Los
pensamientos de Natasha daban vueltas por su cabeza en forma veloz. Sonreía
amablemente a esos hombres que se habían sentado en una especie de semicírculo
alrededor del Principal, seis a cada lado, mientras que ella había quedado
enfrentada a ese hombre vestido de blanco.
Intentaban
convencerla de que cediera su lugar dentro de la Hermandad a algún hombre de la
familia, a alguien de confianza del sexo masculino. Ellos decían que las tareas
de un miembro de la Hermandad eran pesadas y difíciles de soportar para una
mujer, creación frágil y divina, destinada para otros menesteres.
Natasha
les respondió que no tenía familiares varones, y que ella era la única persona
de confianza a la que conocía. Que no dudaran que ella estaba acostumbrada a pasar por
situaciones de extrema dificultad y que tuvo que resolver cuestiones de vida o
muerte en su pasado. Que su vida cómoda comenzó al casarse con Germán. Y que
éste la había puesto al tanto de todos los temas relacionados a la Hermandad
durante el tiempo de su matrimonio.
Los
sacerdotes se miraron entre sí. Natasha les parecía una mujer difícil de
convencer, muy dura y con una determinación a prueba de cualquier manipulación.
Dudaban si eso era una ventaja o un problema para ellos. Ella comenzó a
hablarles de las distintas operaciones en las que Germán había intervenido.
Incluso les marcó los errores en los que se había incurrido en otras
operaciones que fueron descubiertas por las fuerzas de seguridad y en las que
se había perdido una importante cantidad de dinero.
El
Principal le pidió unos minutos a solas con sus hombres. Natasha contestó con
una sonrisa leve. Todos los hombres se levantaron y fueron hacia un saloncito
cercano, en donde murmuraban cosas entre ellos. Cada tanto, alguno volteaba la
cabeza y la miraba. Ella intentó que jamás se vislumbrara el odio que sentía y
que se había acumulado durante años. Luego de varios minutos de intercambio de
palabras, los hombres volvieron. Sin sentarse, el de sotana blanca habló:
-Serás aceptada como miembro Maestro de la
Hermandad. Estarás a prueba para demostrarnos tu capacidad. Recibirás tus
órdenes y deberás cumplirlas. Serás vigilada y al más mínimo error, tu cargo
será eliminado y otorgado a otra persona. Tu vida depende de tu proceder.
Natasha
asintió. Se levantó y extendió la mano con asco, cerrando el pacto. No tenía
idea de cómo lucharía contra la institución más poderosa y antigua del mundo,
extendida por todo el planeta bajo la fachada de una religión con 2.000 años de
antigüedad y de la que jamás nadie sospecharía que estaba detrás de todos los
narcotraficantes más poderosos y conocidos del mundo. Todos ellos, formaban parte de la
Hermandad. Pero ninguno sabía que eran
solo simples peones descartables dentro de un enorme juego de ajedrez y que
jamás llegarían a ser el Rey en ese tablero.
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