miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 3


    Le recordaba al  perfume de Corina. Hacía muchos años que había dejado de soñar con el perfume de la mujer de su hermano Feliciano. En sueños, se mezclaron las imágenes de Corina con las de Juliana, la misma risa, el mismo miedo. El mismo silencio. Roberto de repente despertó sobresaltado.

    Se levantó de la cama y fue hasta la cocina. Tomó de la heladera una botella con agua, se sirvió en un vaso y bebió hasta la última gota. Necesitaba apagar un poco el calor que esos recuerdos le provocaban. Abuela y nieta lo atraían en igual forma.

    Corina se había convertido en una mujer neurótica. No soportaba la convivencia con Feliciano, peleaban permanentemente y, sin embargo, continuaban juntos. Feliciano jamás había sido un tipo de carácter fácil. Le gustaba la buena vida, el buen comer, jugar  a las cartas con sus amigos hasta altas horas de la noche. Nunca se responsabilizó de ser un hombre de familia. Sus hijos crecieron como pudieron, con un padre que cada tanto se ausentaba y una madre quejosa, intranquila, que buscaba en diferentes religiones y creencias alguna ayuda para que su esposo cambiara sus hábitos.

    Había ido a brujas, curanderos, consultado con umbandistas, repetido rituales que le había visto hacer a su abuela cuando era niña y alguna joven del pueblo le pedía que hiciera algo para que su novio le fuera fiel. Nada resultaba para que Feliciano sentara cabeza y fuera un hombre más serio. Nada servía para convertirlo en el hombre que ella había soñado. Lo quería en su  hogar, necesitaba que la protegiera, que fuera el hombre que la cuidara de todo mal. Pero él se reía de ella, que eran boberías suyas, que fuera a dormir y cuidase a los niños. Y se iba en medio de la noche, dejando a su mujer temerosa y sola.

    Nunca había podido comprender a qué le tenía tanto miedo Corina. Cuando la conoció era una muchacha alegre y vivaz, el sonido de su risa competía con las más bellas melodías y su belleza sobresalía entre las demás mujeres. Iba siempre caminando con su madre, a quien acompañaba a trabajar en las casas de gente rica, realizando las tareas domésticas. A veces la veía sentada en la vereda, charlando con otras jóvenes, ella tenía ojos solo para Feliciano.

    El problema era que la madre de Corina sabía que al chico le gustaba la juerga y pretendía para su hija un candidato más serio. Intuía que Feliciano haría buena letra un tiempo, pero que no soportaría quedarse quieto al lado de una sola mujer y que la chica sufriría las consecuencias de un  amor inestable.  Hubiera preferido que su hija se fijase en  Roberto, el hermano menor de Feliciano, que era serio y trabajador, sin embargo la simpatía del hermano mayor había calado hondo en el alma de Corina.

    Sabía que si se oponía a esa relación, solo lograría afianzarla más, o que su hija cometiera una locura. Debía mantenerse firme y alerta. Permitió la relación entre los jóvenes, siempre y cuando ella estuviera presente. Corina aún era menor de edad y pretendía hacerlos esperar hasta que ella cumpliera los 18 años para comprobar cuánto soportaría Feliciano y si realmente amaba a la muchacha.

    Tuvo que consolarla muchas veces cuando Feliciano desaparecía sin dejar rastro y Corina se quedaba llorando encerrada en su habitación. Aprovechaba esos momentos para hacerle comprender que ese amor no era bueno ni le traería felicidad, pero era en vano, cuánto más intentaba ella alejarlos, más empecinada estaba Corina en continuar con él.

-Feliciano me ama, pero sabe que vos estás en contra. No nos dejás solos ni a sol ni a sombra,  nos perseguís y siempre le estás demostrando al pobre cuánto lo detestás.

    Era verdad, cada vez que podía, Sara hacía sentir mal al novio de su hija. No le caía bien, sabía que la haría sufrir. Estaba sentada al borde de la cama de Corina, intentando consolarla y demostrarle que Feliciano no era el hombre indicado.

-M’hija, la gente no cambia, ¿cuántas veces te ha hecho esto? Te dice que vendrá a buscarte, vos te preparás, te ilusionás toda y pasan las horas y él que no aparece. ¿Decime cuántas veces te has quedado la noche entera llorando porque te dejó plantada?” ¿Yo tengo la culpa de eso?

-Sí, vos tenés la culpa, porque no lo querés y no disimulas ni un poquito, lo tratás mal, nos vigilás y ¿para qué? Si tanto deseás mi felicidad, deberías dejar que nos casemos.

-Sos muy chica, Corina, si Feliciano realmente te quiere, te va a esperar.

-No, porque es hombre y se va a ir con la que le demuestre que lo ama. En cualquier momento lo voy a perder porque yo no puedo ser su mujer hasta que a vos se te ocurra!

    Sara se levantó de la cama. Supo que en ese estado era imposible mantener un diálogo coherente con su hija. Estaba obsesionada con esa relación. Debería esperar a ver cómo amanecía al día siguiente y si era capaz de razonar. Corina se quedó llorando, abrazada a su almohada, hasta quedarse dormida.

    Por la mañana, mientras Sara preparaba el mate, la muchacha se aproximó a la cocina.

-Hija, buen día, ¿cómo amaneciste?

    Tenía los ojos hinchados, la cara marcada por las huellas de la funda húmeda de la almohada. Estaba muy seria.

-Si vos no me firmás la autorización para que me case con Feliciano, voy a un juez, se la pido y me caso igual.

-Estás loca.

    Corina se paró delante de la madre. Tenía el rostro desfigurado, parecía otra persona, como si su hija, tan obediente y callada hubiera desaparecido y la hubiese poseído vaya a saber qué o quién.

-O me firmás el permiso o voy a un juez. Y si me obligás a ir a que un juez me firme la autorización, no me vas a ver nunca más en tu vida.

    Sara se quedó helada. Había enviudado muy joven, cuando Corina era aún un bebé. Si bien su marido les había dejado una casa y algo de dinero, Sara tuvo que buscar la forma de criar a su hija de la mejor forma posible. El dinero no iba a durar toda la vida. Y a ella no la asustaba hacer nada, mientras fuera honesto. Contuvo un sollozo. Amaba a Corina más que a su propia vida, y sentía que estaba dispuesta a dar un paso hacia un abismo y no quería sentirse responsable de la infelicidad de su hija.

    Corina estaba dispuesta a todo por tal de estar con Feliciano. No había forma de hacerla comprender que no le convenía. Se debería dar cuenta golpeándose ella misma contra la pared. Pero cuando eso ocurriera, ya estaría casada con el joven y vaya a saber si con algunos niños.

    Abrazó a su hija con toda la ternura que le nacía del corazón, pero no podía protegerla contra sí misma.

-Está bien, casate, hacé lo que quieras, te firmo el permiso. La única condición es que nunca vendas esta casa. Es tu única herencia, el único bien que nos dejó tu papá. Algún día vas a tener hijos y una casa, una propiedad te va a brindar la seguridad de tener un sitio tuyo, de esos nenes que nazcan de tu matrimonio. Si pasa algo, como me pasó a mí con tu padre, si conservás esta propiedad, no vas a tener que andar de aquí para allá, mudándote o pagando alquileres. Vas a tener tu espacio, tu refugio. Es lo único que te pido.

     Corina apenas asintió con la cabeza. Enfrentar a su madre había sido desgastante. Tenía pánico del futuro, no sabía qué iba a suceder. Estaba dispuesta a hacer todo lo que pudiera, cualquier locura, para que Feliciano se quedara a su lado. No le importaba otra cosa.

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