Natasha
salió de la ducha, tomó su toallón y se envolvió con él. Mientras pasaba una
crema por su cuerpo, se miró en un enorme espejo. Vio una cicatriz en su
espalda, una marca que jamás podría borrar, por más cirugías que hiciera.
Siempre tendría esa huella de su pasado.
Ocurrió en
uno de los prostíbulos a donde la habían llevado. En ese momento, ella no sabía
cómo eran las transacciones entre los mafiosos. Las mujeres eran la moneda con
la que se pagaban algunos favores, deudas o eran tomadas como parte de algún
botín cuando un grupo traicionaba a otro y la familia traicionada decidía
asaltar el burdel de quienes les habían incumplido algún pacto.
Las leyes
de los grupos mafiosos eran inexorables, No había tribunales ni abogados que
evitaran su cumplimiento. Simplemente ante la ruptura de un acuerdo, los
soldados se organizaban y atacaban todo lo que perteneciera al oponente y
robarse las mujeres de los prostíbulos era quitarles una impresionante fuente
de ingresos.
Aquella
noche ella estaba en el cuarto esperando que le llevaran a un cliente. Había
intentado huir y había sido castigada duramente por varios días, encerrándola
en un sucucho sin luz y casi sin aire. Había creído que moriría y esa
perspectiva, en cierto modo, habría sido liberadora. Pero la llevaron
nuevamente al burdel y la hicieron prepararse. Vendría un miembro importante
del gobierno a quien había que satisfacer. Si el cliente quedaba insatisfecho,
la esperaban los peores castigos físicos que podría imaginar. A una chica, cuyo
nombre nunca pudo saber, le habían arrojado ácido en el rostro y en los brazos
desfigurándola de tal forma que casi nadie podría reconocerla. A esa chica la
dejaban para que trabajara en un lugar que tenían en los suburbios, en donde iban
los trabajadores de las minas o de las plantaciones y, muchas veces, juntaban
el dinero entre varios para pagar los servicios…y entre todos violaban a las
muchachas destinadas a esos sitios. Algunas de las mujeres terminaban muertas
en medio de esas orgías, en las que las drogaban, las mutilaban y sufrían
abusos colectivos.
El jefe
de la banda había pactado un acuerdo de no invadir el territorio de otra
familia, que controlaba el lado oeste de la ciudad. Era en donde estaban los
burdeles para los obreros y trabajadores, en donde enviaban a las chicas
castigadas, el sitio al que habían mandado a esa chica a la que habían arrojado
ácido. La novedad hizo que los hombres
se volcasen al nuevo prostíbulo, lo que hizo que la familia averiguase quién lo
administraba. Aquella noche muchas chicas fueron liberadas por la muerte. El
burdel fue incendiado durante el asalto y no sobrevivió nadie. También
asaltaron el prostíbulo de lujo, en donde concurrían nobles, funcionarios y
grandes empresarios. Allí sólo secuestraron a las mujeres, Florencia entre
ellas.
Las
trasladaron hasta otro sitio, en un camión cerrado, casi muertas de frío, ya
que iban con las pocas ropas que tenían puestas e, incluso, algunas estaban
totalmente desnudas. Las llevaron hasta otro lugar, las dejaron en una especie
de depósito, vigiladas por varios hombres y las hicieron esperar durante
algunas horas. Por fin llegó el jefe. Era un hombre pequeño, parecía más
pequeño enfundado en un enorme abrigo gris oscuro de paño. Sus zapatos lustrosos
brillaban en esa semioscuridad.
Habló en
un idioma extraño. Las mujeres se miraron entre sí, sin imaginar qué ocurriría.
Uno de los hombres que acompañaban al jefe inició una fogata en una especie de
horno. El hombre acercó unos objetos y los colocó en ese horno. Cruzaron una
señal con el jefe, quien con un gesto indicó algo a los guardianes. Tomaron a
Florencia de un brazo y la llevaron hasta una especie de mesa en donde la empujaron, recostándola sobre su vientre. Le
sujetaban las manos con fuerzas y de pronto sintió algo que la quemaba en la
espalda, sobre su hombro derecho. Gritó e intentó soltarse de esos rufianes.
Alguien le arrojó agua sobre el sitio en donde le quemaba, pero eso no calmaba
su dolor ni su impotencia. Seguía gritando y forcejeando. El jefe le dio una
bofetada. Florencia dejó de moverse y
lo miró fijamente. Él sonrió y pasó su mano por los labios de la chica, bajando
por la barbilla y metiéndola en medio de sus senos. Su reacción fue escupirle.
Otra bofetada fue la respuesta del hombre, que dio unas instrucciones en ese
idioma extraño.
El mismo
proceso sufrieron todas las demás mujeres que habían sido robadas del
prostíbulo. Desde un rincón, Florencia pudo observar cómo eran marcadas con un
hierro candente, como si fueran ganado. El dibujo era una especie de
“escorpión”. Ahora todas pertenecían a este jefe de clan, que se había vengado
por la traición sufrida. Así era como se cobraban las deudas entre mafiosos.
Pero para ellas, nada cambiaba. Seguirían vendiéndolas como esclavas sexuales
para enriquecerse, sin ninguna posibilidad de huir.
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