Monseñor
Borrelli asentía con la cabeza a algunas frases que se decían en la reunión
protocolar a la que debía asistir en la residencia papal. No le importaba nada
de lo que se hablaba para elaborar un documento que entregar a la prensa y
demostrar al mundo cuánto se preocupaban por los más humildes. Tenía otras
cosas más importantes que hablar, pero para eso debía esperar que el
representante de los medios se fuera.
Les llevaron
café y galletas, ya que la disertación se hacía larga y Su Santidad no daba por
terminada la audiencia. Parecía que estaba de muy buen humor para pasar sentado
en el mismo lugar varias horas del día, escuchando lamentaciones y
formalidades.
Quería
mostrarle los números de la contabilidad de los negocios que la Hermandad
llevaba adelante. Quería hablarle de lo bien que estaba funcionando la nueva
conexión con China. El señor Wong, un socio importante dentro de la
organización, prometía grandes beneficios con la venta de armas a los países
musulmanes que estaban en guerra, triangulando la distribución para que no
hubiera rastros que pudieran demostrar qué participación tenían ellos en el
negocio.
También
quería hablar con él sobre un tema que le preocupaba. No le hacía ninguna
gracia que una mujer estuviera al mando de una de las facciones más importantes
de la Hermandad. No soportaba la idea de tener que verla decidiendo y tomando
acción sobre asuntos que él consideraba impropios y creía que su participación
en la organización los pondría a todos en peligro. Había que considerar la
forma de eliminarla y nombrar a otra persona, varón por supuesto, como nuevo
jefe de esa facción. Natasha Rotzkin, la viuda de Germán La Villa, le resultaba
una mujer con demasiados secretos y, por alguna extraña razón, la quería fuera
de cualquier maniobra. Pero aún no podía
dar la orden de matarla, debía tener la autorización del Santo Padre, de lo
contrario sería él quien perdería la vida.
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