Wong
estaba en su despacho, en el mismo lugar en donde creyó que le iban a dictar su
sentencia final. Tenía un vaso de whisky y hacía sonar los hielos contra el
vidrio. En sus rodillas tenía un enorme gato de Angora blanco, al que
acariciaba mecánicamente. Estaba en penumbras y meditaba.
Había
convencido al enviado de la Hermandad de su predisposición para aceptar las
operaciones clandestinas en la triangulación de la venta de armas, Monseñor
Borrelli se había llevado la mejor impresión del heredero de uno de los grupos
chinos más grandes y poderosos y se frotaba las manos pensando en las ganancias
que obtendrían juntos. Pero Wong tenía una sola
pregunta en mente. ¿Cómo desmoronar al más grande imperio conocido?
¿Cómo derrotarlos y hacerlos caer estruendosamente, para quedarse él como único
dueño de los negocios criminales en el mundo?
Sabía que
desesperarse por llegar al poder podría jugarle en contra y debía ser muy
cauteloso. No en vano esta asociación se había mantenido en pie durante dos mil
años y utilizando la fe como pantalla. Eran bien vistos por gran parte de la
sociedad, millones de personas acudían a San Pedro para ver a su líder aunque
sea una vez en la vida y aclamaban a cada anciano elegido como si fuera el
salvador del mundo.
Debía
analizar sabiamente cada movimiento, porque podía perder la vida en cualquier
intento fallido. Estaba al tanto que a quienes se les había subido el poder a
la cabeza les había ido mal, habían perdido la vida o terminaban encerrados en
la cárcel, con algunos privilegios, sin dudas, sobre todo para que no hablasen
de quienes manejaban realmente el negocio, pero… ¿quién creería que el Papa y
toda la cúpula superior del Vaticano manejaban los hilos más finos de la venta
de drogas, de armas y de la prostitución esclava en todo el mundo?
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