La
hermandad era una sociedad secreta que tenía lazos en todo el mundo. Ningún
gobierno jamás imaginaría que detrás de todo el tráfico de armas, la venta de
estupefacientes, el contrabando de órganos y la trata de personas había
realmente pocos responsables. Que todas las “organizaciones” que cada tanto
atrapaban no eran en realidad ni el diez por ciento de quienes se dedicaban al
negocio.
Esos que las fuerzas de inteligencia y
seguridad consideraban “peces gordos” no eran nada más ni nada menos que los
daños colaterales que se veían obligados a sufrir. Y, en algunos casos, hasta
eran anzuelos para entretener a las fuerzas, mientras en otra parte de
realizaba un transporte que multiplicaba por varios miles de millones lo que
perdían en los procedimientos.
Los
miembros principales de la hermandad jamás se exponían ante simples repartidores
o cortadores de drogas, jamás alguna de las mujeres secuestradas habían visto
sus rostros. Ellos solo se dedicaban a pactar con gobiernos en guerra, con
prostíbulos, con millonarios excéntricos que anhelaban una fantasía, con los
que se consideraban “capos” de las mafias locales de distintos países. Y
estaban a cubierto de cualquier investigación porque la hermandad, para el
mundo, no existía.
Natasha
conoció todo esto cuando Germán la rescató y asumió el rol que había heredado
de su padre. Inocentemente, él la introdujo a ese mundo sórdido, sin darse
cuenta de que cada palabra, cada hecho, despertaba más la sed de venganza de la
mujer que amaba. La había rescatado de la prostitución, pero no del odio y del
dolor que esos años de tortura le habían provocado. Y conocer las intimidades
de ese submundo, como se movían los verdaderos dueños de todo, la impunidad que
gozaban, alimentaban esa sed de revancha que jamás logró apagar el amor de su
primo.
Tenía
sentimientos ambiguos por Germán. Le estaba agradecida por el inmenso amor que
le demostraba, la había rescatado de un mundo de torturas y humillaciones, pero
al mismo tiempo él formaba parte de esa organización que secuestraba mujeres
para convertirlas en esclavas sexuales. Quería amarlo, pero no podía derribar el muro
que su pasado había puesto entre ellos.
Lamentó
su muerte, pero a la vez la sintió como una liberación para poder acometer la
tarea que se había propuesto: introducirse a la hermandad y destruirla. Con
Germán vivo, más tarde o más temprano debería llegar a él y tomar una decisión.
La vida lo había hecho por ella.
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