Tener a
Wong sentado en el salón de su casa era algo que jamás había imaginado. Tener
que atenderlo y esconder el desprecio que sentía por él era una tarea casi
imposible, pero Natasha se esforzaba por ser amable y que el chino no se diera
cuenta de los nervios que la atacaban.
Quería
pensar que él no había recordado su
rostro de entre las tantas mujeres que había tenido en sus prostíbulos. Quería
pensar que él no sabía que ella era la que le dio aquél escupitajo en ese
galpón oscuro donde marcaban a las esclavas sexuales como ganado. Quería que dijera rápido el tema por
el que había pedido verla y se retirara tan pronto como fuera posible.
Tomaban té
y Wong mencionaba cosas triviales. Que si los sillones eran franceses, si la
alfombra era de Turquía y que el té era mejor que cualquier producto chino que
hubiera probado en su vida. Natasha se sentía incómoda y nerviosa, pero buscaba
responderle sin que su voz dejara entrever su estado. De repente el hombre la
miró fijamente y habló.
-Se preguntará por qué razón estoy aquí.
-Por supuesto.
Wong dejó
la taza sobre la mesilla que separaba los sillones.
-Supe que usted está a cargo del brazo italiano de
la Hermandad, debido a que su esposo murió. Lo siento mucho, aunque no lo
conocía demasiado.
-Se lo agradezco- dijo Natasha con un leve gesto de
su cabeza.
-Supe también que la Hermandad no está muy satisfecha
con los resultados que está obteniendo, debido a su inexperiencia seguramente.
Ambos
hicieron un silencio. Natasha quería seguir escuchando qué más tenía para decir
y Wong quería medir el efecto de sus palabras en la mujer. Tras unos instantes,
él continuó.
-Quiero proponerle asociarnos y que me deje a mi
manejar el negocio.
Natasha
lo miró sorprendida.
-Si así lo desea, puede dedicarse a descansar,
viajar y hacer cosas de su agrado, pertenecer a una organización como la
Hermandad no es algo que le resulte grato a una mujer tan hermosa como usted.
Natasha no
sabía de qué forma reaccionar. ¿El chino le estaba proponiendo desplazarla,
para quedarse con los negocios de la familia?
-Usted recibirá todos los meses las gratificaciones
que le correspondan para mantener su nivel de vida, sin tener que preocuparse
por temas engorrosos como el traslado de esclavas, la venta de narcóticos, o la
triangulación de armas para países en guerra. Todo el trabajo duro lo haré yo,
desde mi organización, con una comisión, por supuesto.
Natasha
seguía sin responder. Tomaba su té, intentando mostrar calma. Wong le estaba
haciendo una propuesta y se preguntaba si no era Monseñor Borrelli quien
estaría detrás de todo esto, para quitarla del medio y tener más poder dentro
de la Hermandad.
-¿Y cuál es su intención real, señor Wong? No creo
que lo haga solo para ayudarme. Sabemos que en este ramo ninguno hace las cosas
por caridad.
Wong
sonrío. Natasha conocía esa sonrisa maléfica, descarnada, cuando Wong podía ser
él mismo sin máscaras.
-Señora, jamás pensé en hacer caridad con usted.
Tenemos un negocio, el suyo se está cayendo a pedazos y yo veo una gran
oportunidad para expandirme ¿a cambio de qué? De brindarle el bienestar que
mantiene, sus zapatos de marca, sus vestidos de diseño, perfumes caros y
vacaciones permanentes. Le aseguro que ese costo es mínimo a cambio de los
beneficios que obtendré.
-¿Y qué ocurre si me niego?
Wong
volvió a sonreír.
-Si se niega, sé que Monseñor Borrelli estaría muy
satisfecho con quitarle el lugar que ocupa dentro de la Hermandad, de hecho,
estoy convencido de que usted siente por él la misma simpatía que el cura le
dispensa. Borrelli podría despojarla de todo lo que tiene en menos de lo que
dura un parpadeo y le aseguro que el resto es muy desagradable para una bella
dama como usted.
Natasha
permanecía en silencio, mirando fijamente a Wong y tratando de descubrir dónde
estaba la trampa. Porque estaba segura de que había algo escondido en las
intenciones de Wong, además de sumar poder dentro de la Hermandad.
-¿Y por qué me hace esta propuesta y no me quita
directamente del medio? Sería una excelente manera de congraciarse con
Borrelli.
-Porque no me interesa congraciarme con Borrelli, él
es un estorbo para lo que realmente quiero.
Natasha
hizo un gesto de sorpresa.
-Veo que no sólo a mí me cae mal Borrelli. Señor
Wong, existen dos formas de que yo salga de este negocio y una de ellas es
muerta. Puede matarme usted o puede hacerlo ese falso profeta por medio de
cualquiera de sus lacayos. Y usted no puede matarme en este mismo instante,
porque la Hermandad se lo cobraría muy caro. Esto es un juego de ajedrez y
ninguna pieza puede moverse sin permiso del “rey”.
A Wong se
le borró la sonrisa ante las palabras de la mujer. Sabía que caminaban por un
cable muy delgado y ninguno podía arriesgarse a perder nada de lo que habían
logrado.
-Si usted me mata, Borrelli le haría pagar un alto
costo por su atrevimiento, por ejemplo, su territorio al sur de China, en donde
los prostíbulos le generan una ganancia anual fabulosa, de la que usted no
tributa a la Hermandad la parte pactada, porque tiene más esclavas que las que
reconoce ante ellos.
¿Cómo
sabía esa mujer tanto?
-Por otro lado,
Borrelli tampoco va a atreverse a matarme sin una autorización, porque
sabe que también su posición correría riesgos, perdiendo la confianza del Sumo
Sacerdote y negándole la posibilidad de manejar más cuentas…de las importantes,
que es a lo que Borrelli aspira.
Natasha hizo
un silencio, dándose cuenta de que estaba ganando un poco de tiempo y haciendo
sentir a Wong que ella era intocable, al menos por un tiempo, hasta que la
organización decidiera lo contrario.
-Si le dejo a usted mi parte del negocio, mi vida
correría riesgo. ¿Piensa que los curas van a dejarme ir de paseo por el mundo,
teniendo el conocimiento de las actividades que realizan? ¿De verdad cree que
es tan fácil cederle mi poder a usted, sin que yo pague las consecuencias?
Wong se
levantó de su asiento como impulsado por un resorte.
-Le aseguro que nadie se atrevería a tocarla, pondré
hombres a su disposición.
-¡Jajajaja! ¿Y me voy a una playa del Caribe,
rodeada de guardaespaldas? Señor Wong, parece que usted no conociera cómo
funciona la mafia.
-Usted dijo que hay dos formas de salir de la
Hermandad y una de ellas es muerta. Y hasta ahora solo me planteó esta
posibilidad. ¿Cuál sería la forma de salir viva?
Natasha se
le acercó tanto que Wong sintió miedo por primera vez. Los ojos de esa mujer le
recordaban un odio profundo, el mismo que se veía a si mismo cuando se miraba
al espejo.
-Destruyendo a la Hermandad.
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