Un escorpión
había salvado su vida. Lucía uno formado por piedras preciosas en su anillo. Y
tenía un pisapapeles de plata pura sobre su escritorio con la forma de ese
animal. Por eso lo había tomado como símbolo y todo lo que le perteneciese, lo
llevaría grabado.
Chen-Li-Juang
había sido un jefe de un grupo pequeño que buscaba vivir en paz. No le
interesaba la violencia, la riqueza o la fama. Hacía pequeñas transacciones con
jugadores, algunos préstamos y ofrecía a las prostitutas un negocio justo: él
las dejaba trabajar a cambio de la mitad de sus ganancias. Eran libres de ir y
venir y tampoco él controlaba cuánto les pagaban los clientes que traían, ya
que todos siempre pedían alguna bebida o bocadillos en la pequeña cocina del
bar que regenteaba. De modo que su negocio funcionaba. Ellas se sabían
protegidas, porque Juang tenía un grupo de hombres que cuidaban a quienes
negociaban con el viejo. Mientras trabajaran con él, nadie se atrevería a
tocarlas.
Gracias a
sus contactos fue que supo quiénes eran los asesinos de los padres de Wong.
Formaban parte de otra pandilla, pedían dinero a cambio de protección, que en
realidad era protegerlos de ellos mismos, una amenaza para no destruir la
propiedad o lastimar a algún miembro de la familia. Había lamentado no darse
cuenta del problema que atravesaba el comerciante, que ignoraba a qué se
dedicaba Juang. Pero si sentía culpa porque el negocio estaba dentro de lo que
consideraba su territorio, y eso ya tenía otras aristas.
Wong fue
creciendo en medio de todo ese mundo, aprendiendo a pelear y a obedecer. Juang
notaba que el chico tenía un odio profundo escondido, que lo volvía insensible
al dolor ajeno. Lo notaba cuando entrenaba junto a alguno de sus muchachos y,
en varias oportunidades, había tenido que llamarle la atención al ver el
sufrimiento innecesario al que sometía a sus contrincantes.
Wong
respetaba a Juang pero lo consideraba muy blando. Lo quería casi como si fuera
un padre o un abuelo, lo rescató del desastre que habían dejado esos dos tipos
en el negocio de su familia. Le salvó la vida de varias formas. Pero todo lo
que había visto siendo tan niño lo endureció y se juró a sí mismo que nada ni
nadie lo lastimaría nunca más. Que iba a prepararse para ser él siempre el
primero en lastimar. Y que algún día se cruzaría con esos dos y sus jefes para devolverles uno a uno los horrores que
padecieron sus padres.
Algunos
años más tarde, Wong logró averiguar quiénes habían sido los hombres que le
arrebataron a su familia. Decidió no decirle nada a su protector y se preparó
para vengarse. Quería tomar las vidas de esos dos, como ellos habían tomado la
de sus padres. Y se había estado preparando todos esos años, aprendiendo
distintas técnicas de lucha para cuando el día de enfrentarlos llegara. Había
adquirido conocimientos que iban más allá del enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
Había logrado la frialdad de no sentir nada ante la muerte de otros. Lo único
que le importaba era su supervivencia.
Pero
tampoco sabía que sus actos ocasionarían una cadena de hechos que acabarían con
la vida de Juang. Porque ignoraba que el hombre del tajo en la cara era el
hermano del jefe de otra banda, poderosa, que dominaba el lado sur de la
ciudad. Durante años tanto el jefe como Juang se habían respetado, sin
invadirse, aunque Juang se guardó para sí lo ocurrido en la tienda de los
padres de Wong. Creía que no le correspondía tomar decisiones al respecto y
que, cuando el niño fuera adulto y hubiera dominado su odio, podría hablarle de
todo y tomar una decisión madura al respecto. Lo que habían hecho esos dos
estaba por afuera del conocimiento de su rival, y Juang no quería problemas que
enfrentaran a las bandas.
Wong
había descubierto donde se alojaban los hombres. El del tajo y el del ojo
blanco eran inseparables, uno protegía al otro, vivían juntos y se manejaban a dúo
para todo. El del ojo blanco había perdido la lengua en el mismo accidente que lo dejó sin un globo ocular y sin un
diente. El otro había recibido su marca en un enfrentamiento con otra banda.
Eran simbióticos y se entendían casi de forma telepática.
El joven
los esperó escondido, detrás de una escalera. Llegaron riendo, como cuando
habían matado a sus padres. Al abrir la puerta, Wong se les hecho encima y
comenzaron a pelear. Estaban más viejos,
pero eran ágiles como serpientes y el chico aún necesitaba experiencia.
La mayoría de sus luchas habían sido en ambientes controlados. Nunca había
llegado a tener un enfrentamiento real con otra pandilla.
Intentó
mantenerlos a raya, luchando con uno y otro. No le importaba perder la vida,
porque esta pelea era por su honor, debía vengar la muerte de sus padres. En el
departamento había una pecera con escorpiones. Al verse acorralado, Wong la
tiró y los animales comenzaron a caminar por todas partes. Los hombres seguían
peleando y buscando matar al tipo ese que los había emboscado. Nunca supieron
que se trataba de aquél niño que los vio abusar de su madre y matar a su padre.
Con una patada voladora, Wong los tiró sobre un colchón de agua que había
contra una pared. Los hombres rebotaron y se reían cuando vieron que el joven
había caído en su propia voltereta. Se
miraron para ponerse de acuerdo en lo que harían. Uno notó en el otro una
mirada aterradora. El del tajo tenía un escorpión sobre su cuello. El del ojo
blanco bajó la mirada y vio a otro animal caminándole sobre la pierna. Otros
ejemplares más se les acercaron y comenzaron a clavar sus aguijones en los dos
asesinos. Wong miraba la escena desde el piso, sin comprender qué ocurría. Los
dos hombres gritaban del dolor ante la picadura del veneno que recibían de esos
alacranes que habían tomado el gusto de criar solo por exotismo. Murieron allí
mismo, frente a Wong, que no sabía si había cumplido su objetivo o debía
sentirse humillado por las circunstancias.
Volvió a
su casa, sin mencionar una palabra. Juang sentía intriga por el repentino
silencio de su protegido, pero respetaba sus tiempos y seguramente el joven le
revelaría qué lo atormentaba. No pudo. Varios hombres atacaron el bar de Juang,
con ametralladoras y uno de los disparos mató al viejo. Wong fue secuestrado y
llevado ante el jefe de la banda rival. Dos hombres lo sostenían arrodillado
contra el piso.
-¿Así que tú
fuiste quien osó enfrentar a mi familia?-le preguntó levantándole la cara con
una varilla.
Wong no
respondió. El otro le dio un varillazo en el rostro.
-¡Responde! ¿Tú osaste enfrentar a mi familia?
Wong
levantó la cabeza y lo miró a los ojos. El otro se agachó para quedar a la
altura del rostro de Wong. Éste lo escupió. El jefe de la banda rival se limpió
el escupitajo con un pañuelo.
-Eres osado. ¿Dime por qué te atreviste a romper el
acuerdo que tu protector y yo teníamos? Vivíamos en paz, cada uno tenía sus
negocios. Me obligaste a responder y matar a Juang.
Wong
decidió hablar.
-Esos dos asesinaron a mis padres, sin ninguna
consideración-gritó con toda su furia.
El hombre
giró sobre sí mismo. Había escuchado hace mucho tiempo que su hermano había
invadido el territorio de Juang, atacando a un comerciante y matándolo junto a
su esposa. Nunca se supo qué había ocurrido con el niño que ambos tenían porque
había desaparecido misteriosamente.
-¿Tú eres el hijo del comerciante?
Wong
asintió con la cabeza. El hombre hizo un
gesto para que los guardias lo suelten. Había castigado a su hermano por ese
hecho, porque lo que su hermano buscaba era quitarle su lugar en la banda. Las
drogas habían hecho estragos con su cabeza y la compañía de su amigo mutilado
lo terminó de enloquecer. Ambos creían que podrían dominar el mundo y sembrar
muerte y mal a su paso. No comprendían que en el mundo criminal, a pesar de
todo, había códigos que respetar, pactos que cumplir, acuerdos que honrar.
Ordenó a
los hombres que los dejaran solos. Wong seguía en el suelo, arrodillado,
golpeado y acumulando odio. No había logrado vengar la muerte de sus padres,
pese a que los dos asesinos estaban muertos, y había provocado una guerra entre
bandas que terminó con la muerte de Juang. Ahora estaba ahí, en manos de este
hombre que daba vueltas a su alrededor como un lobo hambriento.
-¿Sabes que puedo ordenar tu muerte con solo
chasquear los dedos, verdad?
Wong
respondió que sí con un gesto. No quería demostrarle que estaba muerto de miedo.
-¿Y sabes que ya no hay nadie que te proteja?
El joven
miró a su interlocutor de soslayo, que seguía caminando en círculos a su
alrededor.
-Supongo que también sabes que tengo todo el derecho
del mundo a tomar venganza en nombre de mi hermano y hacer contigo lo que me
plazca.
Wong
respiraba esperando el veredicto final. No soportaba esa guerra de nervios a la
que este hombre lo exponía, hubiera preferido que sacara un cuchillo o una espada
y lo matara de una vez por todas.
-¿Cuál sería la peor humillación a la que podría
someterte?-hizo sonar sus dedos cerca del oído de Wong- ¡Ya sé! Ofrecerte en
alguno de mis prostíbulos como mancebo para los hombres que quieran placeres
diferentes!
Wong no
ignoraba que la prostitución era un gran negocio dentro de las mafias. Y que el
valor de los servicios prestados por hombres era pagado mucho más caro que el
de las mujeres, sobre todo porque los clientes no querían homosexuales
disfrazados, ni mariquitas chillonas pintarrajeadas…además, la discreción por
ese servicio tan particular se abonaba con un valor muy alto, nadie podía saber
que los más encumbrados empresarios, altos funcionarios o incluso, reyes y
príncipes, buscaban los placeres de una sexualidad dura y proporcionada por su
mismo género. Y dentro del mundillo se sabía que esa era la peor forma que un
rival tenía de humillar a su adversario.
Sin
embargo, el muchacho mantuvo la calma. Debía resistir todo lo que pudiera,
porque si llegaba a hacer un movimiento, veinte hombres saltarían sobre él
antes de que lograse hacerle un rasguño
al jefe. Su vida, en ese momento, no valía nada.
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