miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 27


  Un escorpión había salvado su vida. Lucía uno formado por piedras preciosas en su anillo. Y tenía un pisapapeles de plata pura sobre su escritorio con la forma de ese animal. Por eso lo había tomado como símbolo y todo lo que le perteneciese, lo llevaría grabado.

    Chen-Li-Juang había sido un jefe de un grupo pequeño que buscaba vivir en paz. No le interesaba la violencia, la riqueza o la fama. Hacía pequeñas transacciones con jugadores, algunos préstamos y ofrecía a las prostitutas un negocio justo: él las dejaba trabajar a cambio de la mitad de sus ganancias. Eran libres de ir y venir y tampoco él controlaba cuánto les pagaban los clientes que traían, ya que todos siempre pedían alguna bebida o bocadillos en la pequeña cocina del bar que regenteaba. De modo que su negocio funcionaba. Ellas se sabían protegidas, porque Juang tenía un grupo de hombres que cuidaban a quienes negociaban con el viejo. Mientras trabajaran con él, nadie se atrevería a tocarlas.

    Gracias a sus contactos fue que supo quiénes eran los asesinos de los padres de Wong. Formaban parte de otra pandilla, pedían dinero a cambio de protección, que en realidad era protegerlos de ellos mismos, una amenaza para no destruir la propiedad o lastimar a algún miembro de la familia. Había lamentado no darse cuenta del problema que atravesaba el comerciante, que ignoraba a qué se dedicaba Juang. Pero si sentía culpa porque el negocio estaba dentro de lo que consideraba su territorio, y eso ya tenía otras aristas.

    Wong fue creciendo en medio de todo ese mundo, aprendiendo a pelear y a obedecer. Juang notaba que el chico tenía un odio profundo escondido, que lo volvía insensible al dolor ajeno. Lo notaba cuando entrenaba junto a alguno de sus muchachos y, en varias oportunidades, había tenido que llamarle la atención al ver el sufrimiento innecesario al que sometía a sus contrincantes.

    Wong respetaba a Juang pero lo consideraba muy blando. Lo quería casi como si fuera un padre o un abuelo, lo rescató del desastre que habían dejado esos dos tipos en el negocio de su familia. Le salvó la vida de varias formas. Pero todo lo que había visto siendo tan niño lo endureció y se juró a sí mismo que nada ni nadie lo lastimaría nunca más. Que iba a prepararse para ser él siempre el primero en lastimar. Y que algún día se cruzaría con esos dos y sus jefes  para devolverles uno a uno los horrores que padecieron sus padres.


    Algunos años más tarde, Wong logró averiguar quiénes habían sido los hombres que le arrebataron a su familia. Decidió no decirle nada a su protector y se preparó para vengarse. Quería tomar las vidas de esos dos, como ellos habían tomado la de sus padres. Y se había estado preparando todos esos años, aprendiendo distintas técnicas de lucha para cuando el día de enfrentarlos llegara. Había adquirido conocimientos que iban más allá del enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Había logrado la frialdad de no sentir nada ante la muerte de otros. Lo único que le importaba era su supervivencia.

     Pero tampoco sabía que sus actos ocasionarían una cadena de hechos que acabarían con la vida de Juang. Porque ignoraba que el hombre del tajo en la cara era el hermano del jefe de otra banda, poderosa, que dominaba el lado sur de la ciudad. Durante años tanto el jefe como Juang se habían respetado, sin invadirse, aunque Juang se guardó para sí lo ocurrido en la tienda de los padres de Wong. Creía que no le correspondía tomar decisiones al respecto y que, cuando el niño fuera adulto y hubiera dominado su odio, podría hablarle de todo y tomar una decisión madura al respecto. Lo que habían hecho esos dos estaba por afuera del conocimiento de su rival, y Juang no quería problemas que enfrentaran a las bandas.

     Wong había descubierto donde se alojaban los hombres. El del tajo y el del ojo blanco eran inseparables, uno protegía al otro, vivían juntos y se manejaban a dúo para todo. El del ojo blanco había perdido la lengua en el mismo accidente  que lo dejó sin un globo ocular y sin un diente. El otro había recibido su marca en un enfrentamiento con otra banda. Eran simbióticos y se entendían casi de forma telepática.

     El joven los esperó escondido, detrás de una escalera. Llegaron riendo, como cuando habían matado a sus padres. Al abrir la puerta, Wong se les hecho encima y comenzaron a pelear. Estaban más viejos,  pero eran ágiles como serpientes y el chico aún necesitaba experiencia. La mayoría de sus luchas habían sido en ambientes controlados. Nunca había llegado a tener un enfrentamiento real con otra pandilla.

