Corina no
soportaba más su vida con Feliciano. Éste volvía borracho, muchas veces no
pasaba la noche en la casa, salía de juerga y cuando regresaba más temprano o
de mal humor, se repetía la triste escena de la noche de bodas, en donde
abusaba de su mujer sólo para satisfacer sus instintos. No le importaba otra
cosa. Al fin y al cabo, ella lo había obligado a casarse y debía cumplir con
sus deberes sexuales.
A la
joven le costaba mucho hablar con alguien sobre lo que sentía. Sara le había
estado preguntando, pero ella le contestaba con evasivas o le cambiaba el tema.
Dejó de preguntar y buscó acompañar a su hija, esperando que algún día ella le
abriera su corazón.
Corina no
quería reconocer que se había equivocado en grande. Que el hombre que había
imaginado no se parecía en nada al verdadero Feliciano con el que se casó. Y
contarle a su madre cómo era su vida
matrimonial sería admitir que había cometido el error más grande de su vida…y
ella se lo había advertido.
Sara había decidido quedarse más tiempo
viviendo en lo de su prima, que ya era una mujer mayor y la compañía no le
venía para nada mal, y dejar a la pareja sola para que se consolide y puedan
aprender a convivir. Pero iba dos o tres veces por semana a ayudar a su hija en
los quehaceres y se daba cuenta de que algo no funcionaba bien.
Roberto
no había visitado a la pareja desde la ceremonia de matrimonio. No quería
interrumpir la intimidad de la pareja y había visto a Corina radiante y feliz.
Él no soportaba verla así, más allá de que fuera su hermano el hombre causante
de esa felicidad. O, tal vez, por eso mismo. Si hubiera sido otro hombre,
quizás se hubiese atrevido a enfrentarlo, a disputarle el amor de Corina, pero
no podía enfrentarse a su propio hermano.
Se había
enamorado perdidamente de esa muchacha de ojos negros profundos, de risa
sonora. Pero ella sólo tenía ojos para Feliciano, no existía nadie más en el
mundo que despertara sus emociones. Roberto sentía que ella ni siquiera había
notado su presencia alguna vez.
Tras un
par de meses, Roberto decidió hacer una visita formal a la casa de su hermano y
viendo la unión que tenían, matar ese sentimiento que se resistía a irse de su
corazón. Sin embargo, la Corina que le abrió la puerta no era la muchacha
alegre que él había conocido. Tenía un rostro triste, la mirada apagada, la voz
apenas era un susurro. Una sombra de la chica que le quitaba el sueño.
-Hola, Corina, ¿cómo estás?
Roberto le
dio un beso en la mejilla, su aroma seguía siendo el mismo, dulce como los
jazmines, embriagador. Ella apenas respondió.
-Buenas, Roberto, estoy.
Respondió
con un leve encogimiento de hombros. Parecía que no le importaba nada.
-Si venís a verlo a Feliciano, no está.
-¿Cómo que no está? Es casi de noche, ¿A dónde fue?
La mirada
de Corina fue devastadora.
-No lo sé, por ahí, vuelve borracho, sin plata,
apenas lo veo. Viene, se baña, duerme, a la mañana se va a trabajar, por ahí
vuelve a almorzar y después de la siesta sale. A veces viene a la noche, se
cambia y se va hasta muy entrada la madrugada.
Roberto
no atinaba a decir nada. Solo escuchaba, sentía que Corina necesitaba hablar. Ella lloraba y
hablaba a borbotones.
-Nunca pensé que tu
hermano sería así. Me deja sola todo el día, se va, no me dirige la
palabra, es…es un bruto, un animal, un cerdo asqueroso.
El
muchacho no comprendía que había pasado entre los recientes esposos, para que
Corina hubiese cambiado tanto sus sentimientos hacia Feliciano.
Corina seguía
llorando.
-No soporto más esta vida. Quisiera desaparecer de
la faz de la tierra, irme muy lejos. Pero ahora no puedo, menos sabiendo que mi
madre está esperando que mi matrimonio fracase. No le voy a dar el gusto de
darle la razón.¡ Nunca!
Roberto
quiso irse, pero la angustia de Corina le preocupaba. Ella se puso a llorar
desconsoladamente. No pudo resistir el impulso de abrazarla, de contenerla, de
calmarla.
-Vamos, tranquila, no llores más. Feliciano es un
imbécil que no sabe el tesoro que tiene, un cabeza fresca, no sé cómo hizo para
pedirte casamiento, pero en el fondo te quiere, dale tiempo, no es fácil
cambiar de vida de un momento al otro.
Corina
lloraba. Quería llevársela muy lejos y quitar para siempre de su memoria a su
hermano. El perfume de jazmines lo invadió. La joven levantó la cara y Roberto
no resistió el impulso de darle un beso. Corina no supo qué hacer. Su propio
marido se había encargado de destruir el amor que le tenía, y la dulzura con la
que Roberto la acariciaba era todo lo que habría querido recibir de Feliciano.
Las manos
de su cuñado se deslizaron por su cuerpo. La alzó en brazos y recorrió los
pocos metros que los separaban del dormitorio. Le quitó la ropa sin dejar de
besarla y la poseyó como si fuera la última vez que hacía el amor.
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