Los trámites que debían realizar para que las hijas
de Osvaldo tuvieran acceso a todo lo que había dejado fueron más sencillos de
lo que pensaron. Mientras que la mujer accediera a firmar todo voluntariamente,
las cosas fluían más rápido. Sobre todo porque el director del área privada en
donde esas cuentas se movían sabía desde el principio su postura sobre esas
cuentas y cajas.
Florencia
no podía creer las cuentas en el extranjero que había. Sabía por Germán todos los movimientos que tenían en bancos
discretísimos y que tenían sus áreas secretas para uso de grandes jefes de la
mafia, pero jamás habría imaginado que su padre poseía alguna de esas cuentas.
Y con esas cantidades de dinero. Claro, había que considerar que las
inversiones habían ido creciendo durante los veinte años que habían pasado
desde que él decidiera quitarse la vida.
Determinaron
que Florencia manejaría todo, ya que estaba acostumbrada desde que había
quedado viuda, y les mandaría todos los meses una suma que cubriera los gastos
de sus hermanas y les permitiera vivir cómodamente. Ella acumularía poder
dentro de la Hermandad, ahora que manejaría más acciones, que su padre
evidentemente ignoraba que poseía. No entendía por qué Roberto le había dejado
una parte de las cuentas de la Hermandad a su sobrino, más allá de los acuerdos
que tuvieran. La idea que tenía sobre su padre era que ocupaba el rol de idiota
útil a los fines de su tío.
Un par de
semanas más tarde, Florencia comunicó su partida. No podía quedarse más tiempo,
pues corría el riesgo de ser reconocida y que llegara a conocimiento de la
Hermandad su verdadera identidad. Si descubriesen que no era Natasha, sino una
de las mujeres que prostituyeron para beneficiarse, su vida y la de sus
hermanas corría un grave riesgo. Porque ella conocía demasiadas cosas que
ocultaban al mundo. Era un cabo suelto y
los cabos sueltos terminaban mal.
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