domingo, 28 de julio de 2019

Capítulo 39


    Natasha se miraba la cicatriz en su hombro. Había logrado quitar los rastros del símbolo que Wong le había grabado en la piel con hierro candente cuando la robó a ella y a otras mujeres más del prostíbulo en el que estaba.

     La época en que había sido esclava en el prostíbulo de Wong fue el peor de su vida. El tiempo que el bar no atendía, ellas debían limpiar las asquerosidades que los clientes dejaban a su paso, vómitos, salivazos, sangre de peleas entre hombres por pretender que los atendiera la misma chica. Dormían en un cuarto pequeño y oscuro, sin camas, con trapos o mantas viejas y sucias tiradas en el piso. Antes de abrir debían bañarse en una ducha pequeña y de a dos o tres mujeres al mismo tiempo, cambiarse y arreglarse para que los clientes las encontrasen limpias y atractivas. La comida era un plato de una porquería con sabor a nada e ingredientes que nadie podía identificar.

     A las nuevas realmente las torturaban demasiado. Cuando físicamente no servían para el prostíbulo, les daban harapos sucios y las mandaban a mendigar, robándoles lo que recaudaban. Algunas terminaban enloqueciendo, otras, las más reacias, morían por sobredosis. Los cuerpos hallados en rutas o flotando en ríos desaparecían de los medios rápidamente, gracias a los sobornos que Wong daba a los policías, que resolvían con suicidios todos los casos. 

     Ella pudo salir de allí gracias a un empresario ruso, que pagaba grandes fortunas para que se la reserven mientras permanecía en China y luego la compró en una subasta. Con ese hombre estuvo algo mejor, sin embargo seguía siendo esclava. Cuando Boris se aburrió de ella porque había encontrado una chica más joven, apareció un interesado en llevársela. Nunca había imaginado que el ruso la había ofrecido en un sitio secreto de internet,  para recuperar el dinero que “había invertido” en ella y ocuparse solo de la jovencita que lo mantenía entretenido.

     Allí fue donde la vio Germán. Y pujó junto a otros contrincantes que apostaban sólo como forma de entretenimiento o para desafiarse entre ellos. Germán había pagado por ella y le había dado la libertad, a cambio de “matar” su pasado y proveerla de una nueva identidad. Como Florencia sería toda la vida perseguida por ese pasado, como Natasha podría tener una perspectiva diferente para el futuro.

    Sin embargo ahora aparecía Wong. Mirando la cicatriz en donde hasta hace unos años había estado la marca del escorpión, Natasha deseaba que él no la recordara, pensaba que entre tantas mujeres que habían pasado por su negocio, no recordaría el rostro de la única prostituta que lo había escupido en presencia de sus matones y de otras mujeres esclavizadas como ella.

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