domingo, 28 de julio de 2019

Capítulo 41


    Natasha miraba el arma en la mesita del saloncito. Tomó un sorbo del whisky que se había servido, se levantó y se dirigió a la computadora, la desenchufó y fue hasta la cocina. Había dado permiso a los empleados de la casa para que se tomaran su día libre. Buscó un encendedor y salió al patio que daba al fondo de la casa.

    Como todo argentino, Roberto había mandado hacer una parrilla, para no extrañar tanto los asados a los que estaba acostumbrado. Buscó maderas, papeles y encendió una fogata en el parrillero. Una  vez que las llamas estuvieron altas, arrojó la notebook con la que se comunicaba con sus hermanas y miró como el plástico ardía y se derretía ante ella. También arrojó su teléfono. No podía dejar ningún rastro sobre su identidad y mucho menos sobre su familia y su pasado.

     Debía dejar un flujo constante de dinero para que sus hermanas tuvieran su futuro asegurado. Eso lo arreglaría con un banco totalmente ajeno a las actividades de la Hermandad. Iba a dar órdenes para que su personal más fiel también tuviera una retribución por sus servicios, y debía pensar bien cuál sería su última, y tal vez la única, oportunidad de dar un golpe a la organización. Sus sueños de venganza de repente se frustraron y sabía que ya no tendría muchas oportunidades para atacar a los grandes jefes de la Hermandad.

     Volvió a la cocina, tomó un cuchillo, y se dirigió a su habitación. Se arrodilló al pie de su cama y con el cuchillo abrió la funda del colchón. Metió la mano y retiró unos papeles. Allí estaban sus papeles reales. Se levantó y volvió hasta el parrillero. También los arrojó. Nadie podía saber quién era ella y tampoco podía poner en riesgo la vida de sus hermanas. Esta vez, sí  Florencia La Villa desaparecería para siempre.

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