Las tres
se fundieron en un abrazo que duró varios minutos. Lloraban y reían al mismo
tiempo, mirándose sin creer que, al fin, el momento del reencuentro había
llegado. Sentían que todo sería más fácil ahora que estaban juntas, que podrían
enfrentar todas las cosas malas que vinieran.
Beatriz y
Juliana no dejaban de ver cómo había cambiado su hermana. Si bien permanecía
hermosa, tenía la mirada dura y su tono de voz ya no era el mismo. Habían
pasado casi veinte años desde que ella se fue a Italia, con la esperanza de
convertirse en una gran artista y volvía la jefa de una banda mafiosa, que sólo
deseaba vengarse de quienes le habían hecho daño.
Se
pusieron de acuerdo en ir al cementerio. Tras enterarse de la forma en que su
madre había muerto, habían arreglado hacer una pequeña tumba con su nombre y
querían estar juntas en el momento de poner la placa que la recordara.
Florencia había puesto una sola exigencia: que estuviera lo más alejada posible
de la tumba en donde descansaban los restos de su padre. Las otras dos hermanas
estuvieron de acuerdo, pese a que sus padres siempre habían manifestado su
deseo de ser enterrado juntos.
-Papá no merece estar cerca de mamá. La mató y nos
lo ocultó. Nos mintió diciendo que nos había abandonado para irse a una misión
con un grupo religioso. Y si no fuera por esa carta, en donde confiesa todo,
jamás sabríamos el destino que ella tuvo.
Beatriz
notaba el rencor en los gestos de su hermana. Había tenido que tomar decisiones
muy difíciles y todo lo que había sufrido durante los años en que fue esclava
sexual la habían tornado más dura.
Caminaron
tomadas de la mano, en silencio, hacia el lugar que habían elegido para
homenajear a Clide. Lloraron abrazadas, pidiéndole perdón a su madre por haber
creído lo que Osvaldo les había contado. Juliana colocó la placa sobre la
lápida, mientras Beatriz acomodaba unas flores. Florencia miraba arrodillada al
pie de la tumba, acariciando el césped.
-¿Dónde está la tumba de papá?-preguntó de repente.
Ambas
hermanas la miraron. Juliana se ofreció a acompañarla. Caminaron juntas y unos
minutos después llegaron a la lápida que indicaba que allí estaba Osvaldo.
Florencia se acercó a la pequeña pared de cemento en donde figuraba el nombre
de su padre y comenzó a hablar:
-No vine a llorarte. No vine a decirte que lamento
tu muerte, ni a traerte flores o a hacer una escenita mediocre. No. Vine para
informarte que yo maté al hijo de puta de tu socio, de tu mentor en ese mundo
de mierda en donde los dos estaban metidos. En donde la basura esa me obligó a
estar durante casi veinte años, siendo violada, golpeada, maltratada y algunas
veces drogada porque me negaba a estar con viejos asquerosos que sólo tenían
dinero para lograr una erección. Tu querido Roberto me convirtió en una
prostituta y tuve que transformarme en un ser despreciable hasta para mí misma por tal de sobrevivir. ¿Todo
para qué? Para tener algo más…para comprarte una camioneta nueva más, para
demostrarle al mundo lo macho proveedor que eras. Te enredaste con una basura y
mataste a mamá sin contemplaciones-Juliana intentó interrumpirla, pero la
mirada de Florencia la hizo guardar silencio- Vos la mataste, por más que haya
sido un accidente. Porque no la mató el golpe en la cabeza…la mató que la
quemaras y la dejaras abandonada en una ruta, la mató que nos dijeras que nos
había abandonado. La mató tu cobardía, la mató tu insensibilidad…
Florencia
comenzó a dar puñetazos a la lápida. Lloraba gritando, escandalosamente, como
no se había permitido llorar en años. Descargó todo su enojo y su furia
pateando ese muro, rompiendo la vasija que hacía de florero y tirando su
contenido hacia todas partes.
-Ojalá te estés quemando en el infierno, te pudras
lentamente y sufras por todo el daño que nos hiciste. Llevar tu apellido o el
del cerdo inmundo de tu tío no es un orgullo para mí. Por suerte puede cambiar
mi nombre y ya no soy una hija tuya…Soy otra persona, alguien que jamás te
conoció. Y voy a destruir a todos los que me hicieron daño. A mí y a mis
hermanas. Te lo juro por la memoria de mamá.
Dicho eso
se acomodó, secó sus mejillas y miró a su hermana. La abrazó y le pidió volver
a donde estaba Beatriz. Quería irse de ese lugar y no volver nunca más.
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