El coche
negro se deslizaba por las calles de Roma a poca velocidad. Tras los vidrios
negros, Natasha observaba todo. Los edificios, la gente, los puestos de venta
callejera. Recordó la primera vez que había llegado a esa ciudad, con tantos
sueños que luego se convirtieron en una pesadilla. El engaño de Roberto, las
dificultades que tuvo que pasar cuando fue vendida como prostituta. Los años de
abusos, de enfrentar a personas que la maltrataron, intentar sobrevivir en esa
jungla de criminales, esperando poder salir alguna vez de esa vida. La llegada
de Germán, su salvador, convertirse en Natasha y lograr vengarse de su tío.
Ahora
ella era parte de la organización mafiosa que tanto daño le había hecho.
Ninguno sospechaba que aquélla jovencita crédula, abusada en un ritual inmundo,
era quien ocupaba el cargo más alto dentro de la estructura criminal. Había
tenido que regresar a aquella mansión nefasta, en donde todo había ocurrido,
soportando reconocer voces que se le habían grabado en la memoria y sonreír
cuando lo que hubiera deseado era arrojarse encima de ellos y matarlos con sus
propias manos.
Pero
había aprendido el arte de la paciencia. Había descubierto que, poco a poco,
sus verdugos caían ante ella. Roberto fue el primero. La sensación de poder que
tuvo al verlo morir fue subyugante, fue como un vampiro cuando bebe sangre por
primera vez. Desde ese día tuvo una sed que no era fácil de apagar. Quería ver
muertos a todos los que la hicieron sufrir, a los que la humillaron. Y no se
detendría hasta lograrlo.
Nadie
sabía quién era ella. Su nombre había sido borrado, una tumba tenía una lápida
en el cementerio italiano en donde decía que Florencia La Villa había sido
enterrada para siempre. Natasha Rotskin había ocupado su lugar. Tras obtener
los papeles que acreditaran su nueva identidad y luego de provocar la muerte de
Roberto, había comenzado realmente una nueva vida. Germán había puesto el mundo
a sus pies y dispuso todo lo necesario para que ella sea feliz. Pero la única
forma de lograrlo era pasándole la factura a cada una de las personas que le
habían causado tanto daño.
La muerte
de German la puso al frente de la hermandad. Jamás había pensado en esa
posibilidad y ahora tenía todos los medios y recursos para saber exactamente
quienes eran y donde estaban todos sus abusadores y los dueños de los
prostíbulos en donde fue explotada. Y a cada uno sabía en donde pegarle para
que le doliera más.
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