Natasha
había retornado a Italia. Debía volver a ocupar el lugar que le correspondía en
la Orden y comenzar a buscar la manera de vengarse de sus torturadores,
destruirlos y poder vivir en paz. Sin embargo, una parte de ella odiaba
continuar la tarea que había empezado el tío Roberto hace tantos años. Sabía
que debía manejar el destino de mujeres que, como ella, habían sido
secuestradas y reducidas a la esclavitud. Que aún debía manejar el tráfico de
drogas que venía desde Sudamérica para ser vendida en Europa y vender armas
ilegales.
Haber
visto a sus hermanas después de tantos años, poder abrazarlas, recuperar parte
de su historia, la que Roberto le robó, conocer en qué forma murió realmente su
madre, enfrentarse con esa mujer que había sido la destinataria de todos los
secretos de su padre, la había perturbado mucho. Toda su frialdad, la dureza
que había construido sobre sí misma para poder sobrevivir se había
resquebrajado simplemente porque deseaba volver a ser aquélla jovencita
divertida, con sueños y ganas de comerse al mundo que había sido y que mataron
de un golpe.
Tenía que planear muy bien cómo desenmascarar
a la cúpula eclesiástica, principales cabecillas de todo el negocio, que exponían a quienes
deseaban sumarse al negocio, para que jamás logren llegar a ellos. Tenía que
saber exactamente qué haría, porque su vida estaba en riesgo y, si descubrían
su verdadera identidad, la de sus hermanas también. Lo que no sospechaba era
que se encontraría con alguien que iba en su mismo camino, pero con intenciones
diferentes a las suyas, y que podría entorpecer todos sus planes.
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