“Osvaldo podría ser tu hijo”.
Roberto
despertó de repente y sobresaltado. Florencia había sido entregada a la
Hermandad, él había sido elevado de rango dentro de la orden y lucía un anillo
con piedras en su dedo que lo indicaban así.
Pero las palabras que Corina le había dicho tanto años atrás, no dejaban
de perseguirlo.
Habían
acordado no hacer ningún análisis genético para comprobar su paternidad, a
cambio de que él ayudara a Osvaldo a no perder su propiedad. Y Roberto había
vislumbrado en el agradecimiento del muchacho la posibilidad de utilizarlo en
sus negocios oscuros. Necesitaría a alguien que lo ayudara y Osvaldo era lo
suficientemente ambicioso como para no tener escrúpulos.
Había
abusado de Juliana, sus juegos lo excitaban y esperaba obtener mucho más de
ella. Para acallar la posible culpa que las palabras de Corina pudieran
despertarle, puso parte de las acciones que había ganado en la Hermandad a
nombre de Osvaldo. Jamás lo sabría hasta que llegase la hora y nunca le iba a
contar qué significaba realmente ese beneficio. Simplemente era como una
indemnización.
No podía
decir que tuviera remordimientos por sus acciones. No se permitía esos
sentimientos y sabía que todo se compraba con dinero. Todo el mundo callaba
cuando le ofrecían una buena suma de billetes. Osvaldo también callaría. Sus
sobrinas callarían. Como había callado Corina a cambio de la propiedad de su
hijo.
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