miércoles, 24 de julio de 2019

Capítulo 6


    Corina no soportaba más su vida con Feliciano. Éste volvía borracho, muchas veces no pasaba la noche en la casa, salía de juerga y cuando regresaba más temprano o de mal humor, se repetía la triste escena de la noche de bodas, en donde abusaba de su mujer sólo para satisfacer sus instintos. No le importaba otra cosa. Al fin y al cabo, ella lo había obligado a casarse y debía cumplir con sus deberes sexuales.

     A la joven le costaba mucho hablar con alguien sobre lo que sentía. Sara le había estado preguntando, pero ella le contestaba con evasivas o le cambiaba el tema. Dejó de preguntar y buscó acompañar a su hija, esperando que algún día ella le abriera su corazón.

     Corina no quería reconocer que se había equivocado en grande. Que el hombre que había imaginado no se parecía en nada al verdadero Feliciano con el que se casó. Y contarle a su  madre cómo era su vida matrimonial sería admitir que había cometido el error más grande de su vida…y ella se lo había advertido.

     Sara había decidido quedarse más tiempo viviendo en lo de su prima, que ya era una mujer mayor y la compañía no le venía para nada mal, y dejar a la pareja sola para que se consolide y puedan aprender a convivir. Pero iba dos o tres veces por semana a ayudar a su hija en los quehaceres y se daba cuenta de que algo no funcionaba bien.

     Roberto no había visitado a la pareja desde la ceremonia de matrimonio. No quería interrumpir la intimidad de la pareja y había visto a Corina radiante y feliz. Él no soportaba verla así, más allá de que fuera su hermano el hombre causante de esa felicidad. O, tal vez, por eso mismo. Si hubiera sido otro hombre, quizás se hubiese atrevido a enfrentarlo, a disputarle el amor de Corina, pero no podía enfrentarse a su propio hermano.

     Se había enamorado perdidamente de esa muchacha de ojos negros profundos, de risa sonora. Pero ella sólo tenía ojos para Feliciano, no existía nadie más en el mundo que despertara sus emociones. Roberto sentía que ella ni siquiera había notado su presencia alguna vez.

    Tras un par de meses, Roberto decidió hacer una visita formal a la casa de su hermano y viendo la unión que tenían, matar ese sentimiento que se resistía a irse de su corazón. Sin embargo, la Corina que le abrió la puerta no era la muchacha alegre que él había conocido. Tenía un rostro triste, la mirada apagada, la voz apenas era un susurro. Una sombra de la chica que le quitaba el sueño.

-Hola, Corina, ¿cómo estás?

    Roberto le dio un beso en la mejilla, su aroma seguía siendo el mismo, dulce como los jazmines, embriagador. Ella apenas respondió.

-Buenas, Roberto, estoy.

    Respondió con un leve encogimiento de hombros. Parecía que no le importaba nada.

-Si venís a verlo a Feliciano, no está.

-¿Cómo que no está? Es casi de noche, ¿A dónde fue?

     La mirada de Corina fue devastadora.

-No lo sé, por ahí, vuelve borracho, sin plata, apenas lo veo. Viene, se baña, duerme, a la mañana se va a trabajar, por ahí vuelve a almorzar y después de la siesta sale. A veces viene a la noche, se cambia y se va hasta muy entrada la madrugada.

     Roberto no atinaba a decir nada. Solo escuchaba, sentía que  Corina necesitaba hablar. Ella lloraba y hablaba a borbotones.

-Nunca pensé que tu  hermano sería así. Me deja sola todo el día, se va, no me dirige la palabra, es…es un bruto, un animal, un cerdo asqueroso.

     El muchacho no comprendía que había pasado entre los recientes esposos, para que Corina hubiese cambiado tanto sus sentimientos hacia Feliciano.

     Corina seguía llorando.

-No soporto más esta vida. Quisiera desaparecer de la faz de la tierra, irme muy lejos. Pero ahora no puedo, menos sabiendo que mi madre está esperando que mi matrimonio fracase. No le voy a dar el gusto de darle la razón.¡ Nunca!

    Roberto quiso irse, pero la angustia de Corina le preocupaba. Ella se puso a llorar desconsoladamente. No pudo resistir el impulso de abrazarla, de contenerla, de calmarla.

-Vamos, tranquila, no llores más. Feliciano es un imbécil que no sabe el tesoro que tiene, un cabeza fresca, no sé cómo hizo para pedirte casamiento, pero en el fondo te quiere, dale tiempo, no es fácil cambiar de vida de un momento al otro.

    Corina lloraba. Quería llevársela muy lejos y quitar para siempre de su memoria a su hermano. El perfume de jazmines lo invadió. La joven levantó la cara y Roberto no resistió el impulso de darle un beso. Corina no supo qué hacer. Su propio marido se había encargado de destruir el amor que le tenía, y la dulzura con la que Roberto la acariciaba era todo lo que habría querido recibir de Feliciano.

    Las manos de su cuñado se deslizaron por su cuerpo. La alzó en brazos y recorrió los pocos metros que los separaban del dormitorio. Le quitó la ropa sin dejar de besarla y la poseyó como si fuera la última vez que hacía el amor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Capítulo 48

   Los medios del mundo entero no daban abasto con la   noticia. Todas las redacciones querían ser las primeras en tener la mayor canti...