Si,
definitivamente Juliana y Corina tenían el mismo aroma, el mismo perfume y le
dejaban la misma loca sensación de no poder controlar sus instintos. Roberto
tomó su vaso de agua y caminó hacia el balcón del edificio en donde estaba
viviendo. Una brisa leve corría, pero no hacía frío, cosa muy rara en la ciudad
cuyos veranos eran famosos por bajar la temperatura de forma extraordinaria,
por más que durante el día se superaran los 34 grados.
No quería
ponerse sentimental. No quería que los
recuerdos volvieran a su mente. No quería pensar en nada. Porque no pensar era
la única forma que tenía de sobrevivir en esa selva a la que había decidido
entrar hacía tantos años. Para poder ser un jefe narco, un
mafioso, un delincuente, no podía mostrar debilidades ni afectos, ya que
ante una amenaza, ellos serían las primeras víctimas. No, nadie debía saber a
quién amaba Roberto La Villa.
En medio de la noche, sin embargo, los
pensamientos volaban hacia el pasado. El perfume de Juliana se le había quedado
impregnado en la memoria y no podía evitar pensar en Corina, en qué habría
pasado si ella no se hubiera empecinado en casarse con Feliciano. En cómo
habría sido la historia si se hubiese fijado en él y no en su hermano calavera.
La
pequeña ceremonia de casamiento entre Corina y Feliciano fue más parecida a un
velatorio que a una fiesta. Entre apurones y corridas, Sara apenas pudo hacerle
preparar un vestido sencillo, una reunión para pocos invitados y con apenas
unos sándwiches y algunas bebidas. También debía soportar las miradas
suspicaces y los comentarios irónicos sobre la urgencia de la boda por parte de
conocidas y vecinas que, evidentemente, no tenían otra cosa que hacer. El
rostro de Sara no colaboraba mucho para despejar esas dudas que, por lo bajo,
algunas personas hacían sobre un posible embarazo de Corina y un matrimonio de
apuro para disimular la situación ante los demás.
Sara
hubiera preferido llevarse a su hija muy lejos, desaparecer y comenzar de nuevo
en algún lugar donde nadie las conociera. Pero comprendía que su hija era capaz de cometer una locura si la
separaba de ese hombre con el que se había obsesionado. En el fondo, ella
también temía que esos rumores que corrían por todo el barrio fueran verdad.
Tras la
fiesta, los novios se quedaron solos. Sara había decidido irse a pasar unos
días a la casa de una prima, para que los jóvenes no tuvieran que gastar dinero
en hoteles y Corina se sintiera más cómoda en esas primeras noches de mujer
casada. Intentó hablar con ella para que estuviera preparada sobre ciertos
detalles de la noche de bodas, pero Corina se lo impidió. No quería escuchar
nada que viniera de parte de su madre, porque estaba convencida de que todo lo
que dijera sería para ponerla en contra de Feliciano.
Su sueño
se había cumplido. Era la esposa de Feliciano, ahora estaban unidos
eternamente. Entre los dos acomodaron algunas cosas y fueron al cuarto. Corina
estaba cansada y sólo quería dormir acurrucada entre los brazos de su esposo.
Cuando se cambió el vestido de novia por el camisón y fue hacia la cama,
Feliciano ya la estaba esperando.
La besó
con cierta brusquedad. Ella intentó acomodarse sobre el pecho de él, pero
Feliciano la tomó por los brazos y la besó de un modo que nunca lo había hecho.
-¿Qué hacés? Sos un asqueroso.
-¿No querías tener esposo, casarte? ¿Qué pensás que
la gente casada hace? ¿Duerme?
-Me estas lastimando, soltame.
Corina
intentaba soltarse de las manos de Feliciano, que de repente se habían vuelto
duras como garras.
-Vos querías casarte, ahora cumplí con tus deberes
de esposa.
-¿Y qué tiene que ver que me lengüetees por la cara
con cumplir mis deberes de esposa? Estás loco, soltame!
-¿Pensas que tus deberes de esposa son lavar,
planchar y cocinar? Jajajajaja, no seas ridícula.
Corina
luchaba contra ese extraño en que se había vuelto el hombre que amaba.
Intentaba defenderse de sus ataques. Él buscó su boca y metió su lengua dentro
de la de ella, que apretaba la mandíbula, cerrando los dientes. Feliciano tomó
el rostro de Corina con una de sus manos, presionando en las mandíbulas para
contrarrestar la fuerza que ella hacía. Ella lo mordió. Feliciano se alejó
adolorido, tenía un hilo de sangre en el labio. Le dio un bofetazo.
-Hija de puta, para qué te querías casar si no
querés coger. Ahora vas a saber lo que es bueno.
Le rompió
el camisón y la dejó desnuda. Ella solo reaccionó tapándose los senos con los
brazos. Feliciano la tiró con brutalidad sobre la cama y se le echó encima,
quitando los brazos de Corina y tomándola por las muñecas. Intentó forcejear
para soltarse, pero no podía luchar contra la fuerza de su marido. Lo sentía
sobre ella, restregándole la cara por sus pechos, lambiéndola, salivándola,
escuchando cada vez más lejana la voz que repetía asquerosidades e improperios.
Ella no quería esto. Ella sólo quería dormir sobre su pecho y sentirse
protegida.
De
repente sintió un dolor muy fuerte entre sus piernas. Feliciano la penetraba
con ferocidad. Lanzo un grito que ya no podía contener y lloró.
-¿Así te gusta? ¿Ahora estás contenta? ¿Querías
casarte? ¿Querías ser mujer?
Él repetía
estas palabras mientras la violaba. Era su esposa y tenía todo el derecho del
mundo de consumar su matrimonio, sin dejar de considerar que Corina lo había
obligado a casarse. La joven permanecía con los ojos cerrados, con la cara
vuelta a un lado y mordiéndose los labios para no gritar nuevamente. Su único
deseo en ese momento era que la tortura acabase.
Feliciano
se movía rítmicamente sobre ella, presionando sus senos, lastimándola,
mordiéndole los labios, dándole pequeños cachetazos y obligándola a mirarlo. De
repente, el hombre dejó de moverse, se retiró de su cuerpo y se recostó al lado
de ella, sin mirarla.
Corina
solo sabía que quería huir de allí, alejarse de ese hombre para siempre, pero
había jurado permanecer con él ante Dios, ahora eran marido y mujer. Ya no
podía arrepentirse. ¿Cómo miraría a su madre cuando le preguntara algo sobre
esta noche? No había querido escuchar sus consejos y se había encaprichado en
casarse con alguien que, evidentemente, ella desconocía.
Se
levantó, fue al baño y sintió que algo le corría por las piernas. Vio algo
viscoso y apenas blancuzco. Tuvo asco, vomitó y se quedó tirada en el suelo al
lado del inodoro, llorando desconsolada.
Cuando
Sara regresó a la casa, creyó que iba a encontrar a su hija feliz, plena. En
realidad, su mayor deseo era haber estado equivocada sobre Feliciano y que sus
dudas y sospechas se disipasen para siempre.
Había
pasado algo más de una semana. Las noches tormentosas se reflejaban en el
rostro de Corina. Sus ojos hinchados le
indicaban que había estado llorando. Estaba delgada y triste. Cuando se
quedaron solas, Sara buscó indagar a su hija, saber qué había ocurrido durante
esos días. Corina solo pudo abrazar a su madre y llorar desconsoladamente.
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