     Intentó mantenerlos a raya, luchando con uno y otro. No le importaba perder la vida, porque esta pelea era por su honor, debía vengar la muerte de sus padres. En el departamento había una pecera con escorpiones. Al verse acorralado, Wong la tiró y los animales comenzaron a caminar por todas partes. Los hombres seguían peleando y buscando matar al tipo ese que los había emboscado. Nunca supieron que se trataba de aquél niño que los vio abusar de su madre y matar a su padre. Con una patada voladora, Wong los tiró sobre un colchón de agua que había contra una pared. Los hombres rebotaron y se reían cuando vieron que el joven había caído en su  propia voltereta. Se miraron para ponerse de acuerdo en lo que harían. Uno notó en el otro una mirada aterradora. El del tajo tenía un escorpión sobre su cuello. El del ojo blanco bajó la mirada y vio a otro animal caminándole sobre la pierna. Otros ejemplares más se les acercaron y comenzaron a clavar sus aguijones en los dos asesinos. Wong miraba la escena desde el piso, sin comprender qué ocurría. Los dos hombres gritaban del dolor ante la picadura del veneno que recibían de esos alacranes que habían tomado el gusto de criar solo por exotismo. Murieron allí mismo, frente a Wong, que no sabía si había cumplido su objetivo o debía sentirse humillado por las circunstancias.

     Volvió a su casa, sin mencionar una palabra. Juang sentía intriga por el repentino silencio de su protegido, pero respetaba sus tiempos y seguramente el joven le revelaría qué lo atormentaba. No pudo. Varios hombres atacaron el bar de Juang, con ametralladoras y uno de los disparos mató al viejo. Wong fue secuestrado y llevado ante el jefe de la banda rival. Dos hombres lo sostenían arrodillado contra el piso.

 -¿Así que tú fuiste quien osó enfrentar a mi familia?-le preguntó levantándole la cara con una varilla.

    Wong no respondió. El otro le dio un varillazo en el rostro.

-¡Responde! ¿Tú osaste enfrentar a mi familia?

     Wong levantó la cabeza y lo miró a los ojos. El otro se agachó para quedar a la altura del rostro de Wong. Éste lo escupió. El jefe de la banda rival se limpió el escupitajo con un pañuelo.

-Eres osado. ¿Dime por qué te atreviste a romper el acuerdo que tu protector y yo teníamos? Vivíamos en paz, cada uno tenía sus negocios. Me obligaste a responder y matar a Juang.

    Wong decidió hablar.

-Esos dos asesinaron a mis padres, sin ninguna consideración-gritó con toda su furia.

    El hombre giró sobre sí mismo. Había escuchado hace mucho tiempo que su hermano había invadido el territorio de Juang, atacando a un comerciante y matándolo junto a su esposa. Nunca se supo qué había ocurrido con el niño que ambos tenían porque había desaparecido misteriosamente.

-¿Tú eres el hijo del comerciante?

    Wong asintió con la cabeza.  El hombre hizo un gesto para que los guardias lo suelten. Había castigado a su hermano por ese hecho, porque lo que su hermano buscaba era quitarle su lugar en la banda. Las drogas habían hecho estragos con su cabeza y la compañía de su amigo mutilado lo terminó de enloquecer. Ambos creían que podrían dominar el mundo y sembrar muerte y mal a su paso. No comprendían que en el mundo criminal, a pesar de todo, había códigos que respetar, pactos que cumplir, acuerdos que honrar.

    Ordenó a los hombres que los dejaran solos. Wong seguía en el suelo, arrodillado, golpeado y acumulando odio. No había logrado vengar la muerte de sus padres, pese a que los dos asesinos estaban muertos, y había provocado una guerra entre bandas que terminó con la muerte de Juang. Ahora estaba ahí, en manos de este hombre que daba vueltas a su alrededor como un lobo hambriento.

-¿Sabes que puedo ordenar tu muerte con solo chasquear los dedos, verdad?

    Wong respondió que sí con un gesto. No quería demostrarle  que estaba muerto de miedo.

-¿Y sabes que ya no hay nadie que te proteja?

    El joven miró a su interlocutor de soslayo, que seguía caminando en círculos a su alrededor.

-Supongo que también sabes que tengo todo el derecho del mundo a tomar venganza en nombre de mi hermano y hacer contigo lo que me plazca.

    Wong respiraba esperando el veredicto final. No soportaba esa guerra de nervios a la que este hombre lo exponía, hubiera preferido que sacara un cuchillo o una espada y lo matara de una vez por todas.

-¿Cuál sería la peor humillación a la que podría someterte?-hizo sonar sus dedos cerca del oído de Wong- ¡Ya sé! Ofrecerte en alguno de mis prostíbulos como mancebo para los hombres que quieran placeres diferentes!

    Wong no ignoraba que la prostitución era un gran negocio dentro de las mafias. Y que el valor de los servicios prestados por hombres era pagado mucho más caro que el de las mujeres, sobre todo porque los clientes no querían homosexuales disfrazados, ni mariquitas chillonas pintarrajeadas…además, la discreción por ese servicio tan particular se abonaba con un valor muy alto, nadie podía saber que los más encumbrados empresarios, altos funcionarios o incluso, reyes y príncipes, buscaban los placeres de una sexualidad dura y proporcionada por su mismo género. Y dentro del mundillo se sabía que esa era la peor forma que un rival tenía de  humillar a su adversario.

    Sin embargo, el muchacho mantuvo la calma. Debía resistir todo lo que pudiera, porque si llegaba a hacer un movimiento, veinte hombres saltarían sobre él antes de que  lograse hacerle un rasguño al jefe. Su vida, en ese momento, no valía nada.

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