La cita
en la pequeña iglesia de San Basilio volvía a repetirse. Sin embargo, Roberto
esta vez iba más confiado. Sus pasos se dirigían firmes, no sentía el calor de
la calle y sólo esperaba la buena noticia por la que había trabajado durante
muchos años. Repitió las indicaciones de buscar la pila con agua bendita, se persignó y se acomodó en el
séptimo banco contando desde el altar, del lado de la pared, hacia la izquierda
de la nave central, tal como hiciera la
primera vez que se encontró con aquél misterioso hombre.
A poco de
estar sentado, la voz volvió a hablarle a sus espaldas. Ya sabía que no tenía
que levantarse ni girar la cabeza.
-Felicitaciones, Roberto, usted ha sabido sembrar y
esperar a que el producto esté listo para cosechar.-
-Gracias, si quiero formar parte de la hermandad y
beneficiarme, tengo que tener paciencia y hacer las cosas bien, no? Eso fue lo
que comprendí la primera vez que nos vimos aquí.
-Veo que ha sabido interpretar las palabras. Por
cierto, los Maestros han quedado muy conformes con la ofrenda.
Roberto
respiró profundo. Pensaba que tal vez no era lo que ellos estaban esperando,
porque, en definitiva, la chica no era virgen.
-Imagino lo que está pensando, pero el asunto de la
virginidad en las ofrendas ya está siendo dejada de lado, con las costumbres
promiscuas de hoy es cada vez más difícil encontrarla. La belleza y juventud
cumplió con creces los requerimientos de todos los miembros superiores. La
joven ha sido purificada bajo los ritos de la hermandad, para limpiar los
pecados de los hombres.
Roberto
esbozó una sonrisa. Nunca había pensado en que una de sus sobrinas le serviría
para escalar posiciones dentro de la hermandad. Tras tantos años de esfuerzos y
trabajo riesgoso, solo tenía que entregar a una mujer de su sangre como ofrenda
para los Maestros, que luego sería llevada a los prostíbulos que la misma
hermandad manejaba, para subir posiciones y lograr más consideración y respeto,
además de mejores dividendos en los negocios.
-Usted deberá seguir las nuevas instrucciones, que
le irán llegando de a poco, debido a su cambio de rango dentro de la hermandad.
Quizás, algún día, logre el cargo que tanto anhela.
Roberto
no supo cómo ese hombre se enteró. Intentó levantarse pero lo detuvo.
-Quédese sentado, como le dije la primera vez, no
estamos solos aquí, y cualquier cosa que haga quebrantando las órdenes, será
pagada con su vida. Y no le extrañe que sepa que aspira a llegar al cargo más
alto dentro de la hermandad, eso es una meta de todos y cada uno de los
miembros. Usted, Roberto, sigue siendo uno más, aún no demostró cuán especial
es para merecer ese puesto.
-¿A dónde llevarán a mi sobrina?
-El destino de la ofrenda es secreto, Roberto, ella
ya no existe para el mundo. Usted sabrá que hacer y decirle a su familia sobre
lo que ocurrió con ella. Esa es la parte de su sacrificio, ¿porque no
pretenderá que nosotros hagamos eso en su lugar?
-No, por supuesto que no.
-Cuando yo me retire, deberá buscar en la base de
nuestro santo su nuevo símbolo dentro de la jerarquía de la hermandad. Deje el
que se le entregó en el mismo lugar. Y,
nuevamente, felicitaciones por su esfuerzo y paciencia.
El
silencio dominó la capilla. Roberto estaba teniendo algo más de lo que
ambicionaba. Aunque aún no era todo lo que quería, sabía que debía esperar.
Caminó hasta la imagen del santo, encontró el nuevo anillo, más brillante, de
un material mucho más fino, con pequeñas incrustaciones de piedras preciosas y
dejó el que había llevado hasta ese momento. Esperaba volver muy pronto allí
mismo.
De
repente recordó las palabras que Corina le había dicho muchos años atrás.
“Osvaldo podría ser tu hijo”. Se eso fuera así, Juliana, a quien había abusado
desde pequeña, y Florencia, a quien había entregado como ofrenda a la hermandad
para subir peldaños, podrían ser sus nietas. Se deshizo de ese recuerdo
inmediatamente. No podía tener sentimentalismos en este punto de su vida y
habiendo comenzado a ascender dentro de la organización. No pensaba detenerse hasta lograr formar parte
del grupo de Maestros.
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