miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 21


    Natasha salió de la ducha, tomó su toallón y se envolvió con él. Mientras pasaba una crema por su cuerpo, se miró en un enorme espejo. Vio una cicatriz en su espalda, una marca que jamás podría borrar, por más cirugías que hiciera. Siempre tendría esa huella de su pasado.

    Ocurrió en uno de los prostíbulos a donde la habían llevado. En ese momento, ella no sabía cómo eran las transacciones entre los mafiosos. Las mujeres eran la moneda con la que se pagaban algunos favores, deudas o eran tomadas como parte de algún botín cuando un grupo traicionaba a otro y la familia traicionada decidía asaltar el burdel de quienes les habían incumplido algún pacto.

    Las leyes de los grupos mafiosos eran inexorables, No había tribunales ni abogados que evitaran su cumplimiento. Simplemente ante la ruptura de un acuerdo, los soldados se organizaban y atacaban todo lo que perteneciera al oponente y robarse las mujeres de los prostíbulos era quitarles una impresionante fuente de ingresos.

    Aquella noche ella estaba en el cuarto esperando que le llevaran a un cliente. Había intentado huir y había sido castigada duramente por varios días, encerrándola en un sucucho sin luz y casi sin aire. Había creído que moriría y esa perspectiva, en cierto modo, habría sido liberadora. Pero la llevaron nuevamente al burdel y la hicieron prepararse. Vendría un miembro importante del gobierno a quien había que satisfacer. Si el cliente quedaba insatisfecho, la esperaban los peores castigos físicos que podría imaginar. A una chica, cuyo nombre nunca pudo saber, le habían arrojado ácido en el rostro y en los brazos desfigurándola de tal forma que casi nadie podría reconocerla. A esa chica la dejaban para que trabajara en un lugar que tenían en los suburbios, en donde iban los trabajadores de las minas o de las plantaciones y, muchas veces, juntaban el dinero entre varios para pagar los servicios…y entre todos violaban a las muchachas destinadas a esos sitios. Algunas de las mujeres terminaban muertas en medio de esas orgías, en las que las drogaban, las mutilaban y sufrían abusos colectivos.

     El jefe de la banda había pactado un acuerdo de no invadir el territorio de otra familia, que controlaba el lado oeste de la ciudad. Era en donde estaban los burdeles para los obreros y trabajadores, en donde enviaban a las chicas castigadas, el sitio al que habían mandado a esa chica a la que habían arrojado ácido. La novedad  hizo que los hombres se volcasen al nuevo prostíbulo, lo que hizo que la familia averiguase quién lo administraba. Aquella noche muchas chicas fueron liberadas por la muerte. El burdel fue incendiado durante el asalto y no sobrevivió nadie. También asaltaron el prostíbulo de lujo, en donde concurrían nobles, funcionarios y grandes empresarios. Allí sólo secuestraron a las mujeres, Florencia entre ellas.

     Las trasladaron hasta otro sitio, en un camión cerrado, casi muertas de frío, ya que iban con las pocas ropas que tenían puestas e, incluso, algunas estaban totalmente desnudas. Las llevaron hasta otro lugar, las dejaron en una especie de depósito, vigiladas por varios hombres y las hicieron esperar durante algunas horas. Por fin llegó el jefe. Era un hombre pequeño, parecía más pequeño enfundado en un enorme abrigo gris oscuro de paño. Sus zapatos lustrosos brillaban en esa semioscuridad.

    Habló en un idioma extraño. Las mujeres se miraron entre sí, sin imaginar qué ocurriría. Uno de los hombres que acompañaban al jefe inició una fogata en una especie de horno. El hombre acercó unos objetos y los colocó en ese horno. Cruzaron una señal con el jefe, quien con un gesto indicó algo a los guardianes. Tomaron a Florencia de un brazo y la llevaron hasta una especie de mesa en donde la  empujaron, recostándola sobre su vientre. Le sujetaban las manos con fuerzas y de pronto sintió algo que la quemaba en la espalda, sobre su hombro derecho. Gritó e intentó soltarse de esos rufianes. Alguien le arrojó agua sobre el sitio en donde le quemaba, pero eso no calmaba su dolor ni su impotencia. Seguía gritando y forcejeando. El jefe le dio una bofetada.   Florencia dejó de moverse y lo miró fijamente. Él sonrió y pasó su mano por los labios de la chica, bajando por la barbilla y metiéndola en medio de sus senos. Su reacción fue escupirle. Otra bofetada fue la respuesta del hombre, que dio unas instrucciones en ese idioma extraño.

    El mismo proceso sufrieron todas las demás mujeres que habían sido robadas del prostíbulo. Desde un rincón, Florencia pudo observar cómo eran marcadas con un hierro candente, como si fueran ganado. El dibujo era una especie de “escorpión”. Ahora todas pertenecían a este jefe de clan, que se había vengado por la traición sufrida. Así era como se cobraban las deudas entre mafiosos. Pero para ellas, nada cambiaba. Seguirían vendiéndolas como esclavas sexuales para enriquecerse, sin ninguna posibilidad de huir.

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