miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 26


    Las tres se fundieron en un abrazo que duró varios minutos. Lloraban y reían al mismo tiempo, mirándose sin creer que, al fin, el momento del reencuentro había llegado. Sentían que todo sería más fácil ahora que estaban juntas, que podrían enfrentar todas las cosas malas que vinieran.

    Beatriz y Juliana no dejaban de ver cómo había cambiado su hermana. Si bien permanecía hermosa, tenía la mirada dura y su tono de voz ya no era el mismo. Habían pasado casi veinte años desde que ella se fue a Italia, con la esperanza de convertirse en una gran artista y volvía la jefa de una banda mafiosa, que sólo deseaba vengarse de quienes le habían hecho daño.

     Se pusieron de acuerdo en ir al cementerio. Tras enterarse de la forma en que su madre había muerto, habían arreglado hacer una pequeña tumba con su nombre y querían estar juntas en el momento de poner la placa que la recordara. Florencia había puesto una sola exigencia: que estuviera lo más alejada posible de la tumba en donde descansaban los restos de su padre. Las otras dos hermanas estuvieron de acuerdo, pese a que sus padres siempre habían manifestado su deseo de ser enterrado juntos.

-Papá no merece estar cerca de mamá. La mató y nos lo ocultó. Nos mintió diciendo que nos había abandonado para irse a una misión con un grupo religioso. Y si no fuera por esa carta, en donde confiesa todo, jamás sabríamos el destino que ella tuvo.

    Beatriz notaba el rencor en los gestos de su hermana. Había tenido que tomar decisiones muy difíciles y todo lo que había sufrido durante los años en que fue esclava sexual la habían tornado más dura.

    Caminaron tomadas de la mano, en silencio, hacia el lugar que habían elegido para homenajear a Clide. Lloraron abrazadas, pidiéndole perdón a su madre por haber creído lo que Osvaldo les había contado. Juliana colocó la placa sobre la lápida, mientras Beatriz acomodaba unas flores. Florencia miraba arrodillada al pie de la tumba, acariciando el césped.

-¿Dónde está la tumba de papá?-preguntó de repente.

    Ambas hermanas la miraron. Juliana se ofreció a acompañarla. Caminaron juntas y unos minutos después llegaron a la lápida que indicaba que allí estaba Osvaldo. Florencia se acercó a la pequeña pared de cemento en donde figuraba el nombre de su padre y comenzó a hablar:

-No vine a llorarte. No vine a decirte que lamento tu muerte, ni a traerte flores o a hacer una escenita mediocre. No. Vine para informarte que yo maté al hijo de puta de tu socio, de tu mentor en ese mundo de mierda en donde los dos estaban metidos. En donde la basura esa me obligó a estar durante casi veinte años, siendo violada, golpeada, maltratada y algunas veces drogada porque me negaba a estar con viejos asquerosos que sólo tenían dinero para lograr una erección. Tu querido Roberto me convirtió en una prostituta y tuve que transformarme en un ser despreciable hasta  para mí misma por tal de sobrevivir. ¿Todo para qué? Para tener algo más…para comprarte una camioneta nueva más, para demostrarle al mundo lo macho proveedor que eras. Te enredaste con una basura y mataste a mamá sin contemplaciones-Juliana intentó interrumpirla, pero la mirada de Florencia la hizo guardar silencio- Vos la mataste, por más que haya sido un accidente. Porque no la mató el golpe en la cabeza…la mató que la quemaras y la dejaras abandonada en una ruta, la mató que nos dijeras que nos había abandonado. La mató tu cobardía, la mató tu insensibilidad…

    Florencia comenzó a dar puñetazos a la lápida. Lloraba gritando, escandalosamente, como no se había permitido llorar en años. Descargó todo su enojo y su furia pateando ese muro, rompiendo la vasija que hacía de florero y tirando su contenido hacia todas partes.

-Ojalá te estés quemando en el infierno, te pudras lentamente y sufras por todo el daño que nos hiciste. Llevar tu apellido o el del cerdo inmundo de tu tío no es un orgullo para mí. Por suerte puede cambiar mi nombre y ya no soy una hija tuya…Soy otra persona, alguien que jamás te conoció. Y voy a destruir a todos los que me hicieron daño. A mí y a mis hermanas. Te lo juro por la memoria de mamá.

    Dicho eso se acomodó, secó sus mejillas y miró a su hermana. La abrazó y le pidió volver a donde estaba Beatriz. Quería irse de ese lugar y no volver nunca más.

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