miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 5


    Si, definitivamente Juliana y Corina tenían el mismo aroma, el mismo perfume y le dejaban la misma loca sensación de no poder controlar sus instintos. Roberto tomó su vaso de agua y caminó hacia el balcón del edificio en donde estaba viviendo. Una brisa leve corría, pero no hacía frío, cosa muy rara en la ciudad cuyos veranos eran famosos por bajar la temperatura de forma extraordinaria, por más que durante el día se superaran los 34 grados.

     No quería ponerse sentimental. No  quería que los recuerdos volvieran a su mente. No quería pensar en nada. Porque no pensar era la única forma que tenía de sobrevivir en esa selva a la que había decidido entrar hacía tantos años. Para poder ser un jefe  narco, un  mafioso, un delincuente, no podía mostrar debilidades ni afectos, ya que ante una amenaza, ellos serían las primeras víctimas. No, nadie debía saber a quién amaba Roberto La Villa.

     En  medio de la noche, sin embargo, los pensamientos volaban hacia el pasado. El perfume de Juliana se le había quedado impregnado en la memoria y no podía evitar pensar en Corina, en qué habría pasado si ella no se hubiera empecinado en casarse con Feliciano. En cómo habría sido la historia si se hubiese fijado en él y no en su hermano calavera.

     La pequeña ceremonia de casamiento entre Corina y Feliciano fue más parecida a un velatorio que a una fiesta. Entre apurones y corridas, Sara apenas pudo hacerle preparar un vestido sencillo, una reunión para pocos invitados y con apenas unos sándwiches y algunas bebidas. También debía soportar las miradas suspicaces y los comentarios irónicos sobre la urgencia de la boda por parte de conocidas y vecinas que, evidentemente, no tenían otra cosa que hacer. El rostro de Sara no colaboraba mucho para despejar esas dudas que, por lo bajo, algunas personas hacían sobre un posible embarazo de Corina y un matrimonio de apuro para disimular la situación ante los demás.

    Sara hubiera preferido llevarse a su hija muy lejos, desaparecer y comenzar de nuevo en algún lugar donde nadie las conociera. Pero comprendía que su  hija era capaz de cometer una locura si la separaba de ese hombre con el que se había obsesionado. En el fondo, ella también temía que esos rumores que corrían por todo el barrio fueran verdad.

    Tras la fiesta, los novios se quedaron solos. Sara había decidido irse a pasar unos días a la casa de una prima, para que los jóvenes no tuvieran que gastar dinero en hoteles y Corina se sintiera más cómoda en esas primeras noches de mujer casada. Intentó hablar con ella para que estuviera preparada sobre ciertos detalles de la noche de bodas, pero Corina se lo impidió. No quería escuchar nada que viniera de parte de su madre, porque estaba convencida de que todo lo que dijera sería para ponerla en contra de Feliciano.

     Su sueño se había cumplido. Era la esposa de Feliciano, ahora estaban unidos eternamente. Entre los dos acomodaron algunas cosas y fueron al cuarto. Corina estaba cansada y sólo quería dormir acurrucada entre los brazos de su esposo. Cuando se cambió el vestido de novia por el camisón y fue hacia la cama, Feliciano ya la estaba esperando.

    La besó con cierta brusquedad. Ella intentó acomodarse sobre el pecho de él, pero Feliciano la tomó por los brazos y la besó de un modo que nunca lo había hecho.

-¿Qué hacés? Sos un asqueroso.

-¿No querías tener esposo, casarte? ¿Qué pensás que la gente casada hace? ¿Duerme?

-Me estas lastimando, soltame.

    Corina intentaba soltarse de las manos de Feliciano, que de repente se habían vuelto duras como garras.

-Vos querías casarte, ahora cumplí con tus deberes de esposa.

-¿Y qué tiene que ver que me lengüetees por la cara con cumplir mis deberes de esposa? Estás loco, soltame!

-¿Pensas que tus deberes de esposa son lavar, planchar y cocinar? Jajajajaja, no seas ridícula.

    Corina luchaba contra ese extraño en que se había vuelto el hombre que amaba. Intentaba defenderse de sus ataques. Él buscó su boca y metió su lengua dentro de la de ella, que apretaba la mandíbula, cerrando los dientes. Feliciano tomó el rostro de Corina con una de sus manos, presionando en las mandíbulas para contrarrestar la fuerza que ella hacía. Ella lo mordió. Feliciano se alejó adolorido, tenía un hilo de sangre en el labio. Le dio un bofetazo.

-Hija de puta, para qué te querías casar si no querés coger. Ahora vas a saber lo que es bueno.

     Le rompió el camisón y la dejó desnuda. Ella solo reaccionó tapándose los senos con los brazos. Feliciano la tiró con brutalidad sobre la cama y se le echó encima, quitando los brazos de Corina y tomándola por las muñecas. Intentó forcejear para soltarse, pero no podía luchar contra la fuerza de su marido. Lo sentía sobre ella, restregándole la cara por sus pechos, lambiéndola, salivándola, escuchando cada vez más lejana la voz que repetía asquerosidades e improperios. Ella no quería esto. Ella sólo quería dormir sobre su pecho y sentirse protegida.

     De repente sintió un dolor muy fuerte entre sus piernas. Feliciano la penetraba con ferocidad. Lanzo un grito que ya no podía contener y lloró.

-¿Así te gusta? ¿Ahora estás contenta? ¿Querías casarte? ¿Querías ser mujer?

    Él repetía estas palabras mientras la violaba. Era su esposa y tenía todo el derecho del mundo de consumar su matrimonio, sin dejar de considerar que Corina lo había obligado a casarse. La joven permanecía con los ojos cerrados, con la cara vuelta a un lado y mordiéndose los labios para no gritar nuevamente. Su único deseo en ese momento era que la tortura acabase.

     Feliciano se movía rítmicamente sobre ella, presionando sus senos, lastimándola, mordiéndole los labios, dándole pequeños cachetazos y obligándola a mirarlo. De repente, el hombre dejó de moverse, se retiró de su cuerpo y se recostó al lado de ella, sin mirarla.

    Corina solo sabía que quería huir de allí, alejarse de ese hombre para siempre, pero había jurado permanecer con él ante Dios, ahora eran marido y mujer. Ya no podía arrepentirse. ¿Cómo miraría a su madre cuando le preguntara algo sobre esta noche? No había querido escuchar sus consejos y se había encaprichado en casarse con alguien que, evidentemente, ella desconocía.

     Se levantó, fue al baño y sintió que algo le corría por las piernas. Vio algo viscoso y apenas blancuzco. Tuvo asco, vomitó y se quedó tirada en el suelo al lado del inodoro, llorando desconsolada.

     Cuando Sara regresó a la casa, creyó que iba a encontrar a su hija feliz, plena. En realidad, su mayor deseo era haber estado equivocada sobre Feliciano y que sus dudas y sospechas se disipasen para siempre.

     Había pasado algo más de una semana. Las noches tormentosas se reflejaban en el rostro de  Corina. Sus ojos hinchados le indicaban que había estado llorando. Estaba delgada y triste. Cuando se quedaron solas, Sara buscó indagar a su hija, saber qué había ocurrido durante esos días. Corina solo pudo abrazar a su madre y llorar desconsoladamente.

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