La cúpula
de la Hermandad le pedía una ofrenda. Natasha debía entregar algo a cambio para
conservar su puesto en la orden, ya que uno de los asesores del Santo Padre
insistía en que una mujer no era capaz de cumplir con ciertos requisitos que a
otros miembros se les exigía. Ella se oponía a la idea de enviar a una mujer a
soportar el ritual al que había sido sometida cuando Roberto la entregó. Sin
embargo, si no lo hacía, podía llegar a perder ciertos privilegios y no volver
a tener contacto directo con la cumbre de la organización y, así, alejarse de
la posibilidad de vengarse de ellos.
La
conversación con Monseñor Borrelli no había sido fácil. Él dudaba de ella y la
quería fuera de la orden, de manera que haría lo imposible por lograrlo.
Natasha tenía que pensar muy bien cómo sería su próximo paso, ya que una
negativa la debilitaría ante todos. Eran personas sin escrúpulos y sin moral,
dispuestas a todo con tal de conservar sus privilegios y no perder ni una pizca
de poder.
“Una mujer
de su familia, estimada señora, nos aseguraría su pertenencia total y absoluta
a la Hermandad. Es un pequeño sacrificio que todos los miembros deben realizar,
para demostrar que están dispuestos a cumplir nuestras reglas y que obedecen a
costumbres muy antiguas. Debemos respetar esas reglas, mi querida señora, y
usted debe demostrarnos que es digna de pertenecer a nuestra orden”, le había
dicho Monseñor Borrelli. Por su tono de voz notaba que disfrutaba de cada
palabra que decía, como disfrutando saborear el botín con anticipación.
Natasha
sentía asco ante la voz de ese hombre, recordando la cueva a donde la habían
llevado aquélla noche y las torturas a las que fue sometida. Intentaba
conservar la calma, dominar su voz para que él no se diera cuenta de sus
emociones.
-Sus deseos serán satisfechos, Monseñor- le habría dicho para terminar la charla lo antes
posible.
¿Cómo
haría para entregar a una mujer y convencerlos de que era de su familia? Debía
llevarla al mismo caserón en donde su tío la entregó, hacerle tomar el mismo té
con somníferos y dejar que la vejaran esos trece viejos siniestros, que nada
tenían que ver con lo que predicaban. Debía demostrar ante aquélla mujer
que aún oficiaba de ama de llaves que la
persona que ella les proporcionase como ofrenda era su pariente mediante una
charla y esa conversación debía ser absolutamente natural. Debía buscar la forma
de evitar todo eso, pero al mismo tiempo, debía cumplir con la orden para
mantenerse en la Hermandad. Y no tenía idea de cómo podría resolver esa
encrucijada.
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