

-¿Y no le preguntaste quién era esa tipa?

-¿Qué te pensas, que no lo hice? Más vale, lo volví loco a preguntas. Pero insistió en que la discreción era una de las políticas principales de esa área, que ni papá ni ella habían dado la orden de revelar su identidad y que salvo eso, yo podía ver y disponer de lo que hubiera en las cajas.

     Escucharon unas voces en el pasillo. Beatriz guardó los papeles y el sobre dentro de su cartera.

-Por ahora de esto, ni una palabra a la policía. Tenemos que averiguar más y si podemos, localizar a esa mujer, para que nos explique qué significa todo esto.

-¿Necesitas más explicaciones que las que hay en esa carta?

     En ese momento se abrió la puerta del cuarto y entraron dos policías, acompañando a uno de los jefes. Querían ver a Juliana en privado y que hiciera una declaración.

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