Natasha se
miraba la cicatriz en su hombro. Había logrado quitar los rastros del símbolo
que Wong le había grabado en la piel con hierro candente cuando la robó a ella
y a otras mujeres más del prostíbulo en el que estaba.
La época
en que había sido esclava en el prostíbulo de Wong fue el peor de su vida. El
tiempo que el bar no atendía, ellas debían limpiar las asquerosidades que los
clientes dejaban a su paso, vómitos, salivazos, sangre de peleas entre hombres
por pretender que los atendiera la misma chica. Dormían en un cuarto pequeño y oscuro,
sin camas, con trapos o mantas viejas y sucias tiradas en el piso. Antes de
abrir debían bañarse en una ducha pequeña y de a dos o tres mujeres al mismo
tiempo, cambiarse y arreglarse para que los clientes las encontrasen limpias y
atractivas. La comida era un plato de una porquería con sabor a nada e
ingredientes que nadie podía identificar.
A las
nuevas realmente las torturaban demasiado. Cuando físicamente no servían para
el prostíbulo, les daban harapos sucios y las mandaban a mendigar, robándoles
lo que recaudaban. Algunas terminaban enloqueciendo, otras, las más reacias,
morían por sobredosis. Los cuerpos hallados en rutas o flotando en ríos
desaparecían de los medios rápidamente, gracias a los sobornos que Wong daba a
los policías, que resolvían con suicidios todos los casos.
Ella pudo
salir de allí gracias a un empresario ruso, que pagaba grandes fortunas para
que se la reserven mientras permanecía en China y luego la compró en una
subasta. Con ese hombre estuvo algo mejor, sin embargo seguía siendo esclava.
Cuando Boris se aburrió de ella porque había encontrado una chica más joven,
apareció un interesado en llevársela. Nunca había imaginado que el ruso la
había ofrecido en un sitio secreto de internet,
para recuperar el dinero que “había invertido” en ella y ocuparse solo
de la jovencita que lo mantenía entretenido.
Allí fue
donde la vio Germán. Y pujó junto a otros contrincantes que apostaban sólo como
forma de entretenimiento o para desafiarse entre ellos. Germán había pagado por
ella y le había dado la libertad, a cambio de “matar” su pasado y proveerla de
una nueva identidad. Como Florencia sería toda la vida perseguida por ese
pasado, como Natasha podría tener una perspectiva diferente para el futuro.
Sin
embargo ahora aparecía Wong. Mirando la cicatriz en donde hasta hace unos años
había estado la marca del escorpión, Natasha deseaba que él no la recordara,
pensaba que entre tantas mujeres que habían pasado por su negocio, no
recordaría el rostro de la única prostituta que lo había escupido en presencia
de sus matones y de otras mujeres esclavizadas como ella.
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