miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 19


     Apenas llegó a su casa, Natasha se quitó los zapatos y se dirigió al pequeño bar que tenía en un saloncito. Se sirvió whisky y bebió un trago rápido. Necesitaba pensar. Necesitaba acomodarse a esta nueva situación. Sus planes habían cambiado radicalmente. La misma cúpula de la Iglesia Católica estaba detrás de la Hermandad y dirigía a los cabecillas narcos más importantes del mundo. Las agencias internacionales los perseguían, los atrapaban, los metían en cárceles y simplemente eran la carnada para despistar sobre la identidad de los verdaderos Jefes.

     ¿Roberto lo sabría? Soltó una carcajada ruidosa y larga. ¡Qué podría saber el tío Roberto, un pequeño mequetrefe con aspiraciones a gran jefe narco, que había vendido a su propia sobrina para poder escalar dentro de la organización? Sería simplemente una pantalla, que ellos usarían cuando les hiciera falta para sacar a las fuerzas de seguridad de su camino. Ellos, los que manejaban el mundo como si fueran titiriteros. Ellos, que hablaban de amor, de paz, del prójimo, los más grandes criminales del planeta.

     ¡Qué buena fachada habían logrado! ¿Quién podría denunciarlos? ¿Quién se metería con la organización más poderosa del mundo que desde hacía más de 2000 años dominaban la espiritualidad de millones de personas? Tenían llegada a los lugares más recónditos del planeta. Eran un Estado reconocido ante el mundo y probar la existencia de la Hermandad y sus vinculaciones con el crimen organizado sería muy difícil. Acercarse a ellos para concretar su venganza sería una misión imposible.

     Los grandes jefes narcos, como el Chapo y Escobar, eran solo dos pruebas de que si el poder se les subía a la cabeza y pretendían cortarse solos en el negocio, la Hermandad les soltaba la mano y deberían asumir el riesgo ellos solos ante las autoridades. Mencionar a la organización, tan solo sugerir su existencia ante las autoridades, era garantía segura de muerte, además de que todos se les hubieran reído sin creerles al escuchar que las máximas autoridades de una de las mayores religiones del mundo eran los verdaderos cabecillas del submundo del crimen organizado.

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