Pocos
sabían cómo había accedido al poder Jin-Kao-Wong y los pocos que habían tenido
trato con él temían más a su leve sonrisa que a su peor día de malhumor. Wong
era de esos tipos fríos, crueles, que se servía de quien fuera para lograr su
meta. Y si bien tenía lacayos que cumplían sus órdenes al pie de la letra, no
dudaba en usar él mismo los peores métodos de tortura para que sus víctimas
confesaran lo que deseaba saber.
Se había
criado en las calles de Hong-Kong, sus padres eran unos prósperos comerciantes
de una pequeña pero coqueta calle de un suburbio. Una mañana entraron unos
hombres y comenzaron a discutir con su padre. Le exigieron dinero. El pequeño
Wong no entendía por qué le hacían esa exigencia, ni por qué su padre casi no
había hablado durante todo el resto del día. Estaba preocupado y pálido. Su
madre lo mandó a dormir temprano. Pero el niño se quedó escuchando detrás de
una puerta. Discutían entre susurros. Cuando su padre levantaba algo la voz, su
madre le hacía una señal con el dedo sobre la boca mirando hacia la habitación
del pequeño. Papá volvía a susurrar. Wong entendió que los hombres habían
amenazado a su padre con arruinarle el negocio. Pero la suma que pedían era exorbitante. Le habían
dado una semana para conseguirla. El niño volvió a su cuarto. No entendía mucho
a qué se refería su papá cuando dijo que, de no obtener el dinero, debería
atenerse a las consecuencias. Una semana más tarde lo supo.
Todos esos
días fueron extraños en la casa. Su madre ya no canturreaba mientras realizaba
sus quehaceres, ni su padre contaba riendo las cosas que le pasaban durante el
día cuando cenaban. Él mismo, en su escuela, estaba distraído, pensando en el
significado de todo lo que había ocurrido. Su maestra se acercaba a él y lo
impulsaba a jugar con los otros niños. Pero prefería quedarse ahí, sentado,
esperando que llegara ese día en que su padre debería pagarle a esos hombres extraños.
Papá no
quería que el pequeño Wong fuera al comercio. Sin embargo, el desobedeció las
órdenes y se escurrió como pudo a los controles. Mamá estaba preocupada por su
marido, de modo que, pese a la negativa de su marido, ese día lo acompañó. Había
decidido que iba a estar a su lado en todo, sin importar lo que ocurriese, era
su compañero de vida y lo que fuera, lo afrontarían juntos. El niño se escondió
detrás de un mueble, sin que nadie lo viera, miraba fijamente hacia la puerta,
esperando que los hombres llegaran. Su papá atendía a los compradores
habituales de una forma mecánica, sin la sonrisa habitual ni la amabilidad
acostumbrada. Estaba nervioso, preocupado. Wong no lo sabía, pero su papá no
había logrado juntar el dinero que le pedían. Ni siquiera había llegado a la
mitad de la cifra.
Los hombres llegaron, uno tenía un tajo en la cara.
El otro, pudo ver que tenía un ojo blanco. Su padre comenzó a temblar. Su madre se puso
al lado del hombre, tomándole la mano para tranquilizarlo un poco.
-¿Lo tienes?-preguntó el del tajo.
-Una parte-respondió su padre tartamudeando.
-¿Una parte?-repitió el del tajo-¿Una parte? ¿Qué
parte no entendiste que debías tener el dinero hoy? ¡Te dimos una semana para
juntarlo!
El padre
de Wong balbuceaba explicaciones. El niño no comprendía por qué esos hombres le
pedían dinero a su papá. Veía que se empezaban a poner violentos.
-Escúchame, te advertimos de las consecuencias que
ibas a sufrir si no cumplías, ¿verdad?
El hombre
movió afirmativamente la cabeza. El del ojo blanco dio la vuelta y pasó detrás
del mostrador, abrió la caja y retiró los billetes que había allí. Hurgó en los
bolsillos del padre de Wong, encontró algunos billetes más.
-¿Dónde está el resto?-preguntó el del tajo.
-Allí, en aquella caja- indicó el hombre, al que
estaba faltándole la respiración.
El del ojo
blanco fue hasta la caja, retiró una bolsa, la abrió y mostró el contenido a su
compañero.
-A ella no la revisaste-le respondió el del tajo.
