Natasha
miraba el arma en la mesita del saloncito. Tomó un sorbo del whisky que se
había servido, se levantó y se dirigió a la computadora, la desenchufó y fue
hasta la cocina. Había dado permiso a los empleados de la casa para que se
tomaran su día libre. Buscó un encendedor y salió al patio que daba al fondo de
la casa.
Como todo
argentino, Roberto había mandado hacer una parrilla, para no extrañar tanto los
asados a los que estaba acostumbrado. Buscó maderas, papeles y encendió una
fogata en el parrillero. Una vez que las
llamas estuvieron altas, arrojó la notebook con la que se comunicaba con sus
hermanas y miró como el plástico ardía y se derretía ante ella. También arrojó
su teléfono. No podía dejar ningún rastro sobre su identidad y mucho menos
sobre su familia y su pasado.
Debía
dejar un flujo constante de dinero para que sus hermanas tuvieran su futuro
asegurado. Eso lo arreglaría con un banco totalmente ajeno a las actividades de
la Hermandad. Iba a dar órdenes para que su personal más fiel también tuviera
una retribución por sus servicios, y debía pensar bien cuál sería su última, y
tal vez la única, oportunidad de dar un golpe a la organización. Sus sueños de
venganza de repente se frustraron y sabía que ya no tendría muchas
oportunidades para atacar a los grandes jefes de la Hermandad.
Volvió a
la cocina, tomó un cuchillo, y se dirigió a su habitación. Se arrodilló al pie
de su cama y con el cuchillo abrió la funda del colchón. Metió la mano y retiró
unos papeles. Allí estaban sus papeles reales. Se levantó y volvió hasta el
parrillero. También los arrojó. Nadie podía saber quién era ella y tampoco podía poner en riesgo la vida de sus hermanas. Esta vez, sí Florencia La Villa desaparecería para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario