El
auto negro con matricula diplomática y
vidrios polarizados estacionó frente a uno de los palacios vaticanos. El
chofer, vestido con uniforme negro, bajó del vehículo, dio la vuelta y abrió la
puerta contraria para que bajara su pasajero. Un obispo descendió llevando un
maletín negro. Tomó un abrigo del asiento y le agradeció con un gesto al
hombre. Le indicó que se tomara la tarde, que no iba a necesitarlo y que por la
noche le avisaría qué harían. El chofer hizo un gesto con su mano sobre la
gorra, cerró la puerta suavemente, dio otra vez la vuelta para ocupar su
asiento y se fue con el coche.
Monseñor
Borrelli se quedó sobre la explanada del palacete mirando hasta que el coche
desapareció de su vista. Caminó varios metros por la misma vereda del palacete hacia
el norte, buscando una puerta más pequeña. Dio dos ligeros golpes sobre la
puerta, hizo un silencio y dio otra vez dos golpes. Del otro lado de la puerta
se escuchó una voz masculina preguntar la contraseña.
-“Nullum peccatum fusione non fit remissio” (sin
pecado no hay perdón).
La puerta
se abrió. Un sacerdote le saludó con una inclinación de cabeza mientras él
ingresaba.
-Boungiorno, monsignor.
-Buenos días, padre Calixto.
-Lo estaban esperando.
Monseñor
Borrelli subió tranquilamente los peldaños que le conducían al piso superior.
Había llegado un día antes de lo previsto, ya que tenía una reunión muy
importante al día siguiente con Su
Santidad y otros cardenales, para resolver diversos temas de agenda. Pero
quería tomarse un día para sí mismo, sin que nadie lo supiera. No tenía que
rendir cuentas de sus actos por 24 horas.
Entró a
un recibidor en donde había algunos armarios de madera finamente trabajados.
Abrió uno con una llavecita, dejó allí su abrigo y su maletín,
se quitó el hábito y lo colgó dentro de ese armario, del que retiró una
bata de toalla blanca con bordados dorados. Cerró el armario y guardó la
llavecita en el bolsillo. Salió del recibidor, caminó por un pasillo hasta una
enorme puerta de madera tallada. Miró el cartel que lucía a modo de explicación
“En este lugar el Santo Oficio realizaba encuentros para determinar las nuevas
modalidades de herejías”. Monseñor Borrelli sonrió irónicamente pensando en lo
que ocurría detrás de esa puerta.
Abrió y
entro al departamento en donde durante la Edad Media se juntaban los sacerdotes
que perseguían a los pecadores que copulaban con el demonio, ejercían brujería
y renegaban de la palabra divina. En un cuatro lo esperaba una voluptuosa
mujer, que le convidó con una bebida y lo besó en la boca, mientras él se
quitaba la bata y la dejaba caer al piso. Del otro lado de la pared, en otra
habitación, otros altos cargos como él se divertían en ese pequeño albergue
transitorio clandestino que habían organizado a espaldas del mundo y al que muy
pocos tenían acceso.
Un hombre
abrió la puerta al escuchar gemidos.
-¿Giovanni, eres tú?-interrumpió.
-No, Carlo-respondió Borrelli reconociendo la voz-Soy
Giusseppe, acabo de llegar.
La mujer
no dejaba de tocarlo y besuquearlo por todas partes mientras el otro asomaba la
cabeza por la puerta.
-Benvenutto!! ¿Y cuánto tiempo te piensas quedar por
aquí?
-Sólo 24 horas. Mañana tengo una reunión importante.
-Oh, veo que tienes una bella compañía, cuando te
aburras de ella me la mandas?
-Claro que sí, Carlo.
-Si necesitas algún estímulo adicional, recuerda que
en el saloncito están los polvos en el
lugar de siempre.
Borrelli
le hizo un gesto de aprobación con el pulgar y se perdió en el cuerpo de aquella
prostituta con la que esperaba quitarse todo el fuego que tenía por dentro.
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