Juliana y
Beatriz volvían a su casa en silencio. Ambas tenían que pensar en todo lo
ocurrido. La extraña desaparición de su madre ahora tenía sentido y el dolor
había retornado mucho más fuerte.
Conocer las actividades de su padre y su relación con los crímenes les
generaba mucha indignación, sobre todo después de leer la carta destinada a
aquélla mujer, a la que además había dejado como depositaria de todo lo que
poseía.
Ella, sin
embargo, no quería nada. El dolor que le provocó saber la verdad sobre su
amante la había llevado casi al punto del derrumbe. No podía hablar, como si
dos manos apretasen su garganta. Como pudo, les pidió a las muchachas que se
fueran, que otro día volverían a hablar, que no se sentía bien.
Todas
tenían mucho en qué pensar, emociones que ordenar. El pasado había vuelto para
arrasar con lo que quedaba de cualquier sentimiento y dar vuelta sus vidas.
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