domingo, 28 de julio de 2019

Capítulo 36


Aquéllos monjes pronto levantaron la iglesia en donde veneraban a su santo. Casi siempre se la pasaban encerrados, y muy pocos lugareños tenían acceso al lugar, que tenía una enorme empalizada alrededor, decían que para evitar los ataques de los infieles musulmanes u otros invasores.

    De vez en cuando mandaban llamar a algunas mujeres para que realizaran la limpieza y había dos o tres que concurrían semanalmente a cocinarles. Siempre que estaban enfrente de ellas, o de cualquier poblador del pueblo, hablaban en latín y ninguno podía comprender nada de lo que ocurría. Ciertamente que cada tanto llegaban barcos al  pequeño puerto, descargaban enormes cajas, para lo cual precisaban los servicios de los carromatos de los lugareños y los llevaban al patio.

    La orden era que los dejaran ahí. A veces, algunas cajas, tenían pequeños agujeros. Una vez un lugareño dijo que por uno de esos huecos salió un dedo que parecía humano. Otro dijo que había escuchado algo parecido a voces, pero no comprendía qué significaban. Los murmullos corrían entre las reuniones nocturnas sobre animales fantásticos, o monstruos que esos hombres divinos podrían capturar para honrar a su dios.

    Los monjes no siempre eran los mismos. A veces habían guerreros, que custodiaban portones y alfeizares, sobre todo cuando llegaban esos extraños barcos con las grandes cajas misteriosas. Ellos conocían todas las habladurías que circulaban por las casas y ninguno jamás se preocupó por desmentirlas, cuanto más fantasearan, más los dejarían en paz.

    Los siglos fueron pasando y la historia dejó su marca en la construcción y la enorme abadía fue decayendo, las paredes de la empalizada cayeron, dejando a la vista la construcción de la Iglesia, que también fue remozada, renovada, los monjes siempre custodiaron el lugar y poco a poco se convirtió en algo turístico. El poder que había tomado el culto católico hizo que la iglesia dedicada a San Basilio fuera renovada, con vitrales, esculturas, con  una historia que ninguno de los actuales ciudadanos podrían contradecir, porque el boca a boca eran leyendas sobre gritos que algún pastor había escuchado detrás de la antigua empalizada o sobre partes de cuerpos de mujeres que aparecían cada tanto en las playas más alejadas.

    El templo recibía, a través de mercaderes que viajaban a Oriente, telas y especias, que los monjes vendían a Europa. Pero también, dentro de muchas cajas, llegaban armas para enviar a las distintas guerras que los miembros de la iglesia necesitaban apoyar para ganar poder. También llegaban prisioneros de guerra, que eran vendidos como esclavos para suplir a los vasallos de los feudos que partían con su señor a las guerras. Y mujeres, quienes eran ofrecidas a los señores como parte de los botines. Las más viejas terminaban trabajando en los campos, o en las cocinas.

    Las más jóvenes, eran llevadas a los campamentos para que los soldados se entretuvieran mientras esperaban que llegara el tiempo de combatir. Algunas quedaban dentro del templo, para solaz de los mismos monjes, apenas alimentadas, abusadas todos los días, encerradas en mazmorras y sin volver a ver la luz del sol. Aquéllas que quedaban embarazadas tras las violaciones a las que eran sometidas, muchas veces morían en los partos y sus hijos varones eran ofrecidos para diversos servicios; las niñas eran vendidas para cumplir tareas domésticas y para  lo que los amos decidieran  cuando estas crecieran. Si nacían con algún defecto, por las noches los dejaban abandonados en el bosque, en donde los animales salvajes y el frío intenso de la región acababan con sus vidas.

    Nunca nadie sospechó realmente las actividades que se realizaban dentro de esa edificación, ni el lugar que ocupaba dentro de la Hermandad que ahora manejaba todos los hilos desde el Vaticano. El verdadero centro de poder, allá lejos en el tiempo, cuando la historia recién comenzaba a ser contada, había sido esa iglesia perdida en un pueblo aburrido, a las orillas del Mar Mediterráneo.

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