miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 13


     La hermandad era una sociedad secreta que tenía lazos en todo el mundo. Ningún gobierno jamás imaginaría que detrás de todo el tráfico de armas, la venta de estupefacientes, el contrabando de órganos y la trata de personas había realmente pocos responsables. Que todas las “organizaciones” que cada tanto atrapaban no eran en realidad ni el diez por ciento de quienes se dedicaban al negocio.

     Esos que las fuerzas de inteligencia y seguridad consideraban “peces gordos” no eran nada más ni nada menos que los daños colaterales que se veían obligados a sufrir. Y, en algunos casos, hasta eran anzuelos para entretener a las fuerzas, mientras en otra parte de realizaba un transporte que multiplicaba por varios miles de millones lo que perdían en los procedimientos.

     Los miembros principales de la hermandad jamás se exponían ante simples repartidores o cortadores de drogas, jamás alguna de las mujeres secuestradas habían visto sus rostros. Ellos solo se dedicaban a pactar con gobiernos en guerra, con prostíbulos, con millonarios excéntricos que anhelaban una fantasía, con los que se consideraban “capos” de las mafias locales de distintos países. Y estaban a cubierto de cualquier investigación porque la hermandad, para el mundo, no existía.

     Natasha conoció todo esto cuando Germán la rescató y asumió el rol que había heredado de su padre. Inocentemente, él la introdujo a ese mundo sórdido, sin darse cuenta de que cada palabra, cada hecho, despertaba más la sed de venganza de la mujer que amaba. La había rescatado de la prostitución, pero no del odio y del dolor que esos años de tortura le habían provocado. Y conocer las intimidades de ese submundo, como se movían los verdaderos dueños de todo, la impunidad que gozaban, alimentaban esa sed de revancha que jamás logró apagar el amor de su primo.

     Tenía sentimientos ambiguos por Germán. Le estaba agradecida por el inmenso amor que le demostraba, la había rescatado de un mundo de torturas y humillaciones, pero al mismo tiempo él formaba parte de esa organización que secuestraba mujeres para convertirlas en esclavas sexuales.  Quería amarlo, pero no podía derribar el muro que su pasado había puesto entre ellos.

     Lamentó su muerte, pero a la vez la sintió como una liberación para poder acometer la tarea que se había propuesto: introducirse a la hermandad y destruirla. Con Germán vivo, más tarde o más temprano debería llegar a él y tomar una decisión. La vida lo había hecho por ella.

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