El del ojo
blanco sonrió. Tenía un diente de plata en unas encías sucias. Esa era la parte
que más le gustaba de su trabajo. Se acercó a la mujer, que se había aferrado
al brazo de su marido. Él se puso delante de ella, para impedir que el
extorsionador la tocara. El delincuente sacó una cuchilla y la puso en el
cuello del padre de Wong, tomó a la mujer de la muñeca y la acercó a donde
estaba. Comenzó a revisarla, tocando sus piernas desnudas, subiendo por los
muslos debajo de la falda. Hundió sus manos en las nalgas de ella, apretándola
contra su cuerpo. Ella temblaba y trataba de soltarse. Su esposo quiso
interponerse. El del tajo sacó un revólver del bolsillo de su abrigo y disparó.
Wong vio cómo su papá caía, mientras se llevaba una mano al pecho, en el lugar
en el que de repente hubo una enorme mancha de sangre.
La madre
de Wong comenzó a gritar. El del ojo blanco la abofeteó, ella intentó acercarse al cuerpo de su esposo
que agonizaba aún, pero el hombre la tironeó del brazo y la arrastró hacia el
fondo del local. El del tajo cerró la
puerta de ingreso y dio vuelta el cartel que informaba que el local estaba
cerrado y se fue hasta la parte en donde su cómplice había llevado a la mujer.
Entre ambos la manosearon, mientras ella lloraba y suplicaba que la dejaran en
paz. Ellos reían, la insultaban mientras la lamían y el del ojo blanco apoyó la
espalda de la mujer contra la pared de un golpe y la violó. Los gritos de la
madre de Wong eran estremecedores. Luego le tocó el turno al otro, la volteó con la cara hacia el
piso, levantó la falda de la mujer y se apoyó brutalmente contra su cuerpo.
Ella ya no luchaba, sólo lloraba y gritaba de dolor. Los hombres se reían, se
burlaban, la insultaban, la golpeaban. Wong veía todo eso escondido detrás del
mueble. Tenía terror de salir, estaba paralizado, se sentía molesto por no
poder defender a su mamá y hacer algo con esos dos hombres que habían lastimado
a su papá. ¿Qué podía hacer un niño de seis años en esa situación?
Por fin
terminaron de torturar a la mujer, que tenía la mirada perdida en un punto
fijo. Había visto al niño detrás del mueble mientras era ultrajada por los
hombres, sintió vergüenza y asco ante esa situación, si sobrevivía no podría
mirarlo nunca más a los ojos. Deseaba que la mataran como habían hecho con su
marido. Para ella, vivir con el peso de ese ultraje era indigno.
Los
hombres caminaron por el negocio y se dedicaron a romper todo. Tiraron
estanterías y rompieron frascos, paquetes, desparramaron todo lo que pudieron e
hicieron inservible cualquier cosa que pudiera rescatarse para la venta o
consumo. La mujer juntó fuerzas y se levantó. Había tomado una pequeña
estatuilla que tenían y caminó hacia ellos. Algo crujió bajo sus pies y el del
tajo se dio vuelta justo cuando ella estaba con el objeto levantado para
dárselo por la cabeza. La mató de un disparo en el pecho. Pasaron por el
mostrador y la mano del padre de Wong tomó el tobillo de uno de los hombres. Lo
remataron de un tiro y salieron.
El
pequeño Wong permaneció escondido detrás del mueble. No se atrevía a salir de
allí, no quería ver los cuerpos de sus padres tirados en el piso del negocio
que tanto esfuerzo les había costado construir. Lloraba en silencio, temiendo
que en cualquier momento apareciera uno de esos asesinos y terminara su trabajo. Nunca supo cuántas
horas estuvo allí, quieto y en silencio, esperando despertar de esa pesadilla y
que sus padres estuvieran ahí, como siempre, sonrientes y felices. Había
cerrado los ojos, pensando que al abrirlos todo iba a ser igual que antes. Los
abrió al escuchar un ruido. Vio dos piernas frente suyo, levantó la vista y era
uno de los clientes habituales del negocio. Tenía su mano abierta extendida al
niño, quien la tomó para ayudarse a levantarse de allí.
-Cierra los ojos y camina despacio. Yo te guiaré- le
dijo el hombre.
Wong
asintió con la cabeza y se dejó llevar. Llevaban un rato caminando, cuando el
hombre le dijo que ya podía abrirlos. Estaban en una calle, a varios metros del
local en donde sus padres habían muerto. A partir de ese día, Chen Li Juang
sería su mentor y guía, quien lo orientaría en la vida y le enseñaría todo lo
necesario para vengar la muerte de la pareja. Pero jamás imaginó el poder que
su protegido llegaría a adquirir.
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