domingo, 28 de julio de 2019

Capítulo 31


Los trámites que debían realizar para que las hijas de Osvaldo tuvieran acceso a todo lo que había dejado fueron más sencillos de lo que pensaron. Mientras que la mujer accediera a firmar todo voluntariamente, las cosas fluían más rápido. Sobre todo porque el director del área privada en donde esas cuentas se movían sabía desde el principio su postura sobre esas cuentas y cajas.

    Florencia no podía creer las cuentas en el extranjero que había. Sabía por Germán  todos los movimientos que tenían en bancos discretísimos y que tenían sus áreas secretas para uso de grandes jefes de la mafia, pero jamás habría imaginado que su padre poseía alguna de esas cuentas. Y con esas cantidades de dinero. Claro, había que considerar que las inversiones habían ido creciendo durante los veinte años que habían pasado desde que él decidiera quitarse la vida.

    Determinaron que Florencia manejaría todo, ya que estaba acostumbrada desde que había quedado viuda, y les mandaría todos los meses una suma que cubriera los gastos de sus hermanas y les permitiera vivir cómodamente. Ella acumularía poder dentro de la Hermandad, ahora que manejaría más acciones, que su padre evidentemente ignoraba que poseía. No entendía por qué Roberto le había dejado una parte de las cuentas de la Hermandad a su sobrino, más allá de los acuerdos que tuvieran. La idea que tenía sobre su padre era que ocupaba el rol de idiota útil a los fines de su tío.

    Un par de semanas más tarde, Florencia comunicó su partida. No podía quedarse más tiempo, pues corría el riesgo de ser reconocida y que llegara a conocimiento de la Hermandad su verdadera identidad. Si descubriesen que no era Natasha, sino una de las mujeres que prostituyeron para beneficiarse, su vida y la de sus hermanas corría un grave riesgo. Porque ella conocía demasiadas cosas que ocultaban al mundo. Era un cabo suelto y  los cabos sueltos terminaban mal.

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