-¿Casarnos?
Feliciano
miraba a Corina como si esta hubiera enloquecido.
-¡Sí! Mamá va a firmar el permiso, ya hablé con
ella.
El
muchacho se rascó la cabeza. No era que no le gustaba Corina, era preciosa,
alegre, pero había algo en el fondo de sus ojos que lo asustaba. Y él jamás le
había hablado de matrimonio.
-Cori, me parece que vos no entendiste bien, tu mamá
no pudo haber dado un permiso para algo que yo nunca le pedí.
El rostro
de la joven se transfiguró.
-¿Vos no querés casarte conmigo?
Feliciano
respiró profundo. En realidad no quería casarse con nadie.
-Corina, somos jóvenes, aún tenemos que conocernos,
no tenemos donde vivir…
-En casa, esa casa es mía, por derecho.
Él sentía
que las manos le transpiraban, caminaba de un lado a otro por el pequeño cuarto
en donde vivía. Quería buscar un argumento lo suficientemente razonable para
convencer a Corina de postergar esa decisión. Si fuera por él, eternamente.
-Corinita, mejor esperamos un tiempo, no te falta
tanto para cumplir la mayoría y así no necesitamos el permiso de nadie. No vas
a necesitar ni un juez, ni a tu mamá.
-Vos no te casás conmigo y yo me mato.
La mirada
de Corina le dio miedo. No sabía qué hacer. Intentó calmarla.
-Somos jóvenes, Cori, tenemos mucho tiempo para
pensar en esto.
Corina se
levantó de la silla en la que estaba sentada. Tomó un cuchillo que había sobre
una mesa y se lo puso sobre una de sus muñecas.
-Nos casamos o me mato acá mismo.
Feliciano
se sintió acorralado, se dio cuenta de que no le quedaba otra opción. Estaba entre
la espada y la pared.
-Está bien, Corina, quedate tranquila, soltá ese
cuchillo.
-¡Nos casamos o me mato!
Corina se
acercó a Feliciano y tomó una de sus manos y puso en ella el cuchillo.
-Es más, vos vas a quedar como el culpable de mi
muerte.
-Está bien, Corina, quedate tranquila, nos vamos a
casar, ahora soltá el cuchillo y sentate, por favor.
Lo asustó
la mirada de esa chica que parecía haber enloquecido de repente.
-Nos vamos a casar, cuando vos quieras, decidí la
fecha, pero por favor, soltá ese cuchillo.
Corina
retrocedió unos pasos con una sonrisa. Soltó el cuchillo, que cayó al suelo y
volvió a ser la chica alegre y dulce de siempre. Sin embargo, en el fondo de su
voz, había un dejo de la locura reciente. Lo abrazó, apoyando la cabeza en el
pecho de ese hombre por el cual sentía algo que la llevaba a un extremo
peligroso para sí misma.
-¿En serio querés casarte conmigo? ¡No sabés lo
feliz que me hacés!
Feliciano
la rodeo con sus brazos y le palmeo suavemente la espalda.
-Sí, Cori, sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario