Aquéllos monjes pronto levantaron la iglesia en
donde veneraban a su santo. Casi siempre se la pasaban encerrados, y muy pocos
lugareños tenían acceso al lugar, que tenía una enorme empalizada alrededor,
decían que para evitar los ataques de los infieles musulmanes u otros
invasores.
De vez en
cuando mandaban llamar a algunas mujeres para que realizaran la limpieza y
había dos o tres que concurrían semanalmente a cocinarles. Siempre que estaban
enfrente de ellas, o de cualquier poblador del pueblo, hablaban en latín y
ninguno podía comprender nada de lo que ocurría. Ciertamente que cada tanto
llegaban barcos al pequeño puerto,
descargaban enormes cajas, para lo cual precisaban los servicios de los
carromatos de los lugareños y los llevaban al patio.
La orden
era que los dejaran ahí. A veces, algunas cajas, tenían pequeños agujeros. Una
vez un lugareño dijo que por uno de esos huecos salió un dedo que parecía
humano. Otro dijo que había escuchado algo parecido a voces, pero no comprendía
qué significaban. Los murmullos corrían entre las reuniones nocturnas sobre
animales fantásticos, o monstruos que esos hombres divinos podrían capturar
para honrar a su dios.
Los monjes
no siempre eran los mismos. A veces habían guerreros, que custodiaban portones
y alfeizares, sobre todo cuando llegaban esos extraños barcos con las grandes
cajas misteriosas. Ellos conocían todas las habladurías que circulaban por las
casas y ninguno jamás se preocupó por desmentirlas, cuanto más fantasearan, más
los dejarían en paz.
Los siglos
fueron pasando y la historia dejó su marca en la construcción y la enorme
abadía fue decayendo, las paredes de la empalizada cayeron, dejando a la vista
la construcción de la Iglesia, que también fue remozada, renovada, los monjes
siempre custodiaron el lugar y poco a poco se convirtió en algo turístico. El
poder que había tomado el culto católico hizo que la iglesia dedicada a San
Basilio fuera renovada, con vitrales, esculturas, con una historia que ninguno de los actuales
ciudadanos podrían contradecir, porque el boca a boca eran leyendas sobre
gritos que algún pastor había escuchado detrás de la antigua empalizada o sobre
partes de cuerpos de mujeres que aparecían cada tanto en las playas más
alejadas.
El templo
recibía, a través de mercaderes que viajaban a Oriente, telas y especias, que
los monjes vendían a Europa. Pero también, dentro de muchas cajas, llegaban
armas para enviar a las distintas guerras que los miembros de la iglesia
necesitaban apoyar para ganar poder. También llegaban prisioneros de guerra,
que eran vendidos como esclavos para suplir a los vasallos de los feudos que
partían con su señor a las guerras. Y mujeres, quienes eran ofrecidas a los
señores como parte de los botines. Las más viejas terminaban trabajando en los
campos, o en las cocinas.
Las más
jóvenes, eran llevadas a los campamentos para que los soldados se entretuvieran
mientras esperaban que llegara el tiempo de combatir. Algunas quedaban dentro
del templo, para solaz de los mismos monjes, apenas alimentadas, abusadas todos
los días, encerradas en mazmorras y sin volver a ver la luz del sol. Aquéllas
que quedaban embarazadas tras las violaciones a las que eran sometidas, muchas
veces morían en los partos y sus hijos varones eran ofrecidos para diversos
servicios; las niñas eran vendidas para cumplir tareas domésticas y para lo que los amos decidieran cuando estas crecieran. Si nacían con algún
defecto, por las noches los dejaban abandonados en el bosque, en donde los animales
salvajes y el frío intenso de la región acababan con sus vidas.
Nunca
nadie sospechó realmente las actividades que se realizaban dentro de esa
edificación, ni el lugar que ocupaba dentro de la Hermandad que ahora manejaba
todos los hilos desde el Vaticano. El verdadero centro de poder, allá lejos en
el tiempo, cuando la historia recién comenzaba a ser contada, había sido esa
iglesia perdida en un pueblo aburrido, a las orillas del Mar Mediterráneo.
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