miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 14


     Aquél día no se borraría de su memoria. Si bien estaba algo mareada por la cantidad de sedantes que le daban para controlar su voluntad, Florencia recordaba detalles. Recordaba que la habían bajado de una camioneta, que la arrastraron hasta un lugar con mucha vegetación y que la entraron a un pequeño salón por una puerta casi escondida entre enredaderas y musgos. Dos hombres la sostenían por los brazos mientras la llevaban hacia algún lugar que ella desconocía.

      Intentaba comprender qué había pasado. Cómo su tío se había convertido en un ser tan siniestro para venderla al mercado de la prostitución. Y se preguntaba qué habría ocurrido con Juliana para que ella le hiciera esas advertencias antes de viajar.

    La hicieron bajar por una escalera de piedras, oscura y fría, bastante pequeña. Uno de sus guardianes se había puesto delante de ella y el otro detrás, mientras descendían, sin dejar de sostenerla en ningún momento para que no huyera. Tampoco lo haría. Se sentía sin fuerzas, estaba bajo los efectos de algún narcótico, descalza y solo llevaba puesta la sábana con que se había envuelto cuando Roberto ingresó a la habitación en donde la había encerrado.

     Un sonido iba creciendo. Era como un cántico, continuo, monótono, casi religioso. Un gran salón se iba abriendo ante ellos. Parecía una caverna, ya que las paredes y el piso eran de piedras. Como si hubieran cavado debajo de la enorme construcción que no llegó a identificar. Sólo veía una mesa, sillas, un espacio vacío en el centro, la iluminación era con antorchas y grandes velones. Una alfombra roja conducía a una especie de trono, que estaba en un lateral del salón y sobre un piso algo más elevado.

     Los hombres la dejaron en el centro del salón. Por una abertura que ella no había distinguido, ingresaron varios hombres, todos vestidos con túnicas negras,  con sus rostros tapados por capuchas. Tras ellos, el último hombre estaba vestido con una túnica blanca, también con una enorme capucha que ocultaba su rostro. Eran en total 13. El de blanco se sentó en el trono y los demás en las sillas dispuestas alrededor del salón, seis de cada lado.

     Tras esa aparición, entraron dos más, vestidos de oscuro, con algo en las manos, luego distinguió que eran incensarios. Recorrieron el salón y perfumaron todo con el humo que salía de los artefactos. Uno  de los hombres de negro se levantó, juntó las manos por delante de su cuerpo sin levantarlas, como si estuvieran orando. Un murmullo incomprensible salía de su boca. Tras él, uno a uno todos los hombres con túnica negra hicieron lo mismo. El de blanco se levantó, también hizo esa especie de oración y al finalizar bajó de su estrado y se dirigió a ella.

     Los dos hombres que la habían llevado hasta ahí se acercaron, poniéndose uno a cada lado, tomándola nuevamente de los brazos. El hombre de blanco tomó su rostro, girándolo levemente desde la barbilla. Con un gesto ordenó que llevaran a la joven hasta un pequeño altar que estaba al fondo de aquél salón y que Florencia no había visto hasta ese momento.

     La arrastraron hasta allí y la subieron, dejándola recostada. Ella comenzó a forcejear. Tuvo miedo. Uno de los custodios le dio un cachetazo. Un “no” se escuchó desde una distancia no muy lejana. El hombre de blanco se había quitado la túnica, dejándose la capucha puesta. Florencia pudo ver que llevaba unos extraños zapatos rojos. Los mismos hombres que antes habían pasado con el incienso, se los quitaron, poniendo todo sobre un sillón. Florencia seguía recostada sobre el altar, intentando zafarse de esos hombres que no dejaban de apretarle los brazos con fuerza. Los ayudantes se aproximaron, tomaron sus brazos y le pusieron unos grilletes en las muñecas. Los guardaespaldas se alejaron y los otros dos le quitaron la sábana que hasta ese momento cubría su desnudez.  El de la capucha blanca se aproximó y habló en un castellano con acento extraño.

-Oh, pecadora, a partir de hoy serás purificada por el Señor que te ha elegido para que cumplas su voluntad. Tu vida será entregada en servicio para que los hombres sean redimidos a través de tu cuerpo. Tu sacrifico será recompensado limpiando tus pecados pasados. Así sea.

     Tras esas palabras, los dos que oficiaban de ayudantes se acercaron a ese altar y sujetaron con grilletes las piernas de la joven, que se sacudía ferozmente intentando inútilmente escapar o evitar lo que imaginaba que sucedería. Lloraba desesperadamente pidiendo que no la tocaran, que no le hicieran daño.

     Sin quitarse la capucha, el de blanco acarició sus piernas hasta llegar a sus muslos. La sujetó por la cintura y la penetró mientras murmuraba palabras en un lenguaje que Florencia no podía comprender. Tras él, uno a uno, los doce hombres que habían ingresado con túnicas negras, la abusaron reiterando cada uno el mismo ritual, con las mismas palabras. Se retorcía de dolor ante cada nuevo embate, suplicando que la dejaran en paz, que no le hicieran daño, pidiendo que terminaran con esa tortura. Nunca pudo ver los rostros de esos 13 hombres. Pero jamás olvidó sus voces.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Capítulo 48

   Los medios del mundo entero no daban abasto con la   noticia. Todas las redacciones querían ser las primeras en tener la mayor canti...