Pocas
mujeres habían tenido acceso al título de Maestro en la Hermandad a lo largo de
la historia. La gran mayoría que lo había logrado, tomaban la decisión de ceder
a algún hombre de la familia el cargo, porque nunca habían sido iniciadas y las
espantaba la idea de formar parte de una organización secreta. Por otro lado, a
los miembros no les hacía ninguna gracia tener que admitir a una mujer y
tratarla como igual.
Como aquélla primera vez que llegó a Italia,
Natasha ingresaba en un coche negro a una enorme propiedad, resguardada por los
mismos portones de hierro negro, gigantescos e imponentes. Al igual que aquél
día, el chofer bajó la ventanilla y habló casi susurrando por el
intercomunicador. Pero esta vez lo que dijo le resultó comprensible. Los
portones se abrieron y el coche transitó el mismo largo sendero bordeado de
enormes árboles. Poco después, llegaron al antiguo caserón antiguo, que tan
amargos recuerdos le traía.
Tuvo que
contener la respiración que la agitaba. Todo había comenzado allí mismo, en esa
casa que, en su inocencia, pensó que era de su tío. Pero ahora no era tan
inocente. Y no tenía la misma identidad. Ahora estaba protegida por el anillo
de la organización que la prostituyó durante años.
Bajó del
auto y se colocó el velo negro sobre la cabeza. Le habían indicado que para ver
al líder máximo de la Hermandad, debería seguir cierto protocolo. Vestir de
negro, ir poco maquillada, y cubrirse la cabeza con la mantilla antes de
ingresar a la casa. Una mujer la recibió. La misma que le trajo aquél té, más
envejecida.
“¿A cuántas mujeres como yo recibiste?, se
preguntó Florencia, mientras la saludaba con una leve inclinación de cabeza. ¿A
cuántas les serviste tu nefasto té, desgraciada? ¿A cuántas inocentes
entregaste? ¿A cambio de qué?” Tenía que detener el torbellino de preguntas.
Ahí no se encontraba Florencia, sino Natasha, la viuda de Germán, heredera al
cargo de Maestro de la Hermandad. Debía acallar sus demonios, si quería lograr
sus metas.
La mujer
le ofreció un té, que ella rechazó. Se sentó en uno de los cómodos sillones de
la sala. Debía esperar y aprovechar ese tiempo para dominar sus nervios y sus
miedos. Debía mantenerse entera.
Pocos
minutos después escuchó que en el piso de arriba se abría una puerta y se
sentían pasos de varias personas y voces, todas de hombres. Algunas la hicieron
temblar, sus vibraciones despertaban algo muy animal dentro suyo, un miedo que
le decía que debía salir corriendo, que le traía a su mente los peores
recuerdos de aquella sesión iniciática en ese salón que era semejante a una
caverna.
Poco
después vio lo que tanto temía. Un grupo de hombres vestidos con sotanas
negras, rodeando a un hombre de sotana blanca, bajaban despacio mientras
conversaban de diversas cosas. Todos en ese idioma extraño, que había
descubierto que era latín. Los contó mientras descendían, eran trece hombres,
doce vestidos de negro, uno de blanco, los trece hombres de aquella vez. Los
trece miserables que la ultrajaron a su antojo aquélla vez, cuando su tío la
vendió como esclava sexual Al hombre de
blanco ya lo había visto cientos de veces, en la televisión y en los diarios.
Con una sonrisa se le acercó, con ambos brazos extendidos y, en un perfecto
italiano le dijo:
-Bienvenida, hija mía, a esta santa comunidad.
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