Desde que
el tío Roberto la había convencido de viajar a Italia con el pretexto de
ayudarla a desarrollar su talento artístico, Florencia nunca había regresado a
su país. Su deambular por prostíbulos la había llevado por lugares a los que
jamás se hubiera imagino visitar, sin embargo, poco había podido disfrutarlos
ya que la llevaban en calidad de esclava. Muchas veces viajaba en aviones
privados, financiados por embajadores que, al tener visa diplomática, no debían
dar explicaciones de quiénes eran sus acompañantes o en avionetas privadas de los mismos mafiosos,
que descendían en aeroparques privados.
Ahora era
ella, desde su nueva identidad como Natasha Rotzkin, quien volaba en un pequeño
jet privado propio. Ya no lo hacía en la parte de la bodega, junto a otras
mujeres en la misma situación, esta vez podía hacerlo desde un cómodo sillón,
ubicado al lado de la ventanilla, con una azafata que atendía cada uno de sus
pedidos. Podía dormir, escuchar música, mirar alguna película. Ella prefería
pensar, en silencio, en todo lo que debía hacer.
Vería a
sus hermanas por primera vez en veinte años. ¡Cuántas cosas habían ocurrido!
¿Por qué les había tenido que pasar todo eso? Cuando pudo hablar con sus
hermanas y saber que su papá estaba dentro del negocio de las drogas, recordó
cuando Roberto la había entregado a la Hermandad para subir posiciones y pensó
que quizás su papá podría haber hecho lo mismo con Clide. Necesitaba creer que
en alguno de esos prostíbulos podría encontrar a su mamá, viva, y que algún día
la abrazaría tan fuerte como para no dejarla ir nunca más.
Ese sueño
se había esfumado luego de hablar con Juliana y Beatriz. Osvaldo había matado a
su mamá. No importaba que fuera un accidente. La había asesinado y,
cobardemente, había quemado su cuerpo, haciendo desaparecer toda evidencia.
Además, había fingido dolor ante sus hijas y ella lo había defendido cuando
Juliana lo increpaba, porque no creía la historia que les estaba contando.
No podía
impedir que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Era mucha basura dando
vueltas a su alrededor. Muchas mentiras, demasiada oscuridad de la que ella
ahora formaba parte. A veces, bajo la ducha, se refregaba la piel con una
esponja áspera, porque sentía un olor fétido a su alrededor. Ni los perfumes
más caros lograba sacarle esa sensación de oler a podrido en cada paso que
daba.
Respiró
profundo. Pensando en sus hermanas esa sensación se iba. Ellas eran lo más puro
y noble que había en su vida, ellas habían sufrido tanto como ella,
descubriendo las mentiras en las que habían vivido. Su única meta en ese
momento era darles un abrazo fuerte, que durara los veinte años que habían perdido.
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