miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 24


     Desde que el tío Roberto la había convencido de viajar a Italia con el pretexto de ayudarla a desarrollar su talento artístico, Florencia nunca había regresado a su país. Su deambular por prostíbulos la había llevado por lugares a los que jamás se hubiera imagino visitar, sin embargo, poco había podido disfrutarlos ya que la llevaban en calidad de esclava. Muchas veces viajaba en aviones privados, financiados por embajadores que, al tener visa diplomática, no debían dar explicaciones de quiénes eran sus acompañantes o  en avionetas privadas de los mismos mafiosos, que descendían en aeroparques privados.

     Ahora era ella, desde su nueva identidad como Natasha Rotzkin, quien volaba en un pequeño jet privado propio. Ya no lo hacía en la parte de la bodega, junto a otras mujeres en la misma situación, esta vez podía hacerlo desde un cómodo sillón, ubicado al lado de la ventanilla, con una azafata que atendía cada uno de sus pedidos. Podía dormir, escuchar música, mirar alguna película. Ella prefería pensar, en silencio, en todo lo que debía hacer.

     Vería a sus hermanas por primera vez en veinte años. ¡Cuántas cosas habían ocurrido! ¿Por qué les había tenido que pasar todo eso? Cuando pudo hablar con sus hermanas y saber que su papá estaba dentro del negocio de las drogas, recordó cuando Roberto la había entregado a la Hermandad para subir posiciones y pensó que quizás su papá podría haber hecho lo mismo con Clide. Necesitaba creer que en alguno de esos prostíbulos podría encontrar a su mamá, viva, y que algún día la abrazaría tan fuerte como para no dejarla ir nunca más.

     Ese sueño se había esfumado luego de hablar con Juliana y Beatriz. Osvaldo había matado a su mamá. No importaba que fuera un accidente. La había asesinado y, cobardemente, había quemado su cuerpo, haciendo desaparecer toda evidencia. Además, había fingido dolor ante sus hijas y ella lo había defendido cuando Juliana lo increpaba, porque no creía la historia que les estaba contando.

     No podía impedir que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Era mucha basura dando vueltas a su alrededor. Muchas mentiras, demasiada oscuridad de la que ella ahora formaba parte. A veces, bajo la ducha, se refregaba la piel con una esponja áspera, porque sentía un olor fétido a su alrededor. Ni los perfumes más caros lograba sacarle esa sensación de oler a podrido en cada paso que daba.

     Respiró profundo. Pensando en sus hermanas esa sensación se iba. Ellas eran lo más puro y noble que había en su vida, ellas habían sufrido tanto como ella, descubriendo las mentiras en las que habían vivido. Su única meta en ese momento era darles un abrazo fuerte, que durara los veinte años que habían perdido.

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