Juliana
había despertado y vio que su hermana lloraba mientras leía esa carta que no
iba dirigida a ellas.
-¿Sentiste lo mismo que yo?
Beatriz
levantó la cabeza y fue a abrazar a Juliana. Lloraron juntas.
-¿Cómo encontraste esto?
-Me llegó una carta, en realidad estaba a nombre de
la familia y la abrí. Era una mujer que decía que papá le había enviado un
mensaje hace muchos años, antes del accidente, que le había enviado una llave,
una clave y la dirección de un banco en donde papá le indicaba que en una caja
de seguridad había algo para ella. Y que ella nunca fue a ver de qué se
trataba, que no le correspondía, que no quería nada de parte de papá. También
decía que con la noticia del accidente de papá no se atrevió a ir a buscar
nada, que no quería verse involucrada en nada que tuviera que ver con nuestra
familia y guardó todo esperando el momento apropiado para hacernos llegar esto.
Que pasó el tiempo y olvidó el mensaje de papá. Y revisando cosas y haciendo
orden, lo encontró. Le pareció oportuno
mandarnos esto y que nosotras, sus hijas, accediéramos a lo que fuera
que hubiera en ese banco y en la caja. El trámite que tenía que hacer…era esto.
No quise decirte nada, quise ver de qué se trataba primero. Me encontré con ese
sobre de plástico, con esa carta y te juro que lo odié como nunca en mi vida.
Beatriz
intentaba comprender toda la información que estaba recibiendo. No terminaba de
convencerse de que su padre había sido el responsable de las muertes de Fabio,
de Clide y del mismo Kevin. No se imaginaba a su padre como un narcotraficante
y tampoco toda esa historia de la que
hablaba con esa misteriosa mujer.
-Papá mató a mamá- susurró Beatriz.
-Y al tío Fabio. Y al pibe que mató al tío, también.
Y después nos quería dar lecciones de moral y buenas costumbres, ¡hipócrita!
-¿Sabés quién es esa mujer que nos mandó esto?
-No, ni idea, creo que una amiga que papá tenía y lo
ayudaba cuando el pibe ese se había fugado. Pero hay otra cosa.
-¿Qué?
-En la caja de seguridad había un recibo de un banco
de afuera, una cuenta a nombre de papá, en Italia. Averigüé por internet. Hay
mucha plata. Demasiada.
Beatriz
no podía creer lo que su hermana le estaba contando.
-Papá, por lo que dice ahí, colaboraba con la basura
de Roberto en las drogas. A nosotras nos decía que no tenía un mango y lloraba
por todo. ¡Hijo de puta! ¡Basura! ¡Asesino! Nos mintió descaradamente con que
mamá se había ido a no sé dónde, a evangelizar en medio de la nada… y la había
matado él.
-¿La mujer que te mandó el mensaje, quién es, cómo
se llama?
-El sobre fue entregado mano a mano. No tenía
nombre, solo estaba dirigido a “Familia La Villa”. Lo encontré en el buzón
cuando volví de comprar unas cosas. Solo decía que ella jamás abrió la caja,
que ignoraba lo que hubiera y que no le correspondía a ella ir al banco, por más que tuviera la clave y la llave para
acceder libremente a todo.
-¿Y cómo podemos asegurarnos de que nunca fue al
banco, ni que abrió la caja?
-Pregunté a la persona que me atendió. Me dijo que
la cuenta de papá es una cuenta rara, muy particular, que no se la dan a
cualquier persona y que son servicios reservados, que se registran todas las
actividades, visitas, ingresos, hay que firmar un libro, poner tu documento,
requisitos por donde se te ocurran. Desde el accidente de papá, bueno, ahora
sabemos que fue un intento de suicidio, nunca fue nadie a ver, ni tocaron nada.
De hecho, casi no me dejan entrar a mí.
Beatriz se
sorprendió.
-¿Por qué no te querían dejar entrar?
Juliana
tomó las manos de su hermana. La miró profundamente a los ojos. Buscaba las
palabras para decirle a su hermana toda la información.
-Porque papá había autorizado solamente a esa mujer
a acceder a la cuenta, a la caja y a la plata. Ni vos, ni yo, ni Florencia, ni
los tíos, nadie más que ella podía ingresar y disponer de todo con total
libertad y sin rendir cuentas a nadie.
-¿Entonces? ¿Cómo fue que pasaste?
-Pedí hablar con el director del sector, me
presenté. El tipo sabía quién era yo. Le mostré la carta que recibimos, la
llave. Le dije que no entendía nada, que no sabía de qué se trataba. Me pidió
que esperara y salió a otra oficina. Lo vi hablando por teléfono. Cuando vino
me dijo que sí, que estaba bien, que había hablado con “la señora” y que tenía
permitido el acceso a todo sin ninguna restricción. Que lo disculpara, pero
ellos en ese sector del banco trabajaban con órdenes muy estrictas, que papá
había dejado bien en claro que solo ella estaba autorizada a decidir qué se
hacía con ese material.
-¿Y no le preguntaste quién era esa tipa?
-¿Qué te pensas, que no lo hice? Más vale, lo volví
loco a preguntas. Pero insistió en que la discreción era una de las políticas
principales de esa área, que ni papá ni ella habían dado la orden de revelar su
identidad y que salvo eso, yo podía ver y disponer de lo que hubiera en las
cajas.
Escucharon
unas voces en el pasillo. Beatriz guardó los papeles y el sobre dentro de su
cartera.
-Por ahora de esto, ni una palabra a la policía.
Tenemos que averiguar más y si podemos, localizar a esa mujer, para que nos explique
qué significa todo esto.
-¿Necesitas más explicaciones que las que hay en esa
carta?
En ese
momento se abrió la puerta del cuarto y entraron dos policías, acompañando a
uno de los jefes. Querían ver a Juliana en privado y que hiciera una
declaración.
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