Apenas
Wong la vio, le llamó la atención. Aquella mujer le recordaba a alguien, no
podía saber a quién. Se habían cruzado en el caserón en donde se reunían los
miembros más encumbrados de la Hermandad. Una de las reglas era que los
miembros que no formaban parte del clero no debían conocerse entre sí,
excepción hecha cuando estaba previamente autorizado por los sacerdotes para
llevar a cabo alguna operación.
En
realidad Wong se había adelantado al horario de su cita. Ella salía por la enorme
escalera de mármol, vestía de negro, elegante y, a pesar de que ya no era una
niña, a Wong le resultó sensual. Bajo el sombrero y detrás del tul, podía verse
el rostro de aquélla mujer que despertó su curiosidad.
Ella lo
había mirado. Algo le había pasado a esa mujer, porque detuvo por un instante
su descenso y lo miró fijamente. Apenas fue un cruce de miradas. Wong hizo un
gesto con la cabeza a modo de saludo que ella retribuyó. Siguió su camino hasta
un coche negro que la esperaba, subió y el chofer cerró la puerta, subió a su
sitio y se alejó del caserón. Wong no podría imaginar que sus movimientos eran
observados detrás de los vidrios negros del coche que trasladaba a esa mujer.
Mientras esperaba a que le abrieran la puerta, envió un mensaje de texto a uno
de sus hombres. “Sale una mujer del castillo, síguela y averigua quién es”.
Un
empleado le abrió la puerta y lo acompañó hasta el saloncito en donde los
obispos se reunían. Todos lo miraron con desagrado. Se había adelantado y aún
no habían terminado de acordar entre ellos qué porcentaje le iban a ofrecer
para el nuevo cargamento de armas para vender a los países asiáticos. Además,
debían pedirle que aumente las precauciones, ya que un proveedor de opio había
sido detectado por las fuerzas de seguridad de su país y le habían secuestrado
un cargamento importante de droga.
Borrelli
se adelantó a saludarlo.
-Señor Wong, muy buenas tardes y bienvenido.
Wong sólo
contestó con una leve inclinación de cabeza. Miró instintivamente hacia la
puerta, gesto que fue percibido por Borrelli.
-¿Vio a la mujer que salía de aquí?
-Sí, la vi bajando la escalera.
-¿Hablaron?
-No.
-Es muy bonita, comprendo que se haya quedado
impactado- comentó el sacerdote fingiendo simpatía.
Wong no respondió.
Si, la mujer le parecía bonita, pero había algo más. Algo que lo perturbaba, no
sólo emocionalmente.
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