Le
recordaba al perfume de Corina. Hacía
muchos años que había dejado de soñar con el perfume de la mujer de su hermano
Feliciano. En sueños, se mezclaron las imágenes de Corina con las de Juliana,
la misma risa, el mismo miedo. El mismo silencio. Roberto de repente despertó
sobresaltado.
Se levantó
de la cama y fue hasta la cocina. Tomó de la heladera una botella con agua, se
sirvió en un vaso y bebió hasta la última gota. Necesitaba apagar un poco el
calor que esos recuerdos le provocaban. Abuela y nieta lo atraían en igual forma.
Corina se
había convertido en una mujer neurótica. No soportaba la convivencia con
Feliciano, peleaban permanentemente y, sin embargo, continuaban juntos.
Feliciano jamás había sido un tipo de carácter fácil. Le gustaba la buena vida,
el buen comer, jugar a las cartas con
sus amigos hasta altas horas de la noche. Nunca se responsabilizó de ser un
hombre de familia. Sus hijos crecieron como pudieron, con un padre que cada
tanto se ausentaba y una madre quejosa, intranquila, que buscaba en diferentes
religiones y creencias alguna ayuda para que su esposo cambiara sus hábitos.
Había ido
a brujas, curanderos, consultado con umbandistas, repetido rituales que le
había visto hacer a su abuela cuando era niña y alguna joven del pueblo le
pedía que hiciera algo para que su novio le fuera fiel. Nada resultaba para que
Feliciano sentara cabeza y fuera un hombre más serio. Nada servía para
convertirlo en el hombre que ella había soñado. Lo quería en su hogar, necesitaba que la protegiera, que
fuera el hombre que la cuidara de todo mal. Pero él se reía de ella, que eran
boberías suyas, que fuera a dormir y cuidase a los niños. Y se iba en medio de
la noche, dejando a su mujer temerosa y sola.
Nunca
había podido comprender a qué le tenía tanto miedo Corina. Cuando la conoció
era una muchacha alegre y vivaz, el sonido de su risa competía con las más
bellas melodías y su belleza sobresalía entre las demás mujeres. Iba siempre
caminando con su madre, a quien acompañaba a trabajar en las casas de gente rica,
realizando las tareas domésticas. A veces la veía sentada en la vereda, charlando
con otras jóvenes, ella tenía ojos solo para Feliciano.
El
problema era que la madre de Corina sabía que al chico le gustaba la juerga y
pretendía para su hija un candidato más serio. Intuía que Feliciano haría buena
letra un tiempo, pero que no soportaría quedarse quieto al lado de una sola
mujer y que la chica sufriría las consecuencias de un amor inestable. Hubiera preferido que su hija se fijase
en Roberto, el hermano menor de
Feliciano, que era serio y trabajador, sin embargo la simpatía del hermano
mayor había calado hondo en el alma de Corina.
Sabía que
si se oponía a esa relación, solo lograría afianzarla más, o que su hija
cometiera una locura. Debía mantenerse firme y alerta. Permitió la relación
entre los jóvenes, siempre y cuando ella estuviera presente. Corina aún era
menor de edad y pretendía hacerlos esperar hasta que ella cumpliera los 18 años
para comprobar cuánto soportaría Feliciano y si realmente amaba a la muchacha.
Tuvo que
consolarla muchas veces cuando Feliciano desaparecía sin dejar rastro y Corina
se quedaba llorando encerrada en su habitación. Aprovechaba esos momentos para
hacerle comprender que ese amor no era bueno ni le traería felicidad, pero era
en vano, cuánto más intentaba ella alejarlos, más empecinada estaba Corina en
continuar con él.
-Feliciano me ama, pero sabe que vos estás en
contra. No nos dejás solos ni a sol ni a sombra, nos perseguís y siempre le estás demostrando
al pobre cuánto lo detestás.
