miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 28


     El auto  negro con matricula diplomática y vidrios polarizados estacionó frente a uno de los palacios vaticanos. El chofer, vestido con uniforme negro, bajó del vehículo, dio la vuelta y abrió la puerta contraria para que bajara su pasajero. Un obispo descendió llevando un maletín negro. Tomó un abrigo del asiento y le agradeció con un gesto al hombre. Le indicó que se tomara la tarde, que no iba a necesitarlo y que por la noche le avisaría qué harían. El chofer hizo un gesto con su mano sobre la gorra, cerró la puerta suavemente, dio otra vez la vuelta para ocupar su asiento y se fue con el coche.

     Monseñor Borrelli se quedó sobre la explanada del palacete mirando hasta que el coche desapareció de su vista. Caminó varios metros por la misma vereda del palacete hacia el norte, buscando una puerta más pequeña. Dio dos ligeros golpes sobre la puerta, hizo un silencio y dio otra vez dos golpes. Del otro lado de la puerta se escuchó una voz masculina preguntar la contraseña.

-“Nullum peccatum fusione non fit remissio” (sin pecado no hay perdón).

    La puerta se abrió. Un sacerdote le saludó con una inclinación de cabeza mientras él ingresaba.

-Boungiorno, monsignor.

-Buenos días, padre Calixto.

-Lo estaban esperando.

     Monseñor Borrelli subió tranquilamente los peldaños que le conducían al piso superior. Había llegado un día antes de lo previsto, ya que tenía una reunión muy importante al día siguiente con    Su Santidad y otros cardenales, para resolver diversos temas de agenda. Pero quería tomarse un día para sí mismo, sin que nadie lo supiera. No tenía que rendir cuentas de sus actos por 24 horas.

     Entró a un recibidor en donde había algunos armarios de madera finamente trabajados. Abrió uno con una llavecita, dejó allí su abrigo y su  maletín,  se quitó el hábito y lo colgó dentro de ese armario, del que retiró una bata de toalla blanca con bordados dorados. Cerró el armario y guardó la llavecita en el bolsillo. Salió del recibidor, caminó por un pasillo hasta una enorme puerta de madera tallada. Miró el cartel que lucía a modo de explicación “En este lugar el Santo Oficio realizaba encuentros para determinar las nuevas modalidades de herejías”. Monseñor Borrelli sonrió irónicamente pensando en lo que ocurría detrás de esa puerta.

     Abrió y entro al departamento en donde durante la Edad Media se juntaban los sacerdotes que perseguían a los pecadores que copulaban con el demonio, ejercían brujería y renegaban de la palabra divina. En un cuatro lo esperaba una voluptuosa mujer, que le convidó con una bebida y lo besó en la boca, mientras él se quitaba la bata y la dejaba caer al piso. Del otro lado de la pared, en otra habitación, otros altos cargos como él se divertían en ese pequeño albergue transitorio clandestino que habían organizado a espaldas del mundo y al que muy pocos tenían acceso.

    Un hombre abrió la puerta al escuchar gemidos.

-¿Giovanni, eres tú?-interrumpió.

-No, Carlo-respondió Borrelli reconociendo la voz-Soy Giusseppe, acabo de llegar.

    La mujer no dejaba de tocarlo y besuquearlo por todas partes mientras el otro asomaba la cabeza por la puerta.

-Benvenutto!! ¿Y cuánto tiempo te piensas quedar por aquí?

-Sólo 24 horas. Mañana tengo una reunión importante.

-Oh, veo que tienes una bella compañía, cuando te aburras de ella me la mandas?

-Claro que sí, Carlo.

-Si necesitas algún estímulo adicional, recuerda que en el saloncito están los  polvos en el lugar de siempre.

    Borrelli le hizo un gesto de aprobación con el pulgar y se perdió en el cuerpo de aquella prostituta con la que esperaba quitarse todo el fuego que tenía por dentro.

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