miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 17


    Pocas mujeres habían tenido acceso al título de Maestro en la Hermandad a lo largo de la historia. La gran mayoría que lo había logrado, tomaban la decisión de ceder a algún hombre de la familia el cargo, porque nunca habían sido iniciadas y las espantaba la idea de formar parte de una organización secreta. Por otro lado, a los miembros no les hacía ninguna gracia tener que admitir a una mujer y tratarla como igual.

     Como aquélla primera vez que llegó a Italia, Natasha ingresaba en un coche negro a una enorme propiedad, resguardada por los mismos portones de hierro negro, gigantescos e imponentes. Al igual que aquél día, el chofer bajó la ventanilla y habló casi susurrando por el intercomunicador. Pero esta vez lo que dijo le resultó comprensible. Los portones se abrieron y el coche transitó el mismo largo sendero bordeado de enormes árboles. Poco después, llegaron al antiguo caserón antiguo, que tan amargos recuerdos le traía.


     Tuvo que contener la respiración que la agitaba. Todo había comenzado allí mismo, en esa casa que, en su inocencia, pensó que era de su tío. Pero ahora no era tan inocente. Y no tenía la misma identidad. Ahora estaba protegida por el anillo de la organización que la prostituyó durante años.


    Bajó del auto y se colocó el velo negro sobre la cabeza. Le habían indicado que para ver al líder máximo de la Hermandad, debería seguir cierto protocolo. Vestir de negro, ir poco maquillada, y cubrirse la cabeza con la mantilla antes de ingresar a la casa. Una mujer la recibió. La misma que le trajo aquél té, más envejecida.


     “¿A cuántas mujeres como yo recibiste?, se preguntó Florencia, mientras la saludaba con una leve inclinación de cabeza. ¿A cuántas les serviste tu nefasto té, desgraciada? ¿A cuántas inocentes entregaste? ¿A cambio de qué?” Tenía que detener el torbellino de preguntas. Ahí no se encontraba Florencia, sino Natasha, la viuda de Germán, heredera al cargo de Maestro de la Hermandad. Debía acallar sus demonios, si quería lograr sus metas.

     La mujer le ofreció un té, que ella rechazó. Se sentó en uno de los cómodos sillones de la sala. Debía esperar y aprovechar ese tiempo para dominar sus nervios y sus miedos. Debía mantenerse entera.

     Pocos minutos después escuchó que en el piso de arriba se abría una puerta y se sentían pasos de varias personas y voces, todas de hombres. Algunas la hicieron temblar, sus vibraciones despertaban algo muy animal dentro suyo, un miedo que le decía que debía salir corriendo, que le traía a su mente los peores recuerdos de aquella sesión iniciática en ese salón que era semejante a una caverna.

      Poco después vio lo que tanto temía. Un grupo de hombres vestidos con sotanas negras, rodeando a un hombre de sotana blanca, bajaban despacio mientras conversaban de diversas cosas. Todos en ese idioma extraño, que había descubierto que era latín. Los contó mientras descendían, eran trece hombres, doce vestidos de negro, uno de blanco, los trece hombres de aquella vez. Los trece miserables que la ultrajaron a su antojo aquélla vez, cuando su tío la vendió como esclava sexual  Al hombre de blanco ya lo había visto cientos de veces, en la televisión y en los diarios. Con una sonrisa se le acercó, con ambos brazos extendidos y, en un perfecto italiano le dijo:

-Bienvenida, hija mía, a esta santa comunidad.

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