Era
verdad, cada vez que podía, Sara hacía sentir mal al novio de su hija. No le
caía bien, sabía que la haría sufrir. Estaba sentada al borde de la cama de
Corina, intentando consolarla y demostrarle que Feliciano no era el hombre
indicado.
-M’hija, la gente no cambia, ¿cuántas veces te ha
hecho esto? Te dice que vendrá a buscarte, vos te preparás, te ilusionás toda y
pasan las horas y él que no aparece. ¿Decime cuántas veces te has quedado la
noche entera llorando porque te dejó plantada?” ¿Yo tengo la culpa de eso?
-Sí, vos tenés la culpa, porque no lo querés y no
disimulas ni un poquito, lo tratás mal, nos vigilás y ¿para qué? Si tanto
deseás mi felicidad, deberías dejar que nos casemos.
-Sos muy chica, Corina, si Feliciano realmente te
quiere, te va a esperar.
-No, porque es hombre y se va a ir con la que le
demuestre que lo ama. En cualquier momento lo voy a perder porque yo no puedo
ser su mujer hasta que a vos se te ocurra!
Sara se
levantó de la cama. Supo que en ese estado era imposible mantener un diálogo
coherente con su hija. Estaba obsesionada con esa relación. Debería esperar a
ver cómo amanecía al día siguiente y si era capaz de razonar. Corina se quedó
llorando, abrazada a su almohada, hasta quedarse dormida.
Por la
mañana, mientras Sara preparaba el mate, la muchacha se aproximó a la cocina.
-Hija, buen día, ¿cómo amaneciste?
Tenía los
ojos hinchados, la cara marcada por las huellas de la funda húmeda de la
almohada. Estaba muy seria.
-Si vos no me firmás la autorización para que me
case con Feliciano, voy a un juez, se la pido y me caso igual.
-Estás loca.
Corina se
paró delante de la madre. Tenía el rostro desfigurado, parecía otra persona,
como si su hija, tan obediente y callada hubiera desaparecido y la hubiese
poseído vaya a saber qué o quién.
-O me firmás el permiso o voy a un juez. Y si me
obligás a ir a que un juez me firme la autorización, no me vas a ver nunca más
en tu vida.
Sara se
quedó helada. Había enviudado muy joven, cuando Corina era aún un bebé. Si bien
su marido les había dejado una casa y algo de dinero, Sara tuvo que buscar la
forma de criar a su hija de la mejor forma posible. El dinero no iba a durar
toda la vida. Y a ella no la asustaba hacer nada, mientras fuera honesto.
Contuvo un sollozo. Amaba a Corina más que a su propia vida, y sentía que
estaba dispuesta a dar un paso hacia un abismo y no quería sentirse responsable
de la infelicidad de su hija.
Corina
estaba dispuesta a todo por tal de estar con Feliciano. No había forma de
hacerla comprender que no le convenía. Se debería dar cuenta golpeándose ella
misma contra la pared. Pero cuando eso ocurriera, ya estaría casada con el
joven y vaya a saber si con algunos niños.
Abrazó a
su hija con toda la ternura que le nacía del corazón, pero no podía protegerla
contra sí misma.
-Está bien, casate, hacé lo que quieras, te firmo el
permiso. La única condición es que nunca vendas esta casa. Es tu única
herencia, el único bien que nos dejó tu papá. Algún día vas a tener hijos y una
casa, una propiedad te va a brindar la seguridad de tener un sitio tuyo, de
esos nenes que nazcan de tu matrimonio. Si pasa algo, como me pasó a mí con tu
padre, si conservás esta propiedad, no vas a tener que andar de aquí para allá,
mudándote o pagando alquileres. Vas a tener tu espacio, tu refugio. Es lo único
que te pido.
Corina apenas asintió con la cabeza. Enfrentar
a su madre había sido desgastante. Tenía pánico del futuro, no sabía qué iba a
suceder. Estaba dispuesta a hacer todo lo que pudiera, cualquier locura, para
que Feliciano se quedara a su lado. No le importaba otra cosa.
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