Aquél día
no se borraría de su memoria. Si bien estaba algo mareada por la cantidad de
sedantes que le daban para controlar su voluntad, Florencia recordaba detalles.
Recordaba que la habían bajado de una camioneta, que la arrastraron hasta un
lugar con mucha vegetación y que la entraron a un pequeño salón por una puerta
casi escondida entre enredaderas y musgos. Dos hombres la sostenían por los
brazos mientras la llevaban hacia algún lugar que ella desconocía.
Intentaba
comprender qué había pasado. Cómo su tío se había convertido en un ser tan
siniestro para venderla al mercado de la prostitución. Y se preguntaba qué
habría ocurrido con Juliana para que ella le hiciera esas advertencias antes de
viajar.
La
hicieron bajar por una escalera de piedras, oscura y fría, bastante pequeña.
Uno de sus guardianes se había puesto delante de ella y el otro detrás,
mientras descendían, sin dejar de sostenerla en ningún momento para que no
huyera. Tampoco lo haría. Se sentía sin fuerzas, estaba bajo los efectos de
algún narcótico, descalza y solo llevaba puesta la sábana con que se había
envuelto cuando Roberto ingresó a la habitación en donde la había encerrado.
Un sonido
iba creciendo. Era como un cántico, continuo, monótono, casi religioso. Un gran
salón se iba abriendo ante ellos. Parecía una caverna, ya que las paredes y el
piso eran de piedras. Como si hubieran cavado debajo de la enorme construcción
que no llegó a identificar. Sólo veía una mesa, sillas, un espacio vacío en el
centro, la iluminación era con antorchas y grandes velones. Una alfombra roja
conducía a una especie de trono, que estaba en un lateral del salón y sobre un
piso algo más elevado.
Los
hombres la dejaron en el centro del salón. Por una abertura que ella no había
distinguido, ingresaron varios hombres, todos vestidos con túnicas negras, con sus rostros tapados por capuchas. Tras
ellos, el último hombre estaba vestido con una túnica blanca, también con una
enorme capucha que ocultaba su rostro. Eran en total 13. El de blanco se sentó
en el trono y los demás en las sillas dispuestas alrededor del salón, seis de
cada lado.
Tras esa
aparición, entraron dos más, vestidos de oscuro, con algo en las manos, luego
distinguió que eran incensarios. Recorrieron el salón y perfumaron todo con el
humo que salía de los artefactos. Uno de
los hombres de negro se levantó, juntó las manos por delante de su cuerpo sin
levantarlas, como si estuvieran orando. Un murmullo incomprensible salía de su
boca. Tras él, uno a uno todos los hombres con túnica negra hicieron lo mismo.
El de blanco se levantó, también hizo esa especie de oración y al finalizar
bajó de su estrado y se dirigió a ella.
Los dos
hombres que la habían llevado hasta ahí se acercaron, poniéndose uno a cada
lado, tomándola nuevamente de los brazos. El hombre de blanco tomó su rostro,
girándolo levemente desde la barbilla. Con un gesto ordenó que llevaran a la
joven hasta un pequeño altar que estaba al fondo de aquél salón y que Florencia
no había visto hasta ese momento.
La
arrastraron hasta allí y la subieron, dejándola recostada. Ella comenzó a
forcejear. Tuvo miedo. Uno de los custodios le dio un cachetazo. Un “no” se
escuchó desde una distancia no muy lejana. El hombre de blanco se había quitado
la túnica, dejándose la capucha puesta. Florencia pudo ver que llevaba unos
extraños zapatos rojos. Los mismos hombres que antes habían pasado con el
incienso, se los quitaron, poniendo todo sobre un sillón. Florencia seguía
recostada sobre el altar, intentando zafarse de esos hombres que no dejaban de
apretarle los brazos con fuerza. Los ayudantes se aproximaron, tomaron sus
brazos y le pusieron unos grilletes en las muñecas. Los guardaespaldas se
alejaron y los otros dos le quitaron la sábana que hasta ese momento cubría su
desnudez. El de la capucha blanca se
aproximó y habló en un castellano con acento extraño.
-Oh, pecadora, a partir de hoy serás purificada por
el Señor que te ha elegido para que cumplas su voluntad. Tu vida será entregada
en servicio para que los hombres sean redimidos a través de tu cuerpo. Tu
sacrifico será recompensado limpiando tus pecados pasados. Así sea.
Tras esas
palabras, los dos que oficiaban de ayudantes se acercaron a ese altar y
sujetaron con grilletes las piernas de la joven, que se sacudía ferozmente
intentando inútilmente escapar o evitar lo que imaginaba que sucedería. Lloraba
desesperadamente pidiendo que no la tocaran, que no le hicieran daño.
Sin
quitarse la capucha, el de blanco acarició sus piernas hasta llegar a sus
muslos. La sujetó por la cintura y la penetró mientras murmuraba palabras en un
lenguaje que Florencia no podía comprender. Tras él, uno a uno, los doce
hombres que habían ingresado con túnicas negras, la abusaron reiterando cada
uno el mismo ritual, con las mismas palabras. Se retorcía de dolor ante cada
nuevo embate, suplicando que la dejaran en paz, que no le hicieran daño,
pidiendo que terminaran con esa tortura. Nunca pudo ver los rostros de esos 13
hombres. Pero jamás olvidó sus voces.
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