Osvaldo
sabía que estaba caminando haciendo equilibrio sobre una cuerda. Pero no podía
evitarlo. El remolino de sensaciones y sentimientos que le atravesaba por
dentro era más fuerte y no tenía forma de no dejarse arrastrar hacía esa mujer
que se le fue metiendo en el alma poco a poco. La miraba, después de hacer el
amor, sentada, se abrazaba las piernas con los brazos, hablándole como nunca
nadie lo había hecho. Diciéndole que tenía dos opciones y que él era quien elegía
el camino.
-¿Qué hacés con un tipo como yo?
Le salió
hacerle la pregunta sin pensarlo y temiendo la respuesta que ella le pudiera
dar. Lo miró con esa sonrisa medio burlona, medio llena de ternura.
-Amarte.
-Podrías estar con otros.
-Y vos podrías estar con otras. Son las elecciones
que hacemos. Estoy corriendo un riesgo y lo sé, soy consciente de que ignoro en
qué va a terminar esto que tenemos. Sigo una intuición, si querés llamarlo así.
Sé que tengo que estar a tu lado, acompañarte.
Osvaldo no podía dejar de mirarla. Le dio
una larga pitada al cigarrillo que había encendido.
-Si me separo, yo no sé si voy a querer volver a
juntarme.
Ella
arqueó las cejas. Osvaldo no quería que ella tuviera expectativas, sabía que no
podía exponerla a los peligros que afrontaba en los negocios con el tío
Roberto. Pero al mismo tiempo, la quería en su vida y no podía soltarla. No
soportaba la idea de perder esos momentos en donde el mundo era un lugar muy
lejano, mientras ellos hablaban desnudos.
-Cuando volvimos a vernos te dije algo que me parece
que vos no escuchaste. Yo no sé cuánto
va a durar esto, ni si se termina hoy, o si vamos a morirnos juntos de viejos. Jamás
te pediría que te separes, porque esa es una decisión que tenés que tomar vos.
Porque si hay algo que yo no quiero y que no te voy a permitir, es que, si te
separás y lo nuestro no funciona, me
eches la culpa de tus decisiones. Yo estoy y voy a estar mientras sienta que
tenga que hacerlo. Sí creo que si estás tan mal como siempre me decís, si te
sentís tan solo en medio de tanta gente, no está bueno que sigas ahí. Porque a
esta vida vinimos a ser felices, a estar en armonía con nosotros mismos. Pero
eso es algo que vas a tener que preguntarte a vos mismo, mirándote al espejo y
buceando dentro tuyo.
A Osvaldo
le daban miedo esas palabras. No se atrevía a mirarse a sí mismo, porque sabía
qué era lo que iba a encontrar. Extendió una mano y corrió un mechón de cabello
que le había caído sobre un ojo. Nunca le había dicho que la amaba. No se
atrevía. La besó en los labios y la acercó a su cuerpo, acostándola a su lado.
Sólo quería dormir con ella y no salir nunca más de esa habitación en donde
sentía que nada malo podía ocurrir, en donde no tenía que tomar decisiones, en
donde el tiempo se detenía y una enorme paz lo invadía.
Los
jueves eran esos días en los que la ansiedad lo dominaba. Por las noches iba a
la casa de Roberto, junto a otros amigos de los tiempos en que trabajaban en la
construcción, y se reunían para comer, charlar sobre fútbol o política y jugar
a las cartas. Una noche, al salir, la llamó. Pensó que no le iba a responder o
que no querría verlo a esa hora. En realidad, hacía varios jueves que tenía
ganas de llamarla y cada vez que buscaba su número en la agenda de contactos de
su teléfono, no se atrevía a pulsar el botón de llamada. Nunca había tenido
miedo con una mujer. Nunca le había temblado el pulso, ni se le habían
acelerado las palpitaciones. En otras oportunidades, no habría llamado a la
amante de turno, sino que hubiera buscado una prostituta de la calle para
sacarse las ganas. Pero esta vez era diferente. No quería sólo sacarse las
ganas. Quería estar con ella.
Respiró
profundo y marcó. Tras un par de tonos,
su voz respondió del otro lado de la línea. Era la voz grave que tenía al
despertar.
-Recién salgo.
Ella
estaba algo confusa. Miró la hora, eran las doce de la noche.
-¿De dónde?
-Estoy yendo para allá. Paso a buscarte.
-Esperá, explicame, no entiendo nada, ¿qué pasó?
-Salí más temprano de la comida con mi tío.
Mentía.
Pero era la excusa que había encontrado.
-Tengo un tiempo antes de llegar a mi casa y quiero
estar con vos.
-Me visto y te espero.
Desde
esa noche, los jueves eran su puerta al paraíso. En su casa dijo que entre
comida, charla y juego se olvidaban del tiempo. En lo de su tío, que tenía que
irse más temprano para poder ir al mercado a abastecerse. Ella nunca le pedía
explicaciones. Nadie sabía qué los unía en realidad. Y nadie debía saberlo.
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