-Tenés que ayudar a Osvaldo con el problema que tiene
con la casa. Me lo debés.
Corina se
había presentado en la empresa que Roberto había logrado levantar. Una procesadora de pescado,
que funcionaba como pantalla para ocultar el negocio real. Nunca había recibido
la visita de su cuñada en su empresa, de hecho, hacía varios años que solo se
veían solo en algún cumpleaños que no podía evitar, o en algún velatorio.
-¿Qué te debo? Corina, no sé de qué me hablás.
La mujer
se sentó frente al escritorio detrás del cual estaba parado Roberto. Se
restregaba las manos, miraba para todos lados. Se la notaba alterada.
-Se ve que te fue muy bien, no?
Roberto no
comprendía el fin de la visita.
-¿A qué viniste, Corina?
-Osvaldo, compró una propiedad y ahora que va a
escriturarla, descubrió que está inhibida porque el dueño anterior dejó una
deuda con una empresa de créditos. Le llegó una carta que si no paga esa deuda,
en 30 días tiene que irse. O lo sacan por la fuerza.
-¿Y? ¿Por qué yo tengo que ayudar a tu hijo que compra un terreno sin informarse?
¿Por qué yo me tengo que hacer cargo de esa deuda, si el muy estúpido no
consultó primero si esa propiedad estaba en condiciones aptas para ser
adquirida?
-Porque Osvaldo podría ser tu hijo.
Roberto
miró a su cuñada fijamente.
-¿Qué estás diciendo? Yo sabía que vos estabas algo
loca, Corina, pero no me vengas con esto ahora, para manipularme y que ayude a
Osvaldo!
Corina se
levantó. Se acercó hacia donde estaba Roberto. Tenía una mirada extraña,
enloquecida. Con una voz grave y baja, para que nadie más la escuche, le
susurró:
-Osvaldo podría ser tu hijo, vos sabés muy bien qué
pasó aquella noche. Lo ayudás o yo cuento todo.
Roberto se
quedó helado. Jamás había considerado la posibilidad que ese embarazo de Corina
podría ser producto de esa noche en la que no pudo contener la pasión que
sentía por ella. En el mismo tono de voz, le preguntó:
-¿Por qué no me lo dijiste?
-Porque no tengo la certeza. Porque tuve culpa y
busqué estar con tu hermano, a pesar del asco que me daba, para esconder lo que
nosotros hicimos. Porque estaba casada con él y porque si era tuyo, necesitaba
de ese hijo para que Feliciano cambiara. Porque tenía la necesidad de formar una
familia y todo me salió mal.
Roberto
sabía que no podía permitirse un escándalo familiar y que debía poner paños
fríos a Corina. Pero también sabía que podía beneficiarse de esa situación y
tomar ventaja sobre esta novedad. En definitiva, Osvaldo le agradaba.
-Podríamos hacer un análisis de ADN para corroborar
quién es el padre de tu hijo.
Corina dio
un paso hacia atrás. Nunca aceptaría esa opción. Sería admitir ante Feliciano
que ella lo había engañado todos esos años y su propia imagen de mujer honesta
caería ante todos.
-No, un análisis no, habría que dar muchas
explicaciones.
-¿Pero no acabás de decirme que si no lo ayudo a
Osvaldo, vas a contar todo?
Roberto
sabía cómo acorralar a su cuñada. Notó el nerviosismo de Corina y que jamás
abriría la boca ni diría nada a nadie sobre las dudas que la perseguían sobre
la paternidad de su hijo mayor.
Suavizó su
tono de voz. Había encontrado una forma de que Osvaldo le sirviera a sus
negocios. De aproximarse a ese sobrino
ambicioso y soberbio, algo que venía pensando desde hacía un tiempo y no sabía
muy bien cómo hacer.
-Quedate tranquila, voy a ayudar a tu hijo y no le
diré nada. A nadie. Pero el trato se rompe si vos abrís la boca para decirle a
alguien o tan solo sugerirle qué pasó aquella vez entre nosotros y sobre tus
dudas sobre quién es el padre de Osvaldo. Siempre va a ser Feliciano el padre
de tu hijo, y si vos decís algo, yo te voy a tratar de loca, que jamás te toqué
un pelo. Al ser hermanos, el adn puede salir que cualquiera puede ser el padre,
y la única que va a perder acá sos vos. Pensá que puedo hacerte encerrar en un
loquero, tus hijos te van a mirar mal, se van a alejar de vos…Feliciano mismo
te va a tratar de loca. Y yo…puedo destruir a tu hijo, a tus hijos. Ese es el
trato.
Corina nunca imaginó que ese impulso que
sintió de pedirle ayuda a Roberto pudiera volverse en su contra. Cuando supo
que Osvaldo podría perder la casa, con dos niñas pequeñas y con Clide
embarazada, sintió la desesperación de su hijo y hablar con su cuñado era una
forma de encontrarle una solución a ese problema.
Jamás
había hablado con nadie sobre lo ocurrido esa noche en la que Roberto había ido
a visitarlos por primera vez a su casa, cuando ella y Feliciano se casaron.
Ella estaba desbordada, desencantada, su sueño de casarse y ser feliz se había
caído como un castillo de naipes ante una brisa leve. Se había equivocado, pero no quiso
dar el brazo a torcer ante ninguna de las personas que le habían estado
advirtiendo sobre el carácter de su novio.
Ahora
estaba en las manos de Roberto. Sin darse cuenta, había quedado acorralada. Si
decía algo, era ella la que sería juzgada por todos. La tratarían de loca, sus
hijos la rechazarían. Feliciano, a quien durante tantos años había perseguido por sus infidelidades, a
quien tantos reproches le había hecho ¿qué le diría si llegara a enterarse de
que ella y Roberto habían tenido relaciones sexuales una noche y que de esa única
vez, ella podría haber quedado embarazada?
Sólo le
quedaba esperar a que Roberto cumpliera su palabra, que ayudara a Osvaldo y que
guardara silencio sobre aquella noche